Descubrir y recordar

Por José Ramón Díaz-Torremocha

(Conferencias de San Vicente de Paúl en Guadalajara)

 

 

Siempre, decía mi amigo y consocio Jacinto, con el que coincidí varios años en las Conferencias y en muy diferentes situaciones, que los jóvenes fundamentalmente descubrían y los viejos, los mayores, fundamentalmente recordábamos. Ahora que a toda velocidad ya me va alcanzado la etapa de “recordar” y enredando un poco en los recuerdos en esta Semana Santa, me vienen a la memoria muchos pequeños sucedidos, muchas pequeñas emociones, muchas sensaciones placenteras, otras no tanto que de todo hay, evocaciones de otras épocas de hace solo unas décadas y que, sin embargo, parecen perderse en el tiempo. Recuerdos de otras Semanas Santas, alguno de los cuales, no me resisto a contar a mis lectores. 

Hace solo unos días, un buen amigo, bastante más joven que yo, está todavía oficialmente entre la edad de descubrir y la de recordar, me hablaba de su preocupación por lo que observa en sus hijos respecto a su pertenencia y vivencia de la Fe. Estaba realmente desconcertado: sus hijos, educados en Colegios “católicos”, parecían no recordar y por lo tanto no encontrar necesaria, la asistencia a la Misa dominical. Decía, con pesar, que ya no estaban en edad de ser obligados a acompañar a sus padres los domingos a la Iglesia, al Templo, para las celebraciones. Jacinto, seguramente, habría hecho la pregunta con la que contesté a su aseveración: ¿Pero has creado la costumbre alguna vez de que te acompañaran? Recordaba a mis padres camino de la celebración dominical, acompañados de sus hijos. Ninguno dudábamos era algo perfectamente asumido para todos los domingos y días de fiesta. Como el comer: llegaba la hora y nos sentábamos a la mesa. Nadie lo dudaba. Llegaba el domingo e íbamos a Misa. 

Es verdad que con mucha frecuencia, aquella asistencia nos producía el desasosiego de lo que parecía triste y desde luego en principio era no deseada. Pero se adquiría una costumbre, repito que a veces pesada, pero a la que con el tiempo íbamos encontrando la sal que, al menos algunos sermones, dejaban en nuestras almas: que nos hacían el bien. 

El buen amigo, argumentó muy digno, que jamás obligó a sus hijos a ir a Misa. Que había que respetar su libertad y no obligarles a realizar lo que no quisieran. 

Ahora el desconcertado fui yo al recibir aquella lección de “respeto” al deseo de los hijos. Sólo le respondí (hoy mi interlocutor es un brillante Abogado del Estado), que ya imaginaba que él había elegido el Colegio al que acudir al borde de cumplir los cuatro o cinco años y que asistiría con la natural complacencia y sin deseo alguno de quedarse a jugar con los amigos a la puerta del Colegio, como yo quería hacer cada domingo cuando atravesaba el atrio de mi Parroquia acompañado de mis padres. Gracias al Buen Dios, mis padres no “respetaron” mi libertad y me acercaron al Culto. 

También gracias a Él, mis hijos han llevado la misma pauta con mis nietos que mis padres conmigo y tengo buena seguridad, que en ocasiones, les resultará pesadísima la asistencia al Templo. Pero ya encontraran como encontré yo, el buen sabor de lo escuchado con el oído para ir más allá y comenzar en algún momento a escuchar con el alma. 

No me dio la razón el brillante amigo – seguramente, algún día, me la den sus hijos - al que aseguré, con toda la desvergüenza del mundo, que encomendaría a María su preocupación.

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