Yo sé

Rafael C. García Serrano

(Conferencias de San Vicente de Paúl de Guadalajara)

 

 

 

 

Yo sé que pequé

y sé que me arrepentí

y al poco volví a pecar,

 

y sé que me perdonaste

y que sabías que volvería a pecar,

y volverías a perdonarme.

 

Gracias por ser tú mi salvación,

gracias porque me sustentas

cada vez que mi vida cae,

que mi corazón se equivoca.

Cristo resucitado sana con sus llagas y heridas a la humanidad

En su mensaje <<Urbi et Orbi>> de Pascua 2021, el Papa Francisco recuerda que la Pascua no es magia, ni espejismo, sino verdad y esperanza para todos y siempre

 

Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)

 

 

 

 

 

 

 

 

Como en otros años, el primer artículo de esta página de Religión de NUEVA ALCARRIA tras la Semana Santa se centra en el mensaje que el Papa ha dirigido a la ciudad y al mundo (de ahí, su nombre latino de mensaje «Urbi et Orbi») con ocasión de la fiesta de la Pascua del Señor, la fiesta más importante del año cristiano y de la misma historia de la humanidad.

Este mensaje, que también se produce el 25 de diciembre,  fiesta de la Natividad de Jesucristo, y que conlleva bendición papal especial con indulgencia plenaria, aborda el significado de la Pascua y lo proyecta sobre la realidad presente. Por ello, la pandemia global del coronavirus ha estado muy presente en las palabras del Papa Francisco, quien, en una segunda parte del mensaje, se ha referido a problemáticas en distintos países del mundo.

Además, en recuadro aparte, recogemos cuatro hermosísimos menajes en Twitter que el Santo ha escrito en la vigilia de esta Pascua 2021.

 

Cirio pascual e imagen de Cristo resucitado en San Pedro, catedral de Sigüenza

 

Texto íntegro mensaje papal «Urbi et Orbi»

 

«Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz Pascua! Una feliz, santa y serena Pascua. Hoy resuena en cada lugar del mundo el anuncio de la Iglesia: “Jesús, el crucificado, ha resucitado, como había dicho. Aleluya”.

El anuncio de la Pascua no muestra un espejismo, no revela una fórmula mágica ni indica una vía de escape frente a la difícil situación que estamos atravesando. La pandemia todavía está en pleno curso, la crisis social y económica es muy grave, especialmente para los más pobres; y a pesar de todo —y es escandaloso— los conflictos armados no cesan y los arsenales militares se refuerzan. Y este es el escándalo de hoy.

Ante esto, o mejor, en medio a esta realidad compleja, el anuncio de Pascua recoge en pocas palabras un acontecimiento que da esperanza y no defrauda: “Jesús, el crucificado, ha resucitado”. No nos habla de ángeles o de fantasmas, sino de un hombre, un hombre de carne y hueso, con un rostro y un nombre: Jesús. El Evangelio atestigua que este Jesús, crucificado bajo el poder de Poncio Pilato por haber dicho que era el Cristo, el Hijo de Dios, al tercer día resucitó, según las Escrituras y como Él mismo había anunciado a sus discípulos.

El Crucificado, no otro, es el que ha resucitado. Dios Padre resucitó a su Hijo Jesús porque cumplió plenamente su voluntad de salvación: asumió nuestra debilidad, nuestras dolencias, nuestra misma muerte; sufrió nuestros dolores, llevó el peso de nuestras iniquidades. Por eso Dios Padre lo exaltó y ahora Jesucristo vive para siempre, y Él es el Señor.

Los testigos señalan un detalle importante: Jesús resucitado lleva las llagas impresas en sus manos, en sus pies y en su costado. Estas heridas son el sello perpetuo de su amor por nosotros. Todo el que sufre una dura prueba, en el cuerpo y en el espíritu, puede encontrar refugio en estas llagas y recibir a través de ellas la gracia de la esperanza que no defrauda.

