En tiempos de pandemia y siempre, ser Iglesia de la Palabra

"La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo" escribió san Jerónimo, de cuya muerte se cumplen ahora 1.600 años y quien nos interpela a vivir de la Palabra de Dios

 

Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)

 

 

 

 

 

 

 

 

El próximo miércoles, día 30 de septiembre, es la memoria litúrgica obligatoria de san Jerónimo, el gran difusor de la Palabra de Dios, como luego veremos. Se cumplirá ese día, además, el XVI centenario de su muerte. En medio de la pandemia, todavía más si cabe -¿quién no tiene una Biblia en su casa y hasta en el ordenador y el teléfono?- y siempre, la Iglesia ha de ser Iglesia de la Palabra, ha de vivir de la Palabra de Dios

En este artículo, vamos a recordar figura de san Jerónimo y facilitar una serie de materiales para que nuestras comunidades católicas y todos y cada uno de los católicos seamos Iglesia de la Palabra. Porque, como afirmó el santo, «la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo», y, por ello, ignorancia también de la identidad y misión de la Iglesia.

 

San Jerónimo, el santo de la Palabra de Dios

 

"/Padre de la Iglesia latina y doctor de la Iglesia, Eusebio Jerónimo de Estridón (por la localidad dálmata, en la actual Croacia, donde nació en el año 340), recibió el Papa  san Dámaso I, en el año 382, el encargo de traducir al latín la Biblia a partir de su versión original en griego y hebreo. Su traducción, conocida como la Vulgata de san Jerónimo, será normativa en toda la Iglesia durante cuatro siglos,  desde el año 1546, en el Concilio de Trento, y hasta el Concilio Vaticano II. Para poder este trabajo de traducción, se trasladó a vivir a Belén, donde falleció el 30 de septiembre del año 420. Fue ordenado sacerdote a los 40 años.

Junto a su estudio y trabajo de las Sagradas Escrituras, san Jerónimo llevó durante décadas una vida eremítica y ascética (pintores y artistas como GhirlandaioLeonardo da Vinci, El Bosco, Durero, Patinir, Caracci, El Greco, Velázquez, Alonso Cano, Martínez Montañés, Caravaggio, RiberaSalzillo, Torgiano,… legaron espléndidas obras de arte sobre él y su vida dedicada a la Palabra de Dios, a la oración y a la penitencia).

Desde el 30 de septiembre de 2019 al 30 de septiembre de 2020, la Orden Jerónima, celebra el XVI centenario de la muerte de san Jerónimo, el gran apóstol y difusor de Palabra de Dios (por cierto, que desde 2020, por decisión del Papa Francisco, quedó establecido en toda la Iglesia el Domingo de la Palabra de Dios, a celebrar el tercer domingo del tiempo ordinario, en 2020, el día 26 de enero; y en 2021, el día 24 de enero).

 

San Jerónimo y nuestra diócesis

 

Junto a santa Paula de Roma (347-404), promovió la creación de monasterios en Tierra Santa, germen de lo que después, desde el siglo XIV en el monasterio de San Bartolomé de Lupiana, en nuestra tierra, gracias al guadalajareño Pedro Fernández Pecha,  será la orden monástica jerónima u Orden de San Jerónimo, con ramas masculina y femenina.

Nuestra diócesis cuenta con un monasterio de monjas jerónimas, el de Nuestra Señora de los Remedios, en Yunquera de Henares, y de origen, en el siglo XVI, en Brihuega. En 2021 se cumplirán 50 años de la presencia jerónima en Yunquera.

 

Diez definiciones de la Palabra de Dios

 

A la luz del Sínodo de los Obispos de 2008 dedicado a la Palabra de Dios, he aquí diez definiciones de la Palabra de Dios.

 

1/«La Biblia es el libro de un pueblo y para un pueblo».

2/«El amor es las plenitud de las Escrituras Santas».

3/«La Palabra de Dios es una brújula que indica el camino a seguir»,

4/«La escucha amorosa de la Palabra de Dios lleva al servicio desinteresado hacia los demás».

5/«La escucha auténtica de la Palabra de Dios es obedecer y actuar, es hacer florecer en la vida la justicia y el amor».

6/«La Biblia nos presenta el soplo del dolor, sale al encuentro del grito de los oprimidos y del lamento de los infelices».

7/«Mediante el amor y la veneración a la Palabra de Dios, las Iglesias y comunidad«es cristianas viven una unidad real, aunque imperfecta».

8/«La Sagrada Escritura se ha convertido en una especia de inmenso vocabulario… Es el atlas iconográfico… El Evangelio fue la lengua materna de Europa…La Biblia es el gran código de la cultura universal».

9/«La Sagrada Escritura tiene pasajes adecuados para consolar todas las condiciones humanas».

10/«Es necesario traducir a gestos de amor la Palabra de Dios escuchada y orada, porque solo así se convierte en creíble el anuncio del Evangelio».

 

La dulce y amorosa voz de Dios en la Biblia

 

La Palabra de Dios, la Biblia, está es el libro más traducido –en más de 2.450 lenguas distintas- y más vendido –unos veinte millones de ejemplares al año- de toda la historia y también del presente.

«La Palabra de Dios –dice el libro santo del Deuteronomio- está muy cerca de ti. Está en tu boca y en tu corazón para que la cumplas».

En el prólogo de su evangelio, el cuarto, el apóstol San Juan nos habla de que la Palabra existía desde el principio, que estaba con Dios, que era Dios, y que, en la plenitud de los tiempos, la Palabra de hizo carne y puso su morada entre nosotros.

También el Nuevo Testamento, el autor de la Carta a los Hebreos, nos recuerda que la Palabra de Dios, es viva, enérgica y eficaz. Es más cortante que espada de doble filo. «Penetra hasta las fronteras del alma y del espíritu, hasta las articulaciones y médulas y escruta los sentimientos y los pensamientos del corazón».

