Una catequesis sobre el "Pro Multis"

Las palabras eucarísticas de Jesús

 

Las palabras eucarísticas institucionales de Jesús, que la Iglesia hizo vida desde el principio en la celebración y fue transmitiendo vivamente por la Tradición tanto en el área griega (“Parélabon apo tu Kyríou o ke parédoka imín”) como en el área latina (“Accepi a Domino quod et tradidi vobis”), es decir, “yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido” (1Co 11, 23), fueron finalmente puestas por escrito en los libros inspirados.

Cuatro son los escritos neotestamentarios en los que podemos leer el relato de la institución de la eucaristía. Lo podemos leer en la carta a los Corintios (1Co 11, 23-25), lo podemos leer en el Evangelio según san Marcos (Mc 14, 22-25), lo podemos leer en el Evangelio según san Mateo (26, 26-28) y lo podemos leer en el Evangelio según san Lucas (22, 19-20).

El texto paulino es muy cercano a Lucas, mientras que Mateo y Marcos son cercanos entre sí. Los cuatro relatos “atestiguan la formación temprana de los textos sobre la Última Cena de Jesús con sus discípulos” (Nota a 1Co 11, 23 de la Biblia de la Conferencia Episcopal Española).

Las palabras eucarísticas, palabras muy preparadas

Las palabras eucarísticas pronunciadas por Jesús no fueron una repentina improvisación del momento, sino que todo venía muy bien preparado, dispuesto y ordenado desde mucho tiempo atrás. Jesús, en aquel momento institucional, en sintonía con la tradición bíblica, hizo suyas determinadas palabras y determinados gestos, elevándonos a un nuevo y superior nivel con proyección de futuro.

Es digno y justo el reconocimiento de esta actitud admirable de Jesús de fidelidad a toda la rica tradición bíblica. Jesús es consciente de todo lo que tiene detrás. Jesús no parte de cero. Su actitud interior es de docilidad y obediencia a las órdenes paternas.

Jesús, más que inventar, cumple. Ya lo había advertido en su discurso programático: “No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5, 17). Más adelante, ya muy avanzada su vida pública, les dirá a los apóstoles en la intimidad del Cenáculo: “La palabra que oís no es mía, sino del Padre que me ha enviado” (Jn 14, 24), para concluir poco más adelante: “Es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo” (Jn 14, 31).

Las palabras eucarísticas, palabras sacrificiales

Jesús, al pronunciar las palabras eucarísticas institucionales, se reconoció como el Siervo de Dios profetizado por Isaías en su grandioso poema del Siervo de Yahvéh, poema dividido en cuatro partes y que alcanza en la cuarta parte su cima sobrecogedora, cuarta parte que escuchamos cada año como primera lectura en el Viernes Santo: “Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos… Él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores (cf. Is 53, 11-12).

Poco antes de entrar en Jerusalén para vivir su Semana Grande, Jesús había vuelto a recordar y a repetir las palabras proféticas de Isaías: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28).

Aclarando la expresión “por muchos” y descubriendo todo su alcance, dice la nota a Mt 20, 28 de la Biblia de la Conferencia Episcopal Española: “En conformidad con el conjunto del Nuevo Testamento, “por muchos” debe entenderse en el sentido de “por todos”; ello no significa que los efectos de la muerte de Cristo se apliquen de forma automática, sin la necesaria respuesta humana”.

Las palabras de Jesús en los relatos del Nuevo Testamento

Ya hemos dichos que son cuatro los escritos neotestamentarios en los que podemos leer el relato de la institución de la eucaristía. Lo podemos leer en la carta a los Corintios (1Co 11, 23-25), lo podemos leer en el Evangelio según san Marcos (Mc 14, 22-25), lo podemos leer en el Evangelio según san Mateo (26, 26-28) y lo podemos leer en el Evangelio según san Lucas (22, 19-20).

El texto paulino es muy cercano a Lucas, mientras que Mateo y Marcos son cercanos entre sí.

San Lucas y san Pablo destacan la expresión “por vosotros”: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros” (1Co 11, 24; Lc 22, 19). “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lc 22, 20). San Marcos y san Mateo destacan la expresión “por muchos”.

Las palabras de Jesús repetidas por la Iglesia

La Iglesia fue repitiendo las palabras institucionales de Jesús en tres lenguas (hebreo, griego y latín), que pronto quedaron prácticamente reducidas a dos, la lengua griega y la lengua latina: el griego para la zona oriental de la Iglesia y el latín para la zona occidental de la Iglesia. Unidad en la diversidad. Como afirmaba el papa san Juan Pablo II: “¡La Iglesia debe respirar con sus dos pulmones!” (Juan Pablo II, Ut unum sint 54).