Cristo resucitado es esperanza para todos los que aún sufren a causa de la pandemia, para los enfermos y para los que perdieron a un ser querido. Que el Señor dé consuelo y sostenga las fatigas de los médicos y enfermeros. Todas las personas, especialmente las más frágiles, precisan asistencia y tienen derecho a acceder a los tratamientos necesarios. Esto es aún más evidente en este momento en que todos estamos llamados a combatir la pandemia, y las vacunas son una herramienta esencial en esta lucha.

Por lo tanto, en el espíritu de un “internacionalismo de las vacunas”, insto a toda la comunidad internacional a un compromiso común para superar los retrasos en su distribución y para promover su reparto, especialmente en los países más pobres.

El Crucificado Resucitado es consuelo para quienes han perdido el trabajo o atraviesan serias dificultades económicas y carecen de una protección social adecuada. Que el Señor inspire la acción de las autoridades públicas para que todos, especialmente las familias más necesitadas, reciban la ayuda imprescindible para un sustento adecuado. Desgraciadamente, la pandemia ha aumentado dramáticamente el número de pobres y la desesperación de miles de personas.

 

Mapamundi del dolor que más necesita la resurrección

 

“Es necesario que los pobres de todo tipo recuperen la esperanza”, decía san Juan Pablo II en su viaje a Haití. Y precisamente al querido pueblo haitiano se dirige en este día mi pensamiento y mi aliento, para que no se vea abrumado por las dificultades, sino que mire al futuro con confianza y esperanza. Y yo diría que mi pensamiento se dirige especialmente a vosotros, queridas hermanas y hermanos haitianos. Os tengo presentes, estoy cerca de vosotros y quisiera que vuestros problemas se resolvieran definitivamente. Rezo por esto, queridos hermanos y hermanas haitianas.

Jesús resucitado es esperanza también para tantos jóvenes que se han visto obligados a pasar largas temporadas sin asistir a la escuela o a la universidad, y sin poder compartir el tiempo con los amigos. Todos necesitamos experimentar relaciones humanas reales y no sólo virtuales, especialmente en la edad en que se forman el carácter y la personalidad. Lo hemos escuchado el pasado viernes en el Vía Crucis de los niños.  Me siento cercano a los jóvenes de todo el mundo y, en este momento, de modo particular a los de Myanmar, que están comprometidos con la democracia, haciendo oír su voz de forma pacífica, sabiendo que el odio solo puede disiparse con el amor.

Que la luz del Señor resucitado sea fuente de renacimiento para los emigrantes que huyen de la guerra y la miseria. En sus rostros reconocemos el rostro desfigurado y sufriente del Señor que camina hacia el Calvario. Que no les falten signos concretos de solidaridad y fraternidad humana, garantía de la victoria de la vida sobre la muerte que celebramos en este día. Agradezco a los países que acogen con generosidad a las personas que sufren y que buscan refugio, especialmente al Líbano y a Jordania, que reciben a tantos refugiados que han huido del conflicto sirio.

Que el pueblo libanés, que atraviesa un período de dificultades e incertidumbres, experimente el consuelo del Señor resucitado y sea apoyado por la comunidad internacional en su vocación de ser una tierra de encuentro, convivencia y pluralismo.

Que Cristo, nuestra paz, silencie finalmente el clamor de las armas en la querida y atormentada Siria, donde millones de personas viven actualmente en condiciones inhumanas, así como en Yemen, cuyas vicisitudes están rodeadas de un silencio ensordecedor y escandaloso, y en Libia, donde finalmente se vislumbra la salida a una década de contiendas y enfrentamientos sangrientos. Que todas las partes implicadas se comprometan de forma efectiva a poner fin a los conflictos y permitir que los pueblos devastados por la guerra vivan en paz y pongan en marcha la reconstrucción de sus respectivos países.

La Resurrección nos remite naturalmente a Jerusalén; imploremos al Señor que le conceda paz y seguridad (cf. Salmo 122), para que responda a la llamada a ser un lugar de encuentro donde todos puedan sentirse hermanos, y donde israelíes y palestinos vuelvan a encontrar la fuerza del diálogo para alcanzar una solución estable, que permita la convivencia de dos Estados en paz y prosperidad.