La Palabra de Dios, de este modo, es la biblioteca viva de un pueblo –el Pueblo de Dios- reunida, celebrada, anunciada y vivida en el transcurso de miles de años. No es un libro de historia. No es un código cerrado de leyes o un curso de moral o de religión. Es un libro de vida y para la vida.

Contienen, sí, preceptos legales, enseñanzas morales y contenidos catequéticos. Pero no reduce a Dios a una fórmula única, a un pensamiento único.

Es una carta. Una carta de amor y de salvación. La Palabra de Dios es susurro, propuesta, invitación,  frescor, novedad. Es un libro para todos. No está reservado a iniciados, a expertos o a creyentes. Es el libro de todos y para todos.

El escritor y poeta Paul Claudel, que se convirtió al catolicismo el 25 de diciembre de 1886 oyendo los cánticos de Navidad, murió el año 1955 y dejó sobre su mesa de trabajo, junto a sus gafas y su pluma, un pliego de papel con estas palabras: «Amo la Biblia». Y es que, «en la Biblia –había escrito Claudel con anterioridad-, oí por primera vez la voz dulce y amable de Dios, que ya nunca se extinguiría. En verdad, Dios me amaba». 

Emma Dessewfy, otra conversa conocida en Hungría por su vida social y caritativa, quebrantada física y espiritualmente y sumida en la soledad, encontró en la Biblia consuelo y refugio: «Ante mis ojos -confiesa- se manifestó el Evangelio de Jesús como un milagro».

 

Decálogo de claves para leer la Palabra de Dios

 

1.-Lee el texto lenta y atentamente, con el corazón y la inteligencia abiertos, estando pendiente a las palabras que más repiten, a los que hacen y cómo reaccionan los personajes.

2.-Mira el contexto. Aquello que precede y aquello que sigue en la Biblia, y a hacia dónde nos quiere dirigir.

3.-Pregúntate de qué género se trata: una narración, una historia, un texto legal, una relato épico, una oración, un canto, una parábola, una enseñanza catequética, una reflexión sapiencial, un anuncio profético…

4.-Trata de situar el texto en la historia bíblica. Para ello, mira las notas o introducciones de las distintas ediciones de la Biblia. Y relaciónalo con otros textos bíblicos conocidos.

5.-Recrea el marco y el contexto de la sociedad concreta para la que fue escrito originariamente el texto y cómo reaccionó ante él.

6.-Confronta e interpela el texto ante tu vida y ante el mundo que te rodea. Mira a ver qué te dice y qué le dice a nuestro mundo.

7.-Intenta sintetizar el mensaje del texto, desde sus contenidos y personajes. E incluso piensa que título le podría poner si con él tuvieras que hacer un comentario, una información.

8.-Empieza a orar. ¿Qué rostro de Dios se descubre en este texto? Contempla y alaba ese rostro, esa voz, esa presencia de Dios en su Palabra.

9.-Sumérgete en la espuma de las olas de esta oración, llena tus oídos de su música, tu mente de sus palabras, tu corazón de sus sentimientos. Descansa y reza con paz con todo ello.

10.-Una vez bien impregnado del texto y de todas estas sensaciones, intenta extraer algunas conclusiones prácticas para tu vida y busca llevarlas a la vida. 

 

Cinco criterios de Benedicto XVI para leer la Palabra de Dios

 

(1) Hay que leer la Sagrada Escritura en su unidad e integridad. Cada una de sus partes lo es de un camino único y sólo viéndolas en su integridad como un camino único, en el que una parte explica la otra, podemos comprender el todo y las partes.

(2) La lectura de la Sagrada Escritura debe ser siempre una lectura a la luz de Cristo. La Sagrada Escritura es un camino con una dirección: Jesucristo. Quien conoce el punto de destino, puede también, una vez más, volver sobre sus pasos y aprender de manera más profunda el misterio del Señor.

(3) Desde su unidad e integridad, desde su unidireccionalidad hacia Jesús, la Sagrada Escritura nos muestra su tercera gran riqueza: la eclesialidad. Estos caminos, estos pasos del camino que nos va mostrando y vamos recorriendo en la lectura de la Palabra de Dios,  sin pasos de un pueblo. Es el Pueblo de Dios que sigue adelante. El propietario auténtico de la Palabra es siempre el Pueblo de Dios, guiado por el Espíritu Santo. Para leer bien la Escritura, para percibir y recibir su belleza y su riqueza, hay que caminar dentro de ese sujeto vivo que es el Pueblo de Dios, en y desde la Tradición de la Iglesia.

(4) La liturgia -ámbito celebrativo propio de la lectura común y orante de la Palabra y «espacio" permanente del Pueblo de Dios en camino- es el lugar privilegiado para la comprensión de la Palabra, precisamente también porque en ella la lectura se convierte en oración y se une a la oración de Cristo en la plegaria eucarística.

(5) Por fin, la Palabra de Dios requiere de otras dos actitudes básicas: la humilde perseverancia y la sabiduría de saber llenarse progresivamente de ella.

«La Palabra de Dios sigue siendo mucho más grande -escribía San Efrén- de lo que podemos pensar y entender». La Palabra de Dios es siempre más grande que cualquier comentario exegético por brillante que sea, que cualquier percepción nuestra. Es un tesoro inagotable, siempre superior a nosotros, siempre más grande. Es la fuente del agua viva y cada uno debe beber de ella según su capacidad y su necesidad y volver a ella siempre, especialmente cuando más lo necesite desde las dimensiones y actitudes glosadas en este comentario.

 

Artículo publicado en 'Nueva Alcarria' el 25 de septiembre de 2020

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