CARTA SEMANAL DEL OBISPO: Comprometidos con el cuidado del medio ambiente

 

 

La misión del cristiano consiste en hacer visible en el mundo el amor de Dios. Esta misión, confiada por el Señor a sus discípulos, nos obliga a mostrar con el testimonio de las obras y de las palabras que las relaciones humanas no se pueden construir desde la indiferencia y, menos aún, desde el odio, sino desde el amor. 

Todos los bautizados somos convocados a ser presencia viva del amor gratuito e incondicional de Dios, que quiere rehacer el mundo desde sus cimientos. Cuando no actuamos así, el amor creador de Dios corre el riesgo de no ser reconocido en las relaciones sociales y en la convivencia diaria. Por eso, a los discípulos de Jesús nos corresponde actualizar con las obras el amor de Dios, procurando unir nuestros esfuerzos con los de aquellos hombres y mujeres que estén dispuestos a ello. De este modo quedará claro que el grano sembrado en la tierra da fruto, si muere verdaderamente. 

Esta actitud amorosa del cristiano ha de manifestarse constantemente en su relación con Dios y con sus semejantes. Pero, también ha de concretarse en la relación de los seres humanos con la naturaleza. Frente a quienes consideran la naturaleza y el cosmos únicamente desde su materialidad, sin tener en cuenta su belleza y sin considerar su referencia al Creador, los cristianos somos invitados a contemplar todo lo creado como un espejo, en el que se refleja la bondad, el amor y la belleza de nuestro Dios.  

Cuando el cosmos es visto sin referencia a Dios y sin tener en cuenta las necesidades de los hermanos, puede llegar a concebirse como un depósito del que se pueden extraer sus riquezas de acuerdo con los egoísmos desmedidos de los individuos de cada continente. Ante estos abusos, la creación protesta a través de fenómenos naturales extraordinarios y con los desastres ecológicos. Estas manifestaciones violentas de la naturaleza nos están diciendo que es necesario respetar la creación y no manipularla. 

Partiendo de nuestra fe en el Creador, los cristianos estamos llamados a promover en la sociedad una mayor atención hacia la creación, evitando reducirla a puro ecologismo, fomentando los comportamientos éticos y actuando siempre desde una libertad responsable. Cada día es más urgente que escuchemos a la creación, que narra la gloria de Dios, y que escuchemos también a Dios, que habla a través de las obras de sus manos. 

La fe en Dios creador implica un modelo de relación entre el ser humano y la naturaleza que haga posible contemplarla no sólo como obra de Dios, sino como casa y hogar para todos los seres humanos. En este sentido, si no crece el amor entre todos los habitantes del planeta, será imposible movilizar la voluntad humana para atajar el deterioro de la creación y la destrucción de la misma. 

La respuesta a la crisis ecológica y la protección del medio ambiente hemos de situarlas dentro de la historia de amor que comienza con la creación y que tiene su desarrollo a lo largo de los tiempos hasta llegar a su cumplimiento en Cristo. Esta historia de amor exige la responsabilidad humana que, al mismo tiempo que nos permite asumir nuestras diferencias con la naturaleza, nos lleva a la convicción de nuestra pertenencia a la misma. 

En conclusión, los cristianos somos invitados por el Señor a buscar con los restantes seres humanos las respuestas técnicas y científicas más adecuadas para hacer del mundo una casa habitable para todos, sin centrar sólo la mirada a lo que está permitido por las leyes. El papa Francisco nos dirá en este sentido: “La sociedad, a través de organismos no gubernamentales y asociaciones intermedias, debe obligar a los gobiernos a desarrollar normativas, procedimientos y controles más rigurosos para el cuidado de la naturaleza. Si los ciudadanos no controlan al poder político –nacional, regional y municipal- tampoco será posible un control de los daños ambientales” (LSi n 179).

 

Con mi cordial saludo y bendición, feliz día del Señor.

 

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

 

 

 

 

 

 

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