Cuestión de cultura

Jean Tirado

(Conferencias de San Vicente de Paúl de Guadalajara)

 

 

 

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CUESTIÓN DE CULTURA

 

Aquella tarde, vino Vicente a casa pues lo había invitado con el deseo de que me contara otra de sus experiencias en Las Conferencias, siempre llenas de enseñanzas.

Mientras servía un té blanco, hice hincapié en la importancia de conocer otras culturas e intentar comprenderlas, para enriquecerse personalmente de lo mejor que tenía cada una.

Fue cuando enseguida Vicente, a modo de ilustrar mi pensamiento, me contó lo siguiente:

"Aquel año, nuestra Sociedad de San Vicente de Paúl, había financiado la construcción de casas para mineros en las minas de cobre de Mufurila en el norte de Zambia y el Presidente General viajaba para inaugurar la obra.

Después de dicha inauguración, la Mesa Directiva del Consejo de Zambia invitó al Presidente General y a los responsables del proyecto a un almuerzo que facilitaría el intercambio de ideas. Recuerdo muy bien que fuimos 15 consocios al restaurante. Después de sentarnos y que nos sirvieran el primer plato de un menú tradicional, el Presidente General se percató de que sólo 14 consocios estaban comiendo. Discretamente, me preguntó quién faltaba. Una rápida mirada panorámica me permitió observar al fondo de la sala, uno de los miembros del Consejo que comía solo. Pregunté a mi vecino si aquel consocio era vegetariano y comía un menú especial, pero la respuesta fue sorprendente: comía con los dedos y le daba vergüenza comer con nosotros. Inmediatamente enterado el Presidente General me pidió que me acercara a la mesa de dicho consocio y lo invitara a sentarse con nosotros, alegando que el Presidente deseaba hablar con él. Una vez sentados aquel consocio y yo enfrente del Presidente, éste se dirigió al consocio demostrando interés acerca de la obra social. El consocio se relajó, conversó con el Presidente General que le trató con toda cortesía y con naturalidad siguió comiendo con los dedos.

La moraleja de esta anécdota Vicente, - me comentó el Presidente - es que nadie debe avergonzarse de su cultura"

Estaba totalmente de acuerdo con Vicente y para ampliar nuestra reflexión sobre el tema, le pregunté si conocía una anécdota que ocurrió en un banquete que celebró la reina Victoria para 50 dignatarios procedentes de los cinco continentes, con la ocasión del Jubileo de oro de su reinado. Como Vicente no conocía la historia, me pidió que se la contara.

“Pues, dicho banquete comenzaba con diversos platos de mariscos, lo que obligaba cada comensal a utilizar los dedos para manipular los frutos de mar. Sin embargo, según la etiqueta, cada comensal tenía a la izquierda de su plato, un bonito tazón de cristal de Bohemia que contenía agua tibia y una rodaja de limón y que debía servir de “enjuagadedos”. No dio tiempo a ningún comensal a utilizarlo, ya que uno de los selectos invitados quien nunca había visto un aguamanil y a quien tampoco nadie le había explicado para lo que era, tomó el tazón con las dos manos y bebió el agua. No tardó ni un segundo la anfitriona, la reina Victoria, en imitar a su invitado y también bebió del aguamanil. La reina fue seguida por el resto de los comensales que hicieron lo mismo.

Así demostraron todos que, más allá de la etiqueta, lo importante era que aquel invitado no se sintiera avergonzado sino todo lo contrario: muy cómodo.

La moraleja en este caso es que tampoco hay que humillar a alguien por desconocer una cultura".

Vicente y yo coincidimos en que enriquecernos de lo mejor que tienen otras culturas hace más grandes nuestras almas y nuestros corazones. Debemos observar un gran respeto para con las otras culturas siempre y cuando éstas, no arruinan la dignidad del ser humano, quedando estancadas terca y tozudamente en costumbres arcaicas y, a veces, bárbaras. 

Antes de que se levantara Vicente y nos despidiéramos, le confesé que cada día me alegraba de haber nacido en Marruecos, precisamente en Casablanca, pues en esta ciudad cosmopolita, musulmanes, judíos y cristianos vivían en buena armonía e incluso compartían sus celebraciones familiares: comuniones, bodas, circuncisiones, entre tantas otras. Son estas enseñanzas de tolerancia las que siempre me han acompañado a lo largo de mi vida tal y como además recomienda nuestra Regla. (1)

A Cristo por y con María.

