Beato fray Leopoldo, protector también en tiempo de pandemia

El beato fray Leopoldo de Alpandeire fue un capuchino, humilde limosnero de amor y salud, cuya memoria es buena recordar en medio de la pandemia

 

Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)

 

 

 

 

 

 

 

 

El 9 de febrero es la memoria litúrgica de un beato andaluz contemporáneo, que, aunque muy conocido y querido en Andalucía, singularmente en Granada y en Málaga, es y debe ser patrimonio de toda la Iglesia y de la entera humanidad y que bien merece ser más y mejor conocido, invocado e imitado.

Estoy hablando del capuchino Leopoldo de Alpandeire, el humilde limosnero del amor, el fraile de las alforjas repletas de caridad, el capuchino de las tres Ave Marías, el cristiano que tenía fijada la mirada en el cielo y en el corazón de las personas con las que se encontraba y los pies en el suelo de las estrechas y empinadas callejas de Granada –epicentro de su vida durante medio siglo-, y en las que, pidiendo limosna, se convertía él mismo en limosna de consuelo, de salud del cuerpo y del alma, de ternura, de ejemplaridad y de esperanza para los demás, especialmente para los más necesitados.

 

El Dios que se esconde a los soberbios y se refleja en los humildes

Con él y en él, se hizo realidad, una vez más, aquellas palabras de Jesús en el Evangelio en las que daba gracias a Dios porque había escondido estas cosas –la sabiduría del Reino- a los sabios y a los entendidos y se las había revelado a la gente sencilla y humilde.

Fray Leopoldo no destacó, en efecto, ni por la sabiduría humana, ni por su presencia física (era pequeño, casi enjuto y poblada barba florecida en amor), por sus raíces y ancestros familiares (de familia pobre y trabajadora, conoció los rigores de los campesinos y hasta de los temporeros), ni por los altos cargos que prestó la Orden Capuchina a la que pertenecía (no sin dificultades logró ingresar en la seráfica orden los Hermanos Menores Capuchinos, ya con 35 años, y “tan solo” fue hortelano, labrador, limosnero,…), ni por la erudición y elocuencia de las palabras meramente humanas y de tejas abajo (cuentan que apenas le bastaba con entonar y rezar las tres Ave Marías para conmover los corazones). Fue ya en vida un santo del pueblo, un santo callejero y de la puerta de al lado, un santo con el único discurso del amor y de la bondad.

Era piadoso, devoto, humilde, pobre, seguidor en su propio cuerpo de la cruz de Jesucristo, fidelísimo hijo de María (su nombre completo de profesión religiosa era Leopoldo de María), y, por todo ello, un extraordinario servidor de la caridad de los gestos sencillos y cotidianos, de los que dan pan, predicando y sembrando trigo.

Fray Leopoldo fue hijo de un pequeño pueblo malagueño de labriegos, Alpandeire en la serranía de Ronda, hijo del afán y del sudor de la besana cotidiana y de padres humildes y sencilla y cabalmente cristianos. Y sus durezas y hermosuras le curtieron. Fue bautizado con el nombre de Francisco Tomás de San Juan Bautista Márquez Sánchez. Y, sí, Francisco fue su nombre de pila, y el santo y seña de su consagración y testimonio, y un destacadísimo y venerable seguidor e imitador del santo de Asís, el cristianismo que más se ha parecido a Jesucristo.

 

Granada tuvo que ser

Pero –seguirá pensando el lector de estas líneas-, ¿qué es lo hizo, cómo fue posibles con los mimbres descritos la Providencia de Dios hiciera el cesto de santidad que fue su vida? Insisto: lo importante no es lo hizo o dejó de hacer, sino cómo el hizo y el amor que derramó en su humilde vida capuchina de limosnero, primeros en Sevilla y en Antequera y finalmente en Granada.

En Granada, sí, donde, pidiendo limosna para las escuálidas arcas de su fraternidad capuchina, era él quien la daba y llenaba de luz de las tinieblas y las sombras que de tantos ciegos, del cuerpo y del alma, con los que se encontraba por las calles, plazas y rincones de Granada -Dale limosna mujer,/que no hay en la vida nada /como la pena de ser /ciego en Granada”-.

 

Estatua del beato fray Leopoldo en su cripta de Granada

 

Granada, sí, ciudad  de luces y de bellezas  espléndidas que fue tan hermosamente iluminada por este pequeño fraile de amplia sonrisa impresa en el rostro; de alegre mirada que penetraba en lo más profundo de los corazones; de la mano tendida, no sólo para sí y sus hermanos, sino para aquellos que tenían aún menos que él y a los cuales acompañaba, alegre, elevando sus corazones y distribuyendo alegría y caridad conjuntamente.

Porque en efecto, la providencia se sirvió de la predicación itinerante de los capuchinos para suscitar y despertar en él, ya en relativamente avanzada edad, la vocación consagrada, la vocación franciscana y capuchina, que, sobre todo, desarrolló en Granada, donde su solo nombre levantaba –y sigue levantando- loor de multitudes, mientras el añoraba la vida oculta y escondida. Y es que él pasó por la vida haciendo el bien y repartiendo la limosna de la misericordia, la limosna del Evangelio.

 

Al cristiano se le reconoce por sus obras

Padeció largas y dolorosas enfermedades. Y sus cicatrices le curaron y nos curaron. Y murió ya en edad anciana, provecta (el 9 de enero de 1956, a los casi 92 años; había nacido el 24 de junio de 1864), rodeado del afecto y de la admiración de cuantos le rodeaban.

