Tiempo ordinario

Por Ángel Moreno

(de Buenafuente)

 

Después de las fiestas pascuales y de Pentecostés, el calendario litúrgico nos hace volver al Tiempo Ordinario. Aunque en las próximas semanas celebraremos las solemnidades de la Santísima Trinidad y la del Corpus Christi, es bueno saber vivir el día a día, sin el apoyo de acontecimientos festivos extraordinarios. La sociedad y la cultura están pendientes de lo más novedoso y se consumen vorazmente primeras noticias. Mas, al no tener el apoyo externo de las grandes fiestas pascuales, se descubre la hondura de la fe.

Saber vivir el Tiempo Ordinario acredita la coherencia de la fe. Al poner las manos en la tarea en ejercicio del don recibido, nos hacemos más conscientes de la gracia de Pentecostés. Es tiempo en el que se demuestra la verdad de la pertenencia cristiana, según se reaccione ante los acontecimientos diarios imprevistos.

Este tiempo es propicio para consolidar la pertenencia a Jesús. Es como una carrera de fondo. No se trata de un maratón, ni de un fin de semana, sino de la vida misma, en la cual la batalla y la meta se ganan minuto a minuto.

Es bueno saber tomar las herramientas que nos aconseja la Palabra, como vivir en alguna pertenencia creyente, no dejar la oración y ser fiel a la misión de difundir el Evangelio como testigo.

Se podría decir que es buena ocasión de vivir de manera extraordinaria lo ordinario, y la forma de hacerlo es poniendo amor en la tarea y reavivando conscientemente la gracia recibida.

Es bueno tener un proyecto para no quedar sometidos a lo inmediato, traídos y llevados por los impactos emocionales de cada momento, por dar respuestas improvisadas, y realizarlas un tanto inconscientes.

Se aconseja, para no perecer en el camino, tener referencias espirituales, bien en forma de acompañamiento, bien por la práctica asidua de los sacramentos y de la lectura de los textos sagrados.

Es tiempo de trabajar y de orar, de vivir ordenadamente y de forma solidaria, de seguir los consejos del Evangelio como discípulos de Jesús y de avanzar en la presencia de Dios, conscientes de estar habitados por el Huésped del alma.

Es buena ocasión para ejercitar la sensibilidad solidaria ante las necesidades de los más próximos y con quienes puedan sufrir situaciones extremas.

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