En este día de fiesta, mi pensamiento se dirige también a Irak, que tuve la alegría de visitar el mes pasado, y que pido pueda continuar por el camino de pacificación que ha emprendido, para que se realice el sueño de Dios de una familia humana hospitalaria y acogedora para todos sus hijos.

Que la fuerza del Señor resucitado sostenga a los pueblos de África que ven su futuro amenazado por la violencia interna y el terrorismo internacional, especialmente en el Sahel y en Nigeria, así como en la región de Tigray y Cabo Delgado. Que continúen los esfuerzos para encontrar soluciones pacíficas a los conflictos, en el respeto de los derechos humanos y la sacralidad de la vida, mediante un diálogo fraterno y constructivo, en un espíritu de reconciliación y solidaridad activa.

¡Todavía hay demasiadas guerras y demasiadas violencias en el mundo! Que el Señor, que es nuestra paz, nos ayude a vencer la mentalidad de la guerra. Que conceda a cuantos son prisioneros en los conflictos, especialmente en Ucrania oriental y en Nagorno-Karabaj, que puedan volver sanos y salvos con sus familias, e inspire a los líderes de todo el mundo para que se frene la carrera armamentista.

Hoy, 4 de abril, se celebra el Día Mundial contra las minas antipersona, artefactos arteros y horribles que matan o mutilan a muchos inocentes cada año e impiden «que los hombres caminen juntos por los senderos de la vida, sin temer las asechanzas de destrucción y muerte». ¡Cuánto mejor sería un mundo sin esos instrumentos de muerte!

 

Exuberante decoración floral en el cirio pascual de San Gil de Molina de Aragón

 

Cristianos perseguidos y mensajes finales

 

Queridos hermanos y hermanas: También este año, en diversos lugares, muchos cristianos han celebrado la Pascua con graves limitaciones y, en algunos casos, sin poder siquiera asistir a las celebraciones litúrgicas. Recemos para que estas restricciones, al igual que todas las restricciones a la libertad de culto y de religión en el mundo, sean eliminadas y que cada uno pueda rezar y alabar a Dios libremente.

En medio de las numerosas dificultades que atravesamos, no olvidemos nunca que somos curados por las llagas de Cristo (cf. 1 Pedro 2,24). A la luz del Señor resucitado, nuestros sufrimientos se transfiguran. Donde había muerte ahora hay vida; donde había luto ahora hay consuelo.

Al abrazar la Cruz, Jesús ha dado sentido a nuestros sufrimientos. Y ahora recemos para que los efectos beneficiosos de esta curación se extiendan a todo el mundo. ¡Feliz, santa y serena Pascua!».

 

 


 

Cuatro mensajes del Papa Francisco en Twitter para la Pascua 2021

(1) Este es el primer anuncio de #Pascua que quisiera ofreceros: siempre es posible volver a empezar, porque existe una vida nueva que Dios es capaz de reiniciar en nosotros más allá de todos nuestros fracasos. (3-4-2021)

(2) Luego, el segundo anuncio de #Pascua: la fe no es un repertorio del pasado, Jesús no es un personaje obsoleto. Él está vivo, aquí y ahora. Camina contigo cada día, en la situación que te toca vivir, en la prueba que estás atravesando, en los sueños que llevas dentro. (3-4-2021)

(3) Y el tercer anuncio de #Pascua: Jesús, el Resucitado, nos ama sin límites y visita todas las situaciones de nuestra vida. Él nos invita a superar los prejuicios, a acercarnos a quienes están junto a nosotros cada día, para redescubrir la gracia de la cotidianidad. (3-4-2021.

(4) Hermano, hermana, si en esta noche tu corazón atraviesa una hora oscura, un día que aún no ha amanecido, una luz sepultada, un sueño destrozado, abre tu corazón con asombro al anuncio de la #Pascua: “¡No tengas miedo, resucitó!” (3-4-2021)

 


 

Artículo publicado en 'Nueva Alcarria' el 9 de abril de 2021

Los siete dolores de la Madre del Redentor

Meditación para la Semana Santa 2021 en tiempo de pandemia desde el corazón de María Santísima Dolorosa, siempre solidaria con el sufrimiento de sus hijos

 

Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)

 

 

 

 

 

 

 

 

Los siete dolores de María son un conjunto de sucesos de la vida de la Virgen María, de gran acogida y devoción popular y que se encuentran frecuentemente recogidos en el arte. ​ Estos siete dolores no se deben confundir con los cinco misterios de dolor del Rosario.