 

(1) Se recomienda leer el art. 3.3 de la Regla de la Sociedad de San Vicente de Paúl y su comentario.

 

Jean Tirado

de las Conferencias de San Vicente de Paúl

Guadalajara (España)

 

 

A QUESTION OF CULTURE

 

That evening, Vicente came home because I had invited him so that he told me another of his experiences in the Conferences, always full of teachings.

While serving a white tea, I emphasized the importance of knowing other cultures and trying to understand them, in order to be enriched with the best each one had.

To illustrate my thoughts, Vicente immediately told me the following:

"That year, our Society of St. Vincent de Paul had financed the construction of houses for miners in the Mufurila copper mines in northern Zambia and the President General was travelling to inaugurate the works.

After the inauguration, the Board of Zambia’s Council invited the President General and the project officials to a meal in order to exchange ideas. I remember very well that we were 15 fellow members that went to the restaurant. After we sat down and we were served the course of a traditional menu, the President General realized that only 14 fellow members were eating. Discreetly, he asked me who was missing. A quick panoramic glance allowed me to perceive at the back of the room, one of the members of the Council who was eating alone. I asked the person sitting next to me if that fellow member was a vegetarian and was having a special menu; but the answer was astonishing: he ate with his fingers and was ashamed to eat with us. As soon as the President General heard this answer, he asked me to go the table of this fellow member and invite him to sit down with us, claiming that the President wished to speak to him. Once that member and I were seated in front of the President, this addressed him showing his interest for the social work. The fellow member relaxed, talked to the President General who treated him with all courtesy and, as the most natural thing, continued eating with his fingers.

The moral of this anecdote, the President told me - is that no one should be ashamed of his culture"

I fully agreed with Vicente and to broaden our reflection on the subject, I asked him if he knew an anecdote that occurred at a banquet held by Queen Victoria for 50 dignitaries from the five continents, on the occasion of the Golden Jubilee of her reign. Vicente did not know the story, so he asked me to tell it to him.

"Well, this banquet began with various seafood dishes, which obliged each guest to use their fingers to manipulate the seafood. However, according to the etiquette, each diner had to the left of their plate, a nice bowl of Bohemian glass containing warm water and a slice of lemon meant to serve as "finger bowl". None of the diners had time to use it, since one of the exclusive guests who had never seen a finger bowl and who had never been explained its use, took the bowl with both hands and drank the water. The hostess, Queen Victoria, did not wait a second and, imitating her guest, she also drank from the finger bowl. The queen was followed by the rest of the diners who did the same.

Thus, they all showed that, beyond the etiquette, the important thing was that this guest did not feel embarrassed but quite the opposite: very much at ease.

The moral in this case is that you do not have to humiliate anyone for not knowing a culture either."

Vicente and I agree that enriching ourselves from the best of other cultures makes our souls and hearts greater. We must observe great respect for other cultures as long as they do not destroy the dignity of the human being, remaining stubbornly and obstinately stuck in archaic and sometimes barbaric customs.

Before Vicente got up and we said goodbye, I confessed to him that I was glad every day to have been born in Morocco, precisely in Casablanca, because in this cosmopolitan city, Muslims, Jews and Christians lived in good harmony and even shared their family celebrations: communions, weddings, circumcisions, among many others. It is these teachings of tolerance that have always accompanied me throughout my life, and they are also recommended by our Rule. (1)

To Christ through and with Mary.

 

(1) I recommend to read Art. 3.3 of the Rule of Saint Vincent de Paul, as well as its commentary

 

Jean Tirado

Conferences of Saint Vincent de Paul

Guadalajara (Spain)

 

 

QUESTION DE CULTURE

 

Cette après-midi là, Vincent se présenta à la maison car je l’avais invité, à vrai dire, afin qu’il me raconte de nouvelles anecdotes vëcues au sein des Conférences, expériences toujours pleines d’enseignements.

Pendant que je servais un thé blanc, j’évoquais l’importance de connaître et de comprendre d’autres cultures, pour s’enrichir personnellement des meilleurs aspects de chacune.

Comme pour illustrer ma pensée, Vincent instantanément me raconta ce qui suit:

“Cette année là notre Société de Saint Vincent de Paul venait de financer la construction d’un ensemble de maisonettes pour les travailleurs de Mufurila, mine de cuivre au nord de la Zambie, et le Prèsident s’y rendait pour l’inauguration.