Y, sí, así en la tierra como en el cielo, se le conoció y se le conoce por sus obras, por sus alforjas llenas de amor, por su humildad, por su minoridad, por saber cargar con la cruz –la propia y las de la sufriente humanidad- por su vida de oración y de penitencia, por su existencias de fidelidad a la Regla Franciscana y a la Iglesia, por el admirable ejercicio del amor que derrochó entonces y distribuye ahora desde la Gloria a manos y a corazón llenos.

 

El secreto de la piedra preciosa de un corazón de oro

Se dice que el Señor ha revestido a Granada de tanta belleza que incluso las estrellas del cielo se detienen para admirarla. Hoy las estrellas se han parado para admirar sobre todo la gloria de nuestro Bienaventurado Hermano Limosnero”. Con estas palabras concluyo el arzobispo Angelo Amato, cardenal prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, su homilía en la beatificación de fray Leopoldo de Alpandeire, el domingo 12 de septiembre de 2010 en Granada.

La piedra preciosa de la santidad del humilde limosnero capuchino Francisco Tomás Márquez –fray Leopoldo, y desde entonces (y ojalá ya pronto santo canonizado) el beato fray Leopoldo- relucía, aquel 12 de septiembre de 2010 y sigue haciéndolo, en su esplendor más verdadero y genuino. Y resplandecía y resplandece singularmente por su ejercicio admirable y heroico de la vida cotidiana de oración y de trabajo, por su amor a la cruz de Jesucristo; y, sobre todo, por su humildad –“la vida de este sencillo y austero religioso capuchino es un canto a la humildad y a la confianza en Dios”, señaló el Papa Benedicto XVI tras el rezo del Ángelus de aquel mismo domingo 12 de septiembre-, por su caridad –“tenía un corazón de oro”, subrayó  monseñor Amato- y por piedad mariana pues no en vano el nuevo beato pasó ya en vida a la historia como el fraile de las Tres Ave Marías, como ya queda dicho.

¿Y cuál fue su “secreto”? “Testimoniar el misterio de Jesucristo crucificado con el ejemplo y la palabra, al ritmo humilde y orante de la vida cotidiana y compartiendo y aliviando las preocupaciones de los pobres y afligidos”, tal y como escribió Benedicto  XVI en la correspondiente carta apostólica para su beatificación.

En el convento capuchino de la Divina Pastora de Granada, en la Plaza de la Inmaculada que mira a Sierra Nevada y a la Alhambra. –su casa durante medio siglo-, en la cripta de la iglesia, se veneran sus restos mortales –ya reliquias-, que cada año (en circunstancias normales) son visitadas por no menos de ochocientas mil personas. De este modo, la tumba de fray Leopoldo es, tras la Alhambra, el  lugar de Granada más visitado. En 2006, con ocasión del cincuentenario de su muerte, fray Leopoldo fue declarado hijo adoptivo de Granada, y el 20 de mayo de 2010, en las vísperas de su beatificación, hijo predilecto. Y sus alforjas repletas de amor, se traduce ahora en residencias de ancianos y en otras muchas obras sociocaritativas.

Ileana Martínez, entonces de 50 años, de origen puertorriqueño, fue la persona que, por intercesión de fray Leopoldo, quedó curada de manera científicamente inexplicable de Lupus, patología degenerativa que no tiene curación; milagro que hizo posible su beatificación. Mientras ahora, la postulación de su causa de canonización que dirige el también capuchino e incansable “hacedor” de santos Alfonso Ramírez Peralbo, estudia  el milagro definitivo que lo inscriba en el libro de los santos, cuyo nombre, en cualquier caso, ya está en él grabado en oro.

 

Quíntuple mensaje en tiempos de pandemia

“Dios, Padre misericordioso, que has llamado al Beato Leopoldo a seguir las huellas de tu Hijo Jesucristo por la senda de la humildad, la pobreza y el amor a la cruz, concédenos imitar sus virtudes para participar junto a él en el banquete del Reino de los cielos”, reza la oración oficial de su oficio litúrgico, este 9 de febrero.

Siempre y todavía más en esta hora pandemia, el beato Leopoldo, como los grandes santos, entre los que se halla, nos envía un quíntuple mensaje:

(1) Que solo Dios es Dios y solo a Él hay que encomendar y confiar con humilde y sencillez la existencia personal y comunitaria.

(2) Que Dios no nos pide milagros, gestas y gestos extraordinarios, sino amar: amarle a Él y desde este amor, amar al prójimo, empezando por los más próximos. Y el amor cristiano no compite ni se engríe. El amor cristiano es humilde, sincero, creíble, avalado por la bondad y la calidad de nuestras obras y de nuestra caridad.

(3) Que Dios, que en Jesucristo crucificado quiso compartir y sigue compartiendo, las penas y las fatigas, los dolores y las cruces nuestra de cada día y de las cruces extraordinarias como las que ahora vive nuestra humanidad, nunca nos deja solos. Y sabe hacer brotar siempre la vida, la salud, la alegría y la esperanza.

(4) Que con los pies en el suelo y en el barro de la vida, y con los ojos  y la esperanza en el cielo, jamás debemos olvidar que la existencia humana es peregrinación y que somos ciudadanos del cielo. Un cielo, eso sí, que solo se gana en la tierra, en el afán, en el esfuerzo, en la superación, en la resistencia y la solidaridad nuestra de cada día. Porque Él, nos hizo desde si y para sí y nuestro corazón no hallará descanso hasta regresar a Él.

(5) Y que, además, Dios, el Dios de los cristianos, que nos lo ha dado y nos da todo, nos dio y nos sigue dando también a su Madre María, cuyo dulce y santo nombre pronunciaba e invocaba tanto y con tanta unción fray Leopoldo. Y con Ella, con María estamos y estaremos siempre en buenas manos. En las manos y en el regazo de una madre que nