CARTA SEMANAL DEL OBISPO: Tentados

 

 

El Catecismo de la Iglesia católica enseña que la vida de Jesús estuvo sometida a constantes tentaciones: “Al final de la estancia de Jesús en el desierto, Satanás lo tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él, “hasta un tiempo oportuno (Lc.4,13)” (n.538).

En las tentaciones narradas por los tres evangelios sinópticos, el diablo pretende disuadir a Jesús de su propósito de llevar a cabo la salvación de los hombres por medio de la cruz, invitándole a utilizar otros medios más eficaces que le den fama y que muestren a los discípulos que Dios está con Él. Jesús saldrá victorioso de estas tentaciones porque antepone el cumplimiento de la voluntad del Padre a sus propios criterios y a las engañosas promesas de felicidad y de triunfo que el tentador le propone.

Los cristianos, en el seguimiento de Jesucristo, experimentamos constantes tentaciones, pues el diablo sigue presente y nos tienta. El tentador desea que nos conformemos con una vida cristiana mediocre y sin exigencias. No quiere nuestra santidad, le asusta el testimonio cristiano y pone todos los medios para que no seamos discípulos de Jesús.

Esto nos recuerda que hemos de permanecer vigilantes para no caer en la tentación. En el combate con las fuerzas del mal, no sólo hemos de enfrentarnos con los criterios del mundo que nos atontan y nos vuelven mediocres, sin compromiso y sin gozo, también hemos de luchar contra las propias fragilidades e inclinaciones a la pereza, la envidia, la lujuria, etc. Pero, sobre todo, como nos recuerda el papa Francisco, hemos de “luchar constantemente contra el diablo que es el príncipe del mal” (GE n 159).

En el combate contra el diablo, contra nosotros mismos y contra los criterios del mundo, el Señor nos ofrece siempre su gracia y nos invita poner nuestra confianza en Él por medio de la oración, la participación en los sacramentos, la meditación de la Palabra de Dios, las obras de caridad, la búsqueda de la comunión fraterna y el empeño misionero.

Cuando Jesús enseña a orar a sus discípulos, les deja la oración del Padre nuestro. En ella les invita a ellos y a nosotros a pedir al Padre que no nos deje caer en la tentación y que nos libre del maligno, del Malo, para que su poder no nos domine. Esta súplica no es una referencia abstracta al mal, sino al mal provocado por un ser personal que nos acosa y nos quiere separar del camino trazado por Dios para cada uno de nosotros.

El seguidor de Jesús, para entrar en el Reino de los cielos, no puede limitarse a confesar el nombre de Dios, sino que ha de buscar en todo momento la voluntad del Padre celestial para ponerla en práctica. Hoy como ayer, en nuestra oración, hemos de presentarnos ante el Padre con la misma súplica del salmista: “Enséñame a hacer tu voluntad, porque Tú eres mi Dios” (Sal 146, 10).

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

 

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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