Limpia ingenuidad

José Ramón Díaz-Torremocha

(Conferencias de San Vicente de Paúl en Guadalajara)

 

 

Una buena amiga y consocia para la que guardo buen afecto y al que creo que ella corresponde con el suyo, tuvo un buen día una conversación conmigo para la que, sin duda, tuvo que vencerse. También sin duda, la curiosidad y cierta ingenuidad, le ayudó en ese vencimiento para atreverse a plantearme las preguntas en las que, en esta ocasión, voy a basar este pequeño artículo que se publica cada mes, los días 21, en la página web de mi Diócesis. De la Diócesis de la que formo parte y que me acoge. 

Como la mayoría de mis consocios en la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara conoce, durante once largos años, la Sociedad me confió un servicio que me obligaba a vivir a caballo entre París y Madrid. Efectivamente, para que el servicio encomendado pudiera ser realizado con alguna garantía, vivía en semanas alternas, una en París y otra en Madrid. 

Un día, esa querida consocia a la que me refiero, aseguró con la mayor ingenuidad que a tenor de tanta entrega: “debería tener un importante sueldo que me compensara” (sic) Me hizo reír. Le aseguré que no había recibido a lo largo de mi vida vicentina, ni un sólo euro por parte de la Sociedad en cualquier concepto que se pudiera entender como sueldo. No quise entrar en más detalles que, aun existiendo y siendo ciertos, pudieran parecer algo cercano a la presunción. 

Sin embargo, la querida consocia insistió: “bueno al menos ¿tendrías por parte de la Sociedad a tu servicio, un buen piso y disfrutarías de algún medio de transporte en París?” (sic) De nuevo la sonrisa acudió a mis labios mientras le aseguraba que el “piso”, eran habitaciones de modestos hoteles y el transporte, el “metro” de París que, además, funciona muy bien. Incluso a veces, cuando había mucha prisa, llegaba al “lujo” de un taxi. 

Había contestado a lo que se me preguntaba, pero esas mismas preguntas y mis contestaciones, me llevaron a alguna reflexión posterior. Me pregunté si podía imaginar el escándalo que supondría que los fondos que nos llegan para ayudar a los que más lo necesitan, a los que sufren, se hubieran utilizado para prepararle a los Presidentes Generales de las Conferencias un apartamento en París, en una de la ciudades más caras del mundo. No había que olvidar que, aunque fuera la más barata, el dinero que recaudamos, ya sea por las propias donaciones de los consocios, ya lo sea por los donativos de las buenas gentes que nos apoyan, no está para malgastarlo en la comodidad de nuestros servidores-dirigentes, por muy altos que sean los servicios a los que los llamemos y les confiemos. Siempre, desde la fundación de las Conferencias, se ha procurado destinar el menor importe posible para los necesarios gastos de organización y administración de la Sociedad. Otra actitud, nos hubiera parecido siempre algo casi pecaminoso. 

Recuerdo que en el momento de trasladarnos a las nuevas instalaciones que hoy ocupa el Consejo General en París, alguno de los colaboradores del mismo, lleno de buena fe, propuso que en la tercera planta del edificio que no se necesitaba para las oficinas centrales y estaba vacía, se dejara su utilización como un amplio, muy amplio, apartamento para quien en cada caso ocupara la Presidencia General. Ni se consideró tal posibilidad. Preferimos alquilarlo a una Institución parisina amiga y sacar con ello, algún incremento en nuestras exiguas rentas anuales la mayoría de las cuales, son aportadas por los Consejos Nacionales de los países en los que estamos instalados y siempre con un gran esfuerzo por parte de cada uno de ellos. De cada uno de los países donantes. 

La conversación con mi consocia, componente de una modesta Conferencia, me hizo reflexionar sobre el deteriorado concepto, a veces absolutamente olvidado, de la necesidad de la gratuidad en lo que hacemos en las Conferencias y en toda Institución eclesial e incluso en las exclusivamente civiles. Del sacrificio en gratuidad para servir a los que sufren o al menos intentarlo. O si quiere concedérmelo el amable lector, de todo aquello hecho por amor a Dios por imperfecto que este sea. 

Desafortunadamente, nos hemos acostumbrado a valorarlo todo por el dinero que nos aporta o que nos cuesta. También entre los cristianos. A veces, como componentes del Pueblo de Dios, también nos alcanza esa pobreza en la valoración a los vicentinos. Me refería a ella en el artículo del mes pasado en este mismo medio. En aquel en el que intentaba señalar la equivocación de priorizar las necesidades de los que sufren sólo por su impacto económico. (Artículo del 21/07/17 de título “Amor sin limitaciones artificiales”). 

Al recibir cualquier misión en las Conferencias, hemos de aceptarla sabiendo que se nos está pidiendo un sacrificio de todo tipo y también en la mayor gratuidad que podamos ofrecer y no que se nos esté concediendo una canonjía. O tenemos ese concepto claro o, sencillamente, se han equivocado nuestros consocios al elegirnos y nosotros al aceptar el servicio. 

Creo que mi querida consocia, quedó convencida de cuanto le dije. Fundamentalmente, cuando le recordé el pasaje de Mateo con el que hoy doy por casi finalizado este artículo con las palabras del Maestro: “ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón……..” (Mt 10, 8). 

¿No le parece al paciente lector que hoy nos diría el Divino Maestro a los que queremos imitar a los Apóstoles aunque sea de lejos, de manera imperfecta, que también “sin coche ni piso regalado, que nos sobraría con el Metro y una modesta habitación de Hotel para alojarnos”? Pues eso es lo que intentamos hacer desde las Conferencias de San Vicente de Paúl. 

Creo que sería bueno que a cada consocio que le lleguen estas pobres líneas, las enriquezca con su propio pensamiento sobre la necesidad de que lo gratuito esté siempre presente en nuestra aspiración y en nuestra acción. Que hablemos de ello, más allá del círculo de cada una de nuestras Conferencias. Que defendamos lo hecho con gratuidad. Recordemos los versículos citados de Mateo más arriba. 

Hay muchas formas de hacer un mundo mejor. Una de ellas es no seguir la corriente que hoy impera, de medir todo por lo económico. De lo visto exclusivamente con mirada economicista. 

María nos ayudará a lograrlo si aceptamos la gratuidad de los servicios que se nos encomienden, al menos con una sola gota de la humildad con la que ella aceptó llevar en su seno al Redentor del mundo.

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