L’inauguration terminée, le Bureau du Conseil de Zambie invita le Président Général et tous les responsables du projet à un déjeuner qui faciliterait l’échange d’opinions. Je me souviens très bien que nous étions 15 confrères à nous diriger vers le restaurant, mais après avoir pris place et une fois servi le premier plat d’un menu traditionnel, le Président Général réalisa que seuls 14 confrères ètaient attablés. Il me demanda alors discrètement, qui manquait. Un rapide coup d’oeil panoramique me permit d’entrevoir au fond de la salle un des membres du Conseil qui mangeait tout seul. Je m’inquiétais alors auprès de mon voisin si ce confrère était végétarien  et si un menu spécial lui ètait servi à part, mais la réponse fut pour le moins surprenante : il mangeait avec les doigts et avait honte d’être à notre table. Mis au courant immédiatement, le Président Général me pria d’aller voir ce confrère pour l’inviter à se joindre à nous, avec l’excuse que le Président désirait lui parler. Ainsi le confrère et moi même nous nous trouvâmes rapidement assis face au Président qui démontra un grand intérêt au sujet de l’oeuvre sociale. Le confrère qui se sentit en confiance, se tranquilisa et conversa avec le Président  Général qui le traitait avec une courtoisie toute naturelle, et continua à manger avec les doigts.

La morale de cette anecdote, Vincent - me commenta le Président Général - c’est que personne ne doit avoir honte de sa culture.”

J’étais totalement d’accord avec Vincent et pour étoffer un peu plus notre réflexion sur ce thème, je lui demandai s’il connaissait une fameuse anecdote survenue au cours d’un dîner offert par la reine Victoria à l’occasion du Jubilée d’or de son règne, auquel participaient 50 personnalités venues de tous les continents. Comme il n’en avait jamais entendu parler, il me demanda de la lui raconter.

“Pour commencer ce fameux dîner, le menu se composait de divers plats de fruits de mer, ce qui impérativement conduisait les invités à utiliser leurs doigts pour manipuler crustacés et coquillages. Cependant, selon l’ètiquette, chaque hôte avait à gauche de son assiette une jolie coupe en cristal de Bohème, qui contenait de l’eau tiède et une tranche de citron, afin de servir de rince-doigts. Aucun invité n’eut le temps de l’utiliser car un des convives qui n’avait sans doute jamais vu un rince-doigts, ou à qui personne n’avait expliqué à quoi cela servait, prit la coupe à deux mains et but d’un coup l’insipide liquide. En moins d’une seconde, l’amphytryon, la reine Victoria, imita l’inexpérimenté convive et but également le contenu du rince-doigts. Tous les invités en firent alors de même imitant la reine.

Tous démontrèrent ainsi que bien au-delà du respect de l’étiquette, le plus important était que cet hôte non seulement n’ait pas honte devant tout le monde, mais au contraire se sente très à l’aise.

La moral dans ce cas, est qu’il ne faut jamais humilier quelqu’un sous prétexte qu’il ignore certains usages d’une autre culture.”

Finalement, nous arrivions à la conclusion Vincent et moi, que partager les meilleurs aspects d’une autre culture sert toujours à façonner un peu plus nos coeurs et nos âmes. C’est pourquoi nous nous devons de respecter les autres cultures, sous réserve bien sûr que leurs coutumes ne compromettent en aucun cas la dignité de l’être humain, par des pratiques obstinément et fortement enracinées parfois dans des traditions archaïques, voire barbares.

Avant que Vincent ne se lève et que nous nous séparions, je reconnaissais qu’être né au Maroc - dans ce Casablanca cosmopolite de l’époque - me permit pendant toute mon enfance et mon adolescence, de faire l’apprentissage d’un échange permanent de cultures, car il était habituel que musulmans, juifs et chrétiens, partagent leurs célébrations familiales : circoncisions, mariages, baptèmes, entre autres. Ce sont ces leçons de tolérance qui, comme le recommande notre Règle (1), m’ont toujours accompagné tout au long de ma vie.

En Christ et par l’intercession de Marie.

 

(1) Lire l’article 3.3 de la Règle de Saint Vincent de Paul, ainsi que ses commentaires.

 

Jean Tirado

des Conférences de Saint Vincent de Paul

Guadalajara (Espagne)

 

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