¿Cómo suenan las palabras de la consagración del vino en lengua griega? “Lábete ke píete ex aftú pantes: Tuto esti to potirion tu ématos mu, to tis kenís ke eoníu diazíkis, to iper imón ke polón ekjinómenon is áfesin amartion. Tuto piíte is tin emín anámnisin”. Ponemos en negrita las palabras to iper imón ke polón ekjinómenon (por vosotros y por muchos).

¿Cómo suenan las palabras de la consagración del vino en lengua latina? “Accípite et bíbite ex eo omnes: Hic es enim calix sánguinis mei, novi et aeterni Testamenti, qui pro vobis et pro multis effundétur in remisiiónem peccatorum. Hoc fácite in meam commemoratiónem”. Ponemos en negrita las palabras qui pro vobis et pro multis effundétur (por vosotros y por muchos).

Aprovechamos la mención que hemos hecho de las dos lenguas tradicionales de la Iglesia, el griego y el latín, y más concretamente del latín ya que estamos en la zona occidental de la Iglesia, para animar a superar algunos prejuicios que puede haber hacia el latín. Ciertamente que no volverá a ser lengua común; con todo, sigamos con serenidad y prudencia las indicaciones que la Iglesia nos va haciendo para conservar el uso de la lengua latina (cf. SC 36, 1; Sacramentum caritatis 62; OGMR 41). Los títulos de muchas exposiciones de arte sacro y los cantos en los grandes centros de reunión cristiana como Taizé, Lourdes o Fátima vienen mostrando la eficacia del uso del latín como lengua comunicativa y expresiva de la comunión eclesial.

Volviendo a las palabras eucarísticas institucionales, al decir “por vosotros y por muchos” la Iglesia quiso unir desde el principio las palabras en las que ponen el acento san Pablo y san Lucas, es decir “por vosotros”, con las palabras en las que ponen el acento san Marcos y San Mateo, es decir “por muchos”. Quedan así integrados los cuatro relatos.

Las versiones a las lenguas maternas

Una de las iniciativas más notables del último concilio en materia litúrgica fue la versión de los textos litúrgicos a las diversas lenguas maternas. Recordemos las palabras conciliares: “Muchas veces el uso de la lengua materna puede ser muy útil para el pueblo. Por eso, tanto en la misa como en la administración de los sacramentos y en otras partes de la liturgia, podrá dársele mayor cabida… Corresponde a la autoridad eclesiástica territorial competente… determinar si ha de usarse la lengua materna y en qué medida” (SC 36, 2-3).

En el caso que ahora nos ocupa, el de la versión a las lenguas maternas de las palabras de la consagración y más concretamente al llegar a las palabras “por vosotros y por muchos”, se pensó en los círculos responsables de la traducción que la expresión “por muchos” era un semitismo, es decir, una “forma de expresión hebrea que indicaba la totalidad, “todos” (Benedicto XVI, Carta al presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, 2012); por tanto, lo mejor era según estas escuelas de traductores, dar el paso e ir al significado último de la expresión y poner “por todos los hombres”; se pasaba así de lo que Jesús dijo a lo que Jesús quiso decir.

Al dar este paso ya no se hacía sólo traducción sino interpretación. Con palabras de Benedicto XVI en la carta citada “el paso del “pro multis” al “por todos” no era en modo alguno una simple traducción, sino una interpretación, que seguramente tenía y sigue teniendo fundamento, pero es ciertamente ya una interpretación y algo más que una traducción”.

El empleo de las lenguas maternas es, ciertamente, una riqueza. Cuando san Cirilo evangelizó a los eslavos también tradujo a la lengua materna los textos litúrgicos, justificando así su actitud: “A las argumentaciones históricas y dialécticas que se le presentaban, el santo respondía recurriendo al fundamento inspirado por la Sagrada Escritura: “Toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”; “póstrese toda la tierra ante ti y entone salmos a tu nombre”; “alabad a Yavé las gentes todas, alabadle todos los pueblos” (Juan Pablo II, Slavorum apóstoli 17).

No nos hemos de cerrar, pues, a las traducciones a las diversas lenguas maternas. Traducción ciertamente sí, pero distinguiendo traducción e interpretación.

Los dos criterios para las traducciones

A la hora de traducir un texto se pueden seguir dos criterios: el criterio de la correspondencia literal y el criterio de la correspondencia estructural.

En el caso de la correspondencia literal se trata, en la traducción, de ser fiel al texto en sí mismo, de observar la mayor fidelidad posible a las palabras, aunque después éstas puedan y deban ser explicadas y comentadas para descubrir todo su alcance; no obstante, este trabajo de la explicación del texto ya es un trabajo distinto y posterior. En su primera aproximación al texto, el lector, en la correspondencia literal, tiene la certeza de que se acerca al texto original en cuanto tal.

