El tacto en tiempos de pandemia

Por Ángel Moreno

(de Buenafuente)

 

 

En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». (Mt 8, 2-3) 

En las circunstancias actuales, es necesaria la prevención higiénica, la distancia social, el cumplimiento de las medidas sanitarias, como expresión de respeto al prójimo y defensa contra la transmisión del virus. Sin embargo, deberemos estar atentos, por si por miedo al contagio, también se apodera de nosotros el miedo al encuentro con el otro, hasta el extremo de prejuzgarlo como un posible infectado. 

Al acercarnos al Evangelio, nos sorprendemos ante la conducta de Jesús, quien teniendo poder para curar a distancia, sin acercarse a los enfermos –“Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y estaba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad».” (Lc 13, 11-12); y según lo acredita el Cuarto Evangelio: “El funcionario insiste: «Señor, baja antes de que se muera mi niño». Jesús le contesta: «Anda, tu hijo vive».” (Jn 4, 49-50); el Maestro no solo se aproxima a los enfermos, sino que los toca, les pone las manos, y los cura. “Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». (Mt 8, 1-3). Con eta acción, Jesús quedó socialmente contaminado. 

En otros pasajes, se reitera el gesto compasivo, arriesgado, familiar de Jesús con quienes tenían necesidad de salud: “Al llegar a la casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre; le tocó su mano y se le pasó la fiebre (Mt 8, 14). 

Leídos estos textos en las circunstancias actuales, en las que cabe que estemos afectados por el síndrome del contagio, contemplar la figura de Jesús, que se atreve a tocar, a poner sus manos, e incluso a tomar contacto con la saliva del enfermo, nos debe ayudar para superar mentalmente el miedo, el retraimiento, la falta de cercanía con el huésped, o el prójimo. Este testimonio nos lo han dado tantos profesionales de la salud, que han arriesgado sus vidas por atender a los afectados por el coronavirus. Una escena que supera todos los límites, nos la cuenta san Marcos: “Le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»), al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. (Mc 7, 32-35) 

Si sumamos las escenas en las que el Maestro atraviesa todas las fronteras preventivas, lo vemos tocando a leprosos (Lc 5, 12-13), a ciegos (Mt 9, 27-30; 20, 30-34), a sordos, mudos, enfermos – “Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando.” (Lc 4, 40); y hasta a muertos: “Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre.” (Lc 7, 12-15) 

En este contexto, se comprende la invitación que el Resucitado le hace al discípulo incrédulo: “Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». (Jn 20, 27-28). Que no caigamos en la tentación de ser asépticos, distantes, desconfiados, pues nos quedaremos sin la experiencia teologal de experimentar el paso del Señor.

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