Los 'tutores'

José Ramón Díaz-Torremocha

(Conferencias de San Vicente de Paúl de Guadalajara)

 

 

a I. con mi agradecimiento

por los detalles facilitados

para poder escribir este artículo

 

La sexta acepción de la palabra “tutor” en la RAE nos hace conocer que, además de otras varias, el tutor es la “caña o estaca que se clava al pie de una planta para mantenerla derecha en su crecimiento”. Aplicándonos la definición a los seres humanos, a nosotros mismos, todos, somos el resultado de los “tutores” de aquellos que nos han querido y han tenido alguna parte en nuestra formación y nos los han puesto en algún momento de nuestra vida con sus consejos y siempre con sus ejemplos. No seríamos como somos sin aquellas normas, sin aquellos límites, sin aquellos consejos, sin aquellas enseñanzas, sin aquella moral, sin aquellos valores, que han ido poco a poco conformando nuestro carácter, nuestra forma de ser. Que en definitiva: somos resultado de todo aquello que nos habían regalado a través de los “tutores”. Al menos los que han tenido la suerte de tenerlos. 

Hace muy pocas semanas, comentaba con un muy querido consocio, hasta qué punto las Conferencias de San Vicente de Paúl, habían estado llenas de grandes hombres, de grandes consocios que habían sido también grandes “tutores” para los que habíamos tenido privilegio de encontrarnos con ellos en el pequeño grupo de nuestras Conferencias. Decía el amigo, también viejo amigo y consocio, que ya era difícil encontrar esos sabios maestros en las actualmente existentes. Que a veces, observaba que la vulgarización que a tantos lugares había llegado, también se había colado un poco en las Conferencias. Recordábamos que esos tutores tan necesarios para los niños en su crecimiento, se sentía ahora su falta incluso para los más mayores. Para “tutorizar” criterios que a veces observamos cuanta falta hace. Comentábamos, hasta qué punto estamos a veces desorientados. Claro que para ello, hace falta que se tome el consejo y la crítica a veces necesaria y la enseñanza que se quiere prestar, como una ayuda fraterna y no como un ataque contra la libertad individual de quien se trate. Ese bien tan preciado y tantas veces tan mal entendido. 

Recuerdo al querido lector el pequeño cuento publicado en estas páginas de Opinión al título de “Don Miguel y el muchacho” el pasado mes de noviembre del 2016 Don Miguel, aquel anciano militar, sirvió de “tutor” al muchacho que le acompañaba y le indico una serie de valores que, bien seguro, sería muy difícil que los hubiera olvidado aún hoy. 

Hace unos meses, fallecía otro de esos grandes “tutores” que hemos tenido en las Conferencias. Descendía nuestra nómina” de grandes consocios, de grandes personas para ayudar a los otros, a sus próximos y pasaba a engrosar la lista de los consocios que nos contemplan desde esa segunda vida, la de Verdad y que adquirimos al dejar este mundo por la infinita misericordia del Buen Dios. 

He tenido la enorme suerte, de haber conocido a ese consocio hoy ya en la “segunda vida” y puedo escribir casi a su dictado cuando comentaba de sus grandes preocupaciones casi al final de su vida. Lo que sigue, lo que el querido lector que tenga la caridad de seguirme hasta el final encontrará, ya no es mi palabra. Es la suya. La de aquel admirado consocio al que llamaremos Don Alejandro. Palabras que afortunadamente he podido recuperar. Será muy bueno para todos, sin duda, pero van dedicadas muy especialmente a mis queridos consocios de las Conferencias de Guadalajara de las que formo parte y en las que me gustaría encontrar consocios a los que les fueran útiles estos pensamientos y los pusiéramos en práctica con la misma intensidad que él lo intento. Déjenme callar y que nos hable él utilizando mis palabras, exclusivamente, para guiar al lector por su pensamiento. Llamémosle Don Alejandro, como hemos convenido. 

Don Alejandro decía, para comenzar, que le gustaría mantener la lealtad de un cristiano honrado. Así comenzaba. 

Alguna vez, que se le preguntó cómo querría ser recordado. No tenía la menor duda y contestaba: Como una persona que dedicó su vida al servicio de los demás. 

