Oración a la Virgen de la Salud de Barbatona

Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote)

 

Ante la 52 Marcha Diocesana a su santuario, templo jubilar, domingo 8 de mayo de 2016

 

Virgen Santísima Señora Nuestra de la Salud,

un año más nos hemos vuelto a poner en camino,

en camino de Iglesia, de familia, de pueblo, hasta tu santuario.

Un año más, venimos cargando de plegarias,

que son necesidades del cuerpo y del alma.

 

Un año queremos que vuelvas a nosotros

esos tus ojos misericordiosos,

y un año más, una vez más, te pedimos

nos ayudes a entender que somos nosotros

quienes, humildemente, desnudamente, sinceramente,

tenemos que dejarnos mirar por ti,

y que el esplendor y de la belleza de tu mirada,

de esos tus ojos misericordiosos,

recubran y revistan de esperanza nuestra humanidad siempre herida.

 

¡Tantas lágrimas, tantas intenciones, tantas oraciones, 

tantos ruegos, tantas expectativas,

tantos dolores y angustias,

tantas también esperanzas, alegrías y acciones de acciones de gracias,

tantos sueños, tantas esperanzas!

¡Ay, querida Madre, si hablarán las piedras de tu santuario,

si los recodos del camino pudieran hablar!,

¿qué no nos dirían de cuánto espera y confía en ti y de ti

este pueblo fiel, siempre necesitado y menesteroso,

siempre inconstante, acomodaticio y hasta ingrato?

 

Enséñanos, María de la Salud de Barbatona,

que es verdad que la Misericordia de Dios

llega a su fieles de generación en generación.

Enséñanos que es posible vivir y servir la misericordia,

que no es imposible ser misericordiosos como lo es el Padre del cielo.

 

“Pues te que tú, Reina del cielo, tanto vales,

da remedio, sí, a nuestros males”.

Son los males que nos agarrotan y llenan de egoísmos;

son males de creernos mejores de lo que somos

y, por supuesto, siempre mejores que los demás.

Son los males de nuestros miedos, temores y fantasmas,

son los males de las ausencias que tanto nos duelen,

son los males de la superficialidad y la banalidad,

son los males de los siete pecados capitales que siempre nos asechan,

son los males de una religiosidad caprichosa y a la carta,

son los males de que querer vivir como si Dios no existiera

y de acordarnos solo de Él,

como de santa Bárbara, cuando truena.

Son los males de la secularización externa e interna,

que también afecta a nuestra Iglesia;

son los males de la mundanización,

que nos urge a medirlo todo por el beneficio económico

y licúa los valores,

evidencia que no es lo mismo predicar que dar trigo

 y nos deja, tantas veces,

sin las precisas entrañas de misericordia,

más exigibles todavía a los pastores de la grey santa de Dios.

 

Escúchanos, Virgen Santísima,

Sé tú quien nos visite un año más

y no permitas que no nos atrevamos a dejar mirar por ti

y por esos tus ojos misericordiosos. Amén.

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