En el caso de la correspondencia estructural se trata de ir más allá de la traducción literal y lo que se pretende es ofrecer ya una interpretación del texto que lo haga más comprensible e inteligible al lector de nuestro tiempo. En este caso y vista la estructura significativa del texto, el traductor ya no se siente tan atado a las palabras sino que trata de ofrecer con cierta libertad el contenido último de las mismas. Cuando se sigue este criterio de la correspondencia estructural, se da el caso de que un mismo texto único, que está en la base de las diversas interpretaciones, es en ocasiones difícilmente reconocible en las distintas traducciones; tampoco hay que descartar “ciertas banalizaciones que comportan una auténtica pérdida” de las riquezas del texto original (cf. Carta de su santidad Benedicto XVI a los obispos alemanes).

El empeño que se pretende con el criterio de la “correspondencia estructural” es el acercamiento al lector moderno de un texto más o menos clásico, ya que hay palabras y expresiones difícilmente comprensibles para el hombre de hoy. Se trata, entonces, de una traducción libre en la que de hecho se va más allá de la estricta traducción.

En las primeras traducciones posconciliares de los textos bíblicos y litúrgicos se siguió en bastantes casos el criterio de la correspondencia estructural, dejando de lado la “correspondencia literal”. Algunos ejemplos: la Palabra en lugar del Verbo (Prólogo de san Juan), bueno en lugar de justo (San José), las vendas o lienzos por el suelo en lugar de tendidos o aplanados (ozónia kímena) (sepulcro vacío) y, en las palabras de la consagración, “todos los hombres” en lugar de “muchos”.

La “correspondencia estructural” tiene sus riesgos ya que se pierde fácilmente el sentido de unidad católica del texto para terminar existiendo tantos textos como traducciones y se da pie fácilmente a las adaptaciones personales que en determinados casos más que servir al misterio puede dar la impresión de que se es dueño del Misterio. La correspondencia estructural, pues, tiene sus límites.

El criterio actual de la “fidelidad literal”

Sobre la base de estas consideraciones, la Congregación para el Culto Divino y los Sacramentos publicó el 28 de marzo de 2001 la Instrucción “Liturgiam auténticam” sobre las traducciones. Dicha Instrucción pone de nuevo en primer plano el principio de la correspondencia literal.

La distinción entre traducción e interpretación es necesaria tanto respecto a la palabra de la Escritura como a los textos litúrgicos. Por un lado, la palabra sagrada debe presentarse lo más posible como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta; es decir, ha de ser traducida con fidelidad; por otro lado, la Iglesia tiene obligación de interpretar esa palabra inspirada, con el fin de que llegue hasta nosotros el mensaje que el Señor nos ha destinado. Primero, la traducción; después, la interpretación.  De la misma manera que al anuncio (kerigma) sigue la catequesis, así a la traducción ha de seguir la interpretación. “Ni siquiera la traducción más esmerada puede sustituir a la interpretación: pertenece a la estructura de la revelación el que la Palabra de Dios sea leída en la comunidad interpretativa de la Iglesia, y que la fidelidad y la actualización estén enlazadas recíprocamente. La Palabra debe estar presente tal y como es, en su forma propia, tal vez extraña para nosotros; la interpretación debe confrontarse con la fidelidad a la Palabra misma, pero, al mismo tiempo, ha de hacerla accesible al oyente de hoy” (Benedicto XVI, carta citada).

Esta distinción entre traducción e interpretación, respetando lo más posible la fidelidad literal en las traducciones, nos llevará a tener un gran respeto a los textos bíblicos y litúrgicos. Hay en nosotros una cierta tendencia a apropiarnos de dichos textos y modificarlos según personales puntos de vista que justificamos razonadamente. Se comprende que a veces los autores sagrados o espirituales reclamen respeto sobre los textos que ellos han escrito.  Así san Juan, al final del Apocalipsis, pide que su escrito inspirado permanezca inalterado e intocable y escribe: “Yo declaro al que oye las palabras de este libro: Si alguien añade algo a estas cosas, Dios añadirá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguien quita algo de las palabras de este libro profético, Dios quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa, descritas en este libro” (Ap 22, 18-19). Es también aleccionador lo que escribe san Francisco de Asís al final de su Testamento: “Y a todos mis hermanos, clérigos y laicos, mando firmemente, por obediencia, que no introduzcan glosas en la regla ni en estas palabras, diciendo: “así se han de entender”. Sino que, así como me dio el Señor decir y escribir sencilla y puramente la regla y estas palabras, así también sencillamente y sin glosa habéis de entenderlas y observarlas con obras santas hasta el fin” (San Francisco, Testamento 38-39). La Iglesia nos recuerda el respeto con que hemos de proceder con los libros litúrgicos y dirá en la constitución conciliar sobre liturgia que nadie “aunque sea sacerdote, debe añadir, quitar o cambiar nada en la liturgia por iniciativa propia” (SC 22, 3), doctrina que recogerá después el Código de Derecho Canónico (c. 846, 1). Bueno será, por tanto, conocer muy bien qué elementos celebrativos son intocables y qué otros son elegibles o adaptables.