¿Pero cuál era su lema? ¿Cuál sus aspiraciones más íntimas? ¿Qué le movía cada mañana al levantarse? ¿Cuál lo que él definía como su lema? El mismo nos contesta: 

** Amar a Dios

** Vivir una vida cristiana 

También llegué a conocer como querría ser recordado cuando pasase a lo que yo llamo “segunda vida”: 

** Que fue un buen cristiano

** Que fue un buen padre y esposo

** Que fue un buen amigo de sus amigos

** Que le gustaría haber hecho algo por los demás 

Aquel hombre bueno, decía con absoluta modestia de la buena, de la realmente sentida: “Llegué a comprender que era un tanto soberbio e hice unos Ejercicios y comprendí lo mucho que Dios me había dado y lo poco que me había aprovechado de ello y prometí que habría de servirle desde ese momento con todas mis fuerzas. Supe que tenía una obligación de servir”. 

Seguimos recogiendo sus opiniones. Piense el querido lector al que acudo de nuevo, que quien nos habla, quien nos habla desde su segunda vida, de la Vida de verdad, es un miembro de las Conferencias como cualquiera de los que acudimos cada semana a nuestra reunión con los consocios, pero a diferencia de muchos de nosotros, tenía las ideas muy claras del cómo y para que Él nos había llamado. 

Hablando sobre la libertad, decía: “La libertad es elegir entre dos cosas que son buenas, elegir una mala ya no es libertad pues está prohibido por la Ley Natural y por la Ley de Dios. Para ser hombre completo, hay que tener libertad pues así lo ha querido Dios”. 

“El hombre, esté en las condiciones que esté, tiene libertad para amar, para pensar, para sentir. La libertad intelectual no te la puede quitar nadie”. 

Uno de sus párrafos que me parecieron más brillantes, no solo por la verdad que encierra, además por la bondad del ser humano que las recita y por su convencimiento, fue: “La envidia, es tristeza del bien ajeno y eso no suele suceder, otra cosa es que se desee ser mejor cada día”. 

Añadía: “Las pasiones, son buenas salvo cuando se desbordan” 

Refiriéndose a su familia decía: “Hay que intentar tener unos ideales nobles y procurar servir a los demás. Siempre he intentado inculcar a mi familia, las virtudes cristianas pues te ayudan muchísimo. Si tienes oración y contacto con Dios, no cabe duda que será mucho más fácil la vida. Quisiera ser una persona (sigue refiriéndose a su familia), que respetase la libertad de cada uno y solo darles unas orientaciones. A los árboles, hay que ponerles tutores, pero son ellos los que crecen” 

Un día le pedimos algunas palabras a modo de epílogo de su propia vida y de los valores que la había presidido. No lo dudo: 

“El servicio a los demás, es la principal misión que tiene el hombre, centrada en el principal mensaje de Dios de “amaos los unos a los otros”. “Mi mayor ideal sería que todos los hombres se amasen y la Tierra fuera un vergel como que el Reino de Dios estuviera entre nosotros”. 

No dejó de trabajar por ello. Era ya un venerable anciano y seguía yendo todas las semanas a su Conferencia a encontrarse personalmente con aquellos amigos que sufrían y a los que consolaba material y espiritualmente. Era todo un ejemplo de vida para los que le rodeaban. Era un ejemplo de vida para cada uno de nosotros sus sucesores.  ¿Sabremos imitarle? ¿Sabremos obtener toda la riqueza de vida cristiana que contienen todas las líneas que hemos recogido de nuestro amigo Don Alejandro, nuestro consocio? ¿Sabremos convertirnos para los que nos sucedan en otros consocios como Don Miguel o Don Alejandro? 

¿Sabremos con sus enseñanzas, ser para otros el “tutor” que representó para el muchacho nuestro amigo Don Miguel? 

Pienso con frecuencia cuando parece que le estoy oyendo recitar cuanto antecede a Don Alejandro, cuanto bien haría a sus consocios simplemente con sus comentarios y su oración. 

Es verdad que la Santa Iglesia en general y nosotros en particular, tenemos poca entrada de jóvenes en las Conferencias. Es cierto. Pero algunos se nos unen y pretenden acompañarnos en nuestra entrega. ¿Sabremos entender nuestra misión de servicio para con ellos? Una misión como manifestaba Don Alejandro para con su propia familia: La necesidad de ofrecerles unos “tutores”, unos valores, que les ayudaran a centrarse a crecer derechos pero sabiendo, aceptando, la libertad de ese crecimiento que había de ser personal y de cada uno. 

Con la intercesión de María y la gracia del Buen Dios, sin duda avanzaremos por el camino.

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