Carta semanal del obispo

'Con María en el corazón de la Iglesia'

 

 

En la celebración de la Solemnidad de la Santísima Trinidad, los cristianos somos invitados a contemplar el misterio del único Dios, que ha querido revelarse en tres personas distintas. Este misterio, aunque no lleguemos a penetrar en él en toda su grandeza y profundidad, ha sido manifestado a lo largo de la historia de la salvación en las distintas actuaciones de Dios a favor de los hombres.

Dios Padre ha querido ofrecer a todos los seres humanos la posibilidad de participar

de su misma vida por medio de su Hijo amado. Este, durante su vida y, especialmente, con su muerte en la cruz, cumplió a la perfección la misión salvadora encomendada por el Padre. El Espíritu Santo, derramado sobre la Iglesia naciente en la cruz y, posteriormente, en Pentecostés, es el que nos hace a todos participes de la vida divina.

Los cristianos, por medio del sacramento del bautismo, recibimos el perdón de los pecados, entramos a formar parte de la Iglesia y somos injertados en la comunión de vida y amor de la Santísima Trinidad. Una vez consagrados a Dios por la acción del Espíritu Santo, ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Jesucristo que murió y resucito por nosotros y por la salvación de todos los seres humanos.

Los consagrados y, especialmente, las monjas y monjes de clausura son llamados e invitados por Dios a permanecer en su amistad, a profundizar en su amor y dar testimonio de su salvación. Dejándolo todo, se entregan en cuerpo y alma a la alabanza, a la acción de gracias y a la oración confiada al Padre celestial, por medio de Jesús, guiados por el Espíritu Santo, para que todos lleguemos a descubrir lo único necesario.

Cada día de la vida, pero especialmente en este domingo de la Trinidad, la Iglesia nos invita a dar gracias a Dios por los monjes y monjas de clausura, a pedir por su fidelidad a la vocación recibida y a descubrir la gran importancia de su misión en la Iglesia. Al mismo tiempo que oramos por ellos y por sus necesidades, les agradecemos la respuesta generosa a la voluntad de Dios, el testimonio de profunda alegría y la oración por todos nosotros y por la solución de los problemas de nuestro mundo.

Con su apertura a Dios para que realice en ellos su obra, nos recuerdan que no somos dioses, sino pobres pecadores, necesitados de perdón, amor y salvación. Con su estilo de vida, nos animan también a construir una nueva humanidad y a establecer unas nuevas relaciones sociales como hermanos y miembros de la familia de Dios.

La Santísima Virgen es la Madre de esta gran familia. Con su respuesta pronta y generosa a la invitación del Padre, nos invita a abrir la mente y el corazón a la acción del Espíritu Santo para que no dejemos nunca de mostrar a Jesús a todos los hombres como el único Salvador del mundo. Que Ella, como Madre buena, cuide de todos nosotros y acompañe con su intercesión a las monjas y monjes para que sean fieles a la vocación recibida.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz celebración de la Santísima Trinidad.

 

Atilano Rodríguez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara

 

 

 

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