Presentación del Niño Jesús en el Templo

Por Ángel Moreno de Buenafuente

(vicario para la vida consagrada)

 

 

Desde Jerusalén

Una de las fiestas más tradicionales del calendario litúrgico y también más popular es la Candelaria. Este día, en muchas comunidades rurales se hacen dulces especiales, y sobre todo se participa en la bendición de candelas. 

La fiesta coincide exactamente con los cuarenta días de la Navidad, y conmemora el hecho ritual, mandado por la ley de Moisés, de purificación de la madre que acaba de dar a luz y debe acudir al Templo como consecuencia del parto. Hoy no se entiende que la maternidad haga impura a la mujer,  de ahí el cambio de denominación: en vez de la Purificación de María, la consagración de Jesús, su Presentación en el templo. 

Según el papa Benedicto, si se observa el relato evangélico, no hay rescate del primogénito. José y María llevan la ofrenda sustitutoria para rescatar a su hijo primogénito. Nada se dice del rescate, porque Jesús ha quedado ofrecido, consagrado al Señor. Y sitúa el acto en Jerusalén, que no era preceptivo, pero el autor sagrado desea que el acontecimiento quede fijado en el Templo. 

Desde esta exégesis, se comprende que la Iglesia haya fijado para este día la jornada mundial de la Vida Consagrada, en recuerdo del primer consagrado, Jesucristo,  Quien quedó, como Samuel ofrecido a Dios. 

Es una fiesta que nos llama a cada uno de los bautizados a reforzar los vínculos de pertenencia al Señor, al reconocer que venimos de Él y a Él volvemos. Independientemente de la vocación y forma de vida a la que hayamos sido llamados, por el bautismo hemos quedado ungidos, sellados y consagrados. 

Es emocionante imaginarse a María, llevando en sus brazos al verdadero Cordero de Dios. Los santos padres la han contemplado como la zarza que brindó el cordero a Abraham para que no inmolara a su hijo amado. En este caso será ella, madre virgen, zarza ardiente, la que nos presente la ofrenda por la que nos libramos de la muerte eterna todos los hijos de los hombres. 

Al estar en Jerusalén, siguiendo los pasos de Jesús, se hace más viva la escena que contiene tanta misericordia divina, a costa de tanto dolor entrañable, que anunció el anciano Simeón: “Una espada de dolor te atravesará el alma”. 

Con el salmista cabe decir: “Renuevo mis votos ante el Señor, delante de tus fieles”.

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