Domingo "Laetare"
Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz.
La antífona de entrada de la misa del cuarto domingo de Cuaresma dice: “Alégrate, Jerusalén, (…) regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis”. Y en la primera oración eucarística pedimos a Dios: “haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas pascuales”.
El domingo “Laetare” (alegraos) nos invita a la alegría desde la profunda certeza que nos concede Dios Padre: a pesar de nuestra fragilidad e inconsistencia, Él está con nosotros, nos toma de la mano, nunca nos deja solos. De esta manera, no nos dejamos llevar por la angustia, el miedo y la inquietud.
Dios Padre nos entrega a su Hijo para salvarnos. Y esta es nuestra alegría. Avanzamos hacia la próxima Pascua “con fe gozosa”, apoyándonos en el Señor, que nos concede una alegría serena, firme, expansiva. De este modo, nuestra entrega puede ser diligente, y no solamente resignada, inquieta o desconfiada.
La Exhortación apostólica Evangelii gaudium nos ilumina en este día de nuestro itinerario cuaresmal: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).
El cuarto domingo de Cuaresma saboreamos anticipadamente la alegría del encuentro con Jesucristo resucitado. Todos los domingos nos proponen un estilo de vida diferente, no basado exclusivamente en el trabajo y las ocupaciones cotidianas, sino en lo gratuito, lo más genuinamente humano, las relaciones con Dios, con la familia, los amigos, las personas más necesitadas y la comunidad cristiana reunida para celebrar la eucaristía.
En el sendero cuaresmal, este domingo añade un valor complementario. El itinerario no solamente tiene un significado penitencial, sino que, desde la certeza de la resurrección de Jesucristo, nos abre a la alegre y confiada esperanza. El triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte es definitivo. Con su victoria se inaugura un tiempo nuevo.
El Señor Resucitado viene a nuestro encuentro, nos concede la alegría que no se extingue. Es importante dejarnos encontrar por Él, escuchar su palabra, alimentarnos en su mesa y convertirnos en su Iglesia, signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. La salvación alcanza a toda la humanidad por obra del Espíritu Santo.
Que la Virgen María, “Madre de la santa alegría” nos ayude a profundizar las razones de nuestra fe para que, renovados en el espíritu y con corazón alegre, correspondamos al amor eterno e infinito de Dios.
Recibid mi cordial saludo y mi bendición.
Julián Ruiz Martorell, Obispo de Sigüenza-Guadalajara