 

Los siete dolores de María son escenas bíblicas del Nuevo Testamento (excepto, expresamente aunque no de modo implícito, el cuarto, sexto y séptimo). La piedad popular estableció el viernes previo al Domingo de Ramos como la fiesta propia de la Virgen de los Dolores, que, tras el Concilio Vaticano II pasó a celebrarse, de modo único litúrgicamente hablando, el 15 de septiembre, al día siguiente de la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre): María, pues, al pie de la Cruz, junto a su Hijo crucificado.

 

Con todo,  se mantiene la tradición de evocar y celebrar también a la Virgen de los Dolores el viernes previo al Domingo de Ramos. De hecho, la quinta semana de Cuaresma es denominada  Semana de Pasión o Semana de Dolores. Además, el culto a la Virgen de los Dolores cuenta con novenarios o septenarios previos a la aludida fecha del viernes anterior a Ramos, así como también como preparación al 15 de septiembre.

Los siete Dolores de María se rezan enunciando cada uno de ellos, con su correspondiente referente bíblico, un silencio meditativo o breve predicación y rezó del Ave María y del Gloria. También pueden cantarse letrillas apropiadas a cada uno de estos dolores.

 

Origen del culto a los Dolores de María

La devoción a la Virgen Dolorosa empezó a arraigar en el pueblo cristiano, sobre todo, en la Orden de los Servitas o de los Siervos (fueron sus fundadores, en Florencia, el 15 de agosto de 1232), quienes se consagraron a la meditación de los 7 dolores de la Virgen María. De los siete fundadores de esta Orden, todos canonizados y con memoria litúrgica el 17 de febrero, es más conocido es el más conocido san Alejo Falconieri, quien vivió lo suficiente para ver expandida la orden. En el Aventino de Roma se halla la iglesia matriz de la Orden.

Después y tras las relevaciones a santa Brígida de Suecia (siglo XIV), que luego se comentan ampliamente, la devoción a la Virgen de los Dolores se extendió a toda la Iglesia por medio del Papa Pío VII en 1817, recibiendo, de este modo, un espaldarazo fundamental y que la ha hecho muy popular en toda la Iglesia.

 

Santa Brígida, la difusora de los Dolores de María

Y como queda indicado, hacia el año 1320, la Virgen María se manifestó a santa Brígida de Suecia. En esta ocasión, se veía su corazón herido por siete espadas. Estas heridas representaban los siete dolores de la Virgen vividos al lado de su Hijo Jesús.

Entonces la Virgen doliente dijo a santa Brígida que quienes hicieran oración recordando su dolor y pena, alcanzarían siete gracias especiales: paz en sus familias, confianza en el actuar de Dios, consuelo en las penas, defensa y protección ante el mal, así como los favores que a Ella pidan y no sean contrarios a la voluntad de Jesús. Y finalmente, el perdón de los pecados y la vida eterna  a quienes propaguen su devoción.

Santa Brígida quien reveló los 7 dolores de la Virgen María, nació en Finster, Upland (Suecia) en 1303.  Falleció en Roma (Italia) en 1373. Fue canonización por Bonifacio IX el 7 octubre 1391 y declarada compatrona de Europa por Juan Pablo II en 1999.

 Brígida Birgersdotter conocida como santa Brígida de Suecia fue una religiosa católica, mística, escritora y teóloga sueca. Fue declarada santa por la Iglesia católica en 1391; es considerada además la santa patrona de Suecia, una de los patronos de Europa y de las viudas. Fue también madre. Y una vez viuda, ingresó en la vida religiosa. Pertenecía a una familia aristocrática emparentada con el rey Magnus Ladulás. Por medio de sus padres y de su esposo alternó en los círculos políticos más influyentes de la Suecia medieval. Fue la fundadora de la Orden del Santísimo Salvador, vigente en la actualidad y popularmente conocidas como las Monjas de Santa Brígida.