“Por vosotros y por muchos”

Teniendo en cuenta todo lo que venimos diciendo, la Santa Sede ha decidido que, en la nueva traducción del Misal, la expresión “pro multis” se traduzca tal y como es, y no al mismo tiempo ya interpretada. En lugar de la versión interpretada “por todos”, se ha puesto la exacta traducción “por muchos”. Las  palabras de la consagración del vino quedan, pues, así: “sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos”.

En la traducción actual aparece, pues, ese binomio de gran contenido teológico y espiritual “por vosotros y por muchos”. El “por vosotros” está tomado de Lucas y Pablo; el “por muchos” está tomado de Marcos y Mateo. La fórmula que, aparentemente es restrictiva, sin embargo lleva consigo la doble riqueza de la concretización y de la expansión.

“Por vosotros”. El pronombre personal nos habla de inmediatez y concreción. La expresión “por vosotros” hace que la misión salvífica de Jesús aparezca de forma absolutamente concreta para los presentes. Cada uno puede decir: Jesús que ha nacido por mí, ha muerto por mí. “El “por vosotros” se extiende al pasado y al futuro, se refiere a mí de manera totalmente personal; nosotros, que estamos aquí reunidos, somos conocidos y amados por Jesús en cuanto tales” (Benedicto XVI, carta citada). Por tanto, la expresión “por vosotros” no es restrictiva sino concretizadora y personalizante y cada uno se la puede aplicar a sí mismo.

“Por muchos”. Tampoco la expresión “por muchos” es restrictiva. Cristo murió por todos, nos dice san Pablo (cf. Rom 8, 32; 2Cor 5, 14; 1Tim 2, 6). Si la Iglesia ha repetido las palabras “por muchos”, aún sabiendo que Jesús ha muerto por todos es por respeto a las palabras dichas por Jesús en la institución de la Eucaristía. El respeto reverencial por la palabra misma de Jesús es la razón de la fórmula de la consagración. Jesús dijo también aquellas palabras por respeto a las palabras de la Escrituras, concretamente a las palabras del profeta Isaías (cf. Is 53, 11). Esta doble fidelidad, la de Jesús a la Escritura y la de la Iglesia a Jesús, es la que explica la fórmula “por muchos”. En esta cadena de reverente fidelidad, nos insertamos nosotros con la traducción literal.

Al emplear la expresión “por muchos”, la Iglesia no reduce el horizonte de la salvación sino que lo ensancha. Como pequeño grano de trigo o de mostaza, los pocos están llamados responsablemente a ofrecer la salvación a todos, aunque esta salvación se aplique por la libre aceptación y madura respuesta humana de cada uno. En los reunidos para la Eucaristía ha de haber gratitud y responsabilidad. Lo poco con Dios es mucho. Los pocos son primicia de un amplia salvación; los pocos se convierten en multitud: “Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas” (Ap 7, 9). En la expresión “por muchos” hay gratitud, responsabilidad y promesa. Los pocos son muchos y representan a todos.

Sentir con la Iglesia

Escribe san Ignacio al final de sus Ejercicios las famosas reglas para sentir con la Iglesia y en la décimo tercera dice: “Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina” (EE 365). Esta debería ser nuestra actitud ante las determinaciones de la Santa Sede con respecto al “por muchos”.

El pueblo fiel no suele tener dificultad en aceptar lo que la Iglesia dice. El “sensus fidei” lleva al “sensus Ecclesiae”. La actual determinación de la Iglesia puede ser una buena ocasión para impartir una catequesis eucarística que ayude a todos, fieles y pastores, a celebrar cada vez mejor el gran Misterio que Cristo nos mandó hacer en conmemoración suya.

La santísima Virgen, Madre de la Iglesia, nos ayude con su ejemplo e intercesión a servir al misterio salvífico de Cristo con la pureza de corazón con que ella sirvió y sirve al gran misterio salvífico de Cristo.

Padre Alejo Navarro.

Sigüenza, 18 de enero de 2017.

Comienzo del Octavario de Oración por la Unidad.

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