Con ocasión del Jubileo de 1350 peregrinó a Roma, donde ya se afincó. Peregrinó también a Tierra Santa en 1371. Previamente y todavía acompañado por su esposo, peregrinó también a Santiago de Compostela, en el año 1342. Murió en Roma el 23 de julio de 1373, fecha en que se celebra su memoria litúrgica, actualmente, festividad.

 

Los tres primeros dolores de María en la infancia de Jesús

El primer dolor es ya en misma infancia primera de Jesús con la profecía de Simeón en la circuncisión de Cristo: “Simeón  tomó al Niño en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción -y a ti misma una espada te traspasará el alma- para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones» (Lucas 2, 28-35)​

La huida de la Sagrada Familia a Egipto, tras la matanza de los niños inocentes decretada por Herodes, celosos al saber del nacimiento de Jesús, es el segundo dolor de María: “Cuando ellos (los magos fueron a Belén a adorar al Niño Jesús) se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». (Mateo 2, 13-15)​

Y ya con Jesús con 12 años, llega, en la escena de la pérdida y el hallazgo del Niño en el templo de Jerusalén (quinto misterio gozoso del Rosario), el tercer dolor. Así lo relata el Evangelio de Lucas 2, 42-51:”Cuando (Jesús) cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo. Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”.

 

Dolor cuarto en la Vía Dolorosa

El encuentro de María con Jesús en el Vía Crucis, escena no citada expresamente en los evangelios, pero no por ello inverosímil y sí lógico como a continuación se verá, es el quinto dolor.

La oración propia  o letrilla popular de este quinto dolor de María reza así: “Verdaderamente, calle de la amargura fue aquella en que encontraste a Jesús tan sucio, afeado y desgarrado, cargado con la cruz que se hizo responsable de todos los pecados de los hombres, cometidos y por cometer. ¡Pobre Madre! Quiero consolarte enjugando tus lágrimas con mi amor”.

 

En el Calvario, los tres dolores finales de María

“Y, cargando Él mismo Jesús) con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús... Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio8Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Evangelio de Juan 19, 17-30).

 

 Junto a Cristo crucificado, la Madre Dolorosa. San Pedro, Catedral de Sigüenza.

 

Este impresionante relato, la crucifixión y muerte de Jesús, es el quinto dolor de María Santísima. Y también se sitúan el sexto y el séptimo.

El sexto es el descendimiento del cuerpo muerto de Jesús de la cruz y su entrega, también muy verosímil y piadosa a María. Relata así la escena san Marcos, en su evangelio (15, 42-46): “Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea…; y se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato concedió el cadáver a José. Este compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro”.

 

 Descendimiento de Cristo de la cruz y entrega a María Dolorosa. Concatedral de Guadalajara.

 

Y ya, el séptimo dolor, la sepultura de Jesús: “Después de esto (la muerte de Jesús en la cruz), José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo... Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús” (Juan 19, 38-42).

 

 

 

Artículo publicado en el periódico Nueva Alcarria el 31 de marzo de 2021

He muerto y he resucitado

Por Alfonso Olmos

(director de la Oficina de Información)

 

 

Me encanta esa canción de Los Secretos que comienza con las palabras con las que titulo este comentario pascual: “He muerto y he resucitado”. La melodía es pegadiza y la letra, de tanto oírla y cantarla, al menos los que son de mi generación la conoce de memoria. Como muchas canciones de grupos de pop rock la letra habla de amores, de recuerdos vividos, de ilusiones truncadas, pero también de esperanza. La canción de la que hablo, A tu lado, fue compuesta en un momento difícil e incierto para el grupo, tras el fallecimiento de uno de los componentes del mismo.

Me ha venido a la cabeza este título y esta letra porque me parecen muy de Pascua de Resurrección. Acabamos de celebrar la Semana Santa y el Triduo Pascual. Hemos considerado los misterios de la pasión del Señor y su muerte. Con la celebración de la Pascua comienza algo nuevo. Estamos llamados a ser diferentes y, renovados interiormente, dar frutos de vida a nuestro alrededor. La Pascua, además, viene a disipar las sombras de la tristeza y de las penas en nuestra propia existencia. Siempre buscando a Jesús, con el deseo de estar a su lado: soñar con otra vida a su lado.

Al volver la mirada al Viernes Santo, al ver al crucificado, me doy cuenta de que en el Calvario no se terminó todo, de que ya no persigo sueños rotos, sino que sigo a un hombre vivo, Jesucristo resucitado, que se nos presenta a diario con el saludo pascual: “Paz a vosotros”. Esa paz hay que compartirla, hacerla experiencia vital y contagiarla a todos con el deseo de ayudar y con el convencimiento de que, eso mismo, nos ayuda a nosotros y nos hace crecer. Es un mensaje de esperanza también para este tiempo de pandemia, que tanta tristeza está causando a la humanidad.

El culto a San José en los Papas de los últimos 150 años

Pío IX lo declaró patrono universal de la Iglesia; León XIII escribió una ecíclica, las letanías del santo y una preciosa oración; Pío XII, patrono de los trabajadores; Juan XXIII, patrono del Vaticano II; y Juan Pablo II, custodio del Redentor

 

Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)

 

 

 

 

 

 

 

 

En continuidad con los dos artículos anteriores de esta misma página de Religión de NUEVA ALCARRIA, centrados en la figura de san José al hilo de la carta apostólica “Patris corde” del Papa Francisco y del presente Año de San José, en el 150 aniversario de su proclamación como patrono universal de la Iglesia, he aquí hoy unas pinceladas históricas sobre el culto al santo promovido por los papas en el último siglo y medio, que bien podemos denominar la época dorada de la devoción a san José. Un trabajó, en la revista “Teresa de Jesús”, del carmelita descalzo Teófanes Egido, entre otras fuentes, guía este artículo

Antes, bueno será indicar que en el pontificado de Sixto IV (1471-1484), la fiesta de san José fue introducida definitivamente (su culto arranca en el siglo IV entre los cristianos coptos de Egipto y es difundida ya en toda la Iglesia gracias a la Orden del Carmelo, a partir del siglo XIII) en el calendario romano, que es el que ha llegado hasta nuestros días, en el día del 19 de marzo, por ser una semana antes de la solemnidad de la Anunciación y Encarnación de Jesucristo (25 de marzo).

 

Pío IX y el patrocinio o patronazgo universal de san José

 

El patrocinio de san José es celebrado en la Iglesia desde el siglo XVI, aunque no de manera oficial e institucional en toda ella, sino en distintos Estados y numerosas congregaciones religiosas, cofradías y otras realidades eclesiales.

Fue el beato papa Pío XI (1846-1878) quien oficializó e instituyó el patronazgo, haciéndolo extensivo a toda la Iglesia. La solemne declaración correspondiente de Pío IX tuvo lugar el 8 de diciembre de 1870, solemnidad de la Inmaculada Concepción, dogma de fe que el mismo definió el 8 de diciembre de 1854. Dieciséis años más tarde, la Iglesia, singularmente el pontificado romano, vivía una situación muy complicada y desoladora ya las fuerzas de la unificación de Italia (“Il Risorgimento”) habían tomado Roma, habían desaparecido los Estados Pontificios y el mismo Papa era un rehén dentro de los confines vaticanos. Además, la situación sociopolítica era muy convulsa y hasta revolucionaria como consecuencia de la fuerza con la que habían irrumpido el liberalismo anticristiano, el comunismo y el anarquismo.

En este contexto y acogidas numerosas peticiones e instancias al respecto, Pío IX proclamó a san José como patrono universal de la Iglesia. Además, numerosos padres conciliares del Concilio Vaticano I (1869-1870), que hubo de suspenderse precisamente con ocasión de la llegada a Roma del ejército unificador de Italia.

Y fue mediante el documento apostólico “Quedmadmodum Deum” y que comienza con estas palabras: “Del mismo modo que Dios constituyó al otro José, hijo del patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto para que asegurase al pueblo su sustento, así al llegar la plenitud de los tiempos, cuando iba a enviar a la tierra a su Hijo Unigénito para la salvación del mundo, designó a este otro José, del cual el primero era un símbolo, y le constituyó Señor y Príncipe de su casa y de su posesión y lo eligió por custodio de sus tesoros más preciosos” Y, ahora, continuaba Pío IX, del mismo modo “el Papa, conmovido por la recientísima y triste condición de los hechos, quiere coronar estos votos poniéndose él y todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del Santo Patriarca José. Y, por lo tanto, lo declara Patrono de la Iglesia Católica”.

Desde entonces y hasta 1955, la fiesta del Patrocinio de San José se celebró el miércoles de segunda semana de Pascua, con rango de solemnidad litúrgica.

 

San José en la Catedral de Sigüenza

 

León XIII, el Papa de san José por excelencia

 

El sucesor del beato Pío IX, que había sido arzobispo de Perugia, en cuya catedral se conserva una reliquia con el anillo de bodas de José y María, intensificó el ambiente de fervor y devoción en torno a san José. Y el pontificado de León XIII (1878-1903), espléndido en tantísimos aspectos, rebosó en gestos de amor y de difusión del culto de san José, a quien compuso sus propias letanías, que ya publicábamos íntegras en esta misma página de NUEVA ALCARRIA hace dos semanas,  y una de las hermosas oraciones, muy popular y rezada durante décadas, a él dirigidas: “A vos, bienaventurado José, acudimos en nuestra tribulación; y después de invocar el auxilio de tu Santísima Esposa solicitamos también confiados tu patrocinio. Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, te tuvo unido, y por el paterno amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente te suplicamos vuelvas benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades”.

Y la oración de León XIII prosigue: “Protege, Providentísimo Custodio de la Sagrada Familia la escogida descendencia de Jesucristo; aparta de nosotros toda mancha de error y corrupción; asístenos propicio, desde el cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha con el poder de las tinieblas: y, como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús del inminente peligro de la vida, así ahora, defiende a la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, ya cada uno de nosotros protégenos con el perpetuo patrocinio, para que, a tu ejemplo y sostenidos por tu auxilio, podamos santamente vivir y piadosamente morir y alcanzar en el cielo la eterna felicidad. Amén”.

Por otro lado, el 5 de Julio de 1883 el Papa León XIII aprobó la dedicación del miércoles como el día consagrado a la devoción de San José en toda la Iglesia universal. Y, además, durante el final del siglo XIX, el tiempo de su pontificado, proliferaron numerosas congregaciones religiosas, cofradías, revistas e instituciones puestas con el nombre del santo, y también templos como, por ejemplo, la Sagrada Familia de Barcelona de Gaudí. Y fue asimismo León XIII quien creó la festividad litúrgica de la Sagrada Familia, situada en el domingo después de Navidad.

Con todo, el principal legado que León XIII legó acerca del culto a san José fue una encíclica, la única encíclica (documento pontificio de muy alto rango, “Quamquam pluries”), dedicada al santo. Fue publicada el 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Virgen María, del año 1889.

 

Pío X, Benedicto XV y Pío XI

 

Aunque no consta ningún hito especialmente significativo en la historia de la devoción a san José durante su pontificado, san Pío X (1903-1914) fue también muy devoto del santo y promovió su presencia en las catequesis y en la música sacra, tan celosa y oportunamente reformó y revitalizó.

Su sucesor, Benedicto XV (1914-1922) dotó a la Iglesia de un año santo especial josefino, con indulgencias jubilares, a 1920, con ocasión del 50 aniversario de la proclamación del patronazgo y patrocinio universal de san José.

Pío XI (1922-1939), el Papa de las misiones y de la Acción Católica, entre otros aspectos destacables, practicó e inculcó asimismo el amor a san José en el alma misional de la Iglesia y en el laicado.

 

Pío XII y san José obrero

 

En 1955 y con fecha en el día 1 de mayo, Jornada  Mundial del Trabajo, el Papa Pío XII (1939-1948) creó una nueva fiesta litúrgica: san José Obrero, san José considerado, contemplado como trabajador, como artesano, sumando, proponiendo así a san José como patrono de los trabajadores.

Con la creación de la memoria litúrgica en honor de san José como obrero, Pío XII decidió asimismo suprimir la fiesta del patrocinio de san José en el miércoles de la segunda semana de Pascua, como ya se dijo, y añadir a la solemnidad de san José, esposo de María, del 19 de marzo, el título de patrono de la Iglesia universal.

 

San José en la Concatedral de Guadalajara

 

Santos Juan XXIII y Pablo VI

 

Ambos papas, ya contemporáneos y santos, profesaron gran devoción a san José, a quien Juan XXIII (1958-1963) puso como patrono del Concilio Vaticano II y cuyo nombre incluyó, en 1962, en el canon romano (actual canon y plegaría eucarística 1) del Misal Romano.

Por su parte, Pablo VI (1963-1978) ofreció un protagonismo especial a san José en su visita a Tierra Santa en enero de 1962, sobre todo en su peregrinación a Nazaret.

 

Juan Pablo I y Benedicto XVI

 

Con apenas de 33 días de ministerio apostólico, Juan Pablo I (1978), también muy devoto del santo, como podía ser menos en una persona de tanta altura espiritual, no tuvo tiempo de dejar ningún gesto e hito singular en la historia de la devoción josefina.

Benedicto XVI  (2005-2013) llevaba y lleva el amor a san José en su propio nombre: Joseph Raztinger. Y ya como teólogo ofreció memorables páginas sobre el santo, a quien dedicó la fuente número 100 de los jardines vaticanos; y al consagrar y elevar al rango de basílica el templo de la Sagrada Familia de Barcelona, el 6 de noviembre de 2010, recordó expresamente que “es muy significativo que sea dedicado (el templo) por un Papa, cuyo nombre de pila es José.

 

Juan Pablo II y Francisco: nuevos e importantes hitos josefinos

 

En numerosas ocasiones, san Juan Pablo II (1978-2005) recordaba que su segundo nombre de pila era José (Karol Joseph Wojtyla). Y el 15 de agosto de 1989, a los cien años de la encíclica josefina de León XIII ya glosada, Juan Pablo II escribió la espléndida exhortación apostólica “Redemptoris custos” (El custodio del Redentor), un magnífico texto, en el que, además, otorga a san José el citado título de “Custodio del Redentor”; un texto en el que santa Teresa de Jesús (1515-1582), devota por antonomasia del santo, está muy presente.

Francisco, papa desde el 13 de marzo de 2013 y con misa de comienzo oficial de su ministerio precisamente el 19 de marzo, desde el primer momento comentó que san José es santo suyo de devoción primera y de cabecera. Así, mes y medio después, el 1 de mayo de 2013, decidió que el nombre de san José aparecería también (ya aparecía, por decisión citada de Juan XXIII, en la plegaria eucarística 1) en las otras tres plegarias eucarísticas ordinarias. Y cuando, el 5 de julio de 2013, al consagrar el Estado de la Ciudad del Vaticano al arcángel san Miguel, añadió a san José en el patronazgo.

Ha sido Francisco quien popularizó, en la Navidad de 2019, una imagen del santo cuidando al Niño Jesús mientras María duerme, tranquila, sabiendo que José cuida del niño.

Francisco tiene en su despacho una imagen del santo, junto a la cual hay una urna en la que el Papa deposita sus oraciones más apremiantes a la intercesión del santo. Y ha sido Francisco quien ha escrito la referida carta apostólica “Patris corde” y ha instituido, del 8 de diciembre de 2020 al 8 de diciembre de 2021, el Año de San José, lucrada con gracias jubilares especiales, con ocasión del 150 aniversario de la proclamación del santo como patrono universal de la Iglesia.

 

Artículo publicado en 'Nueva Alcarria' el 26 de marzo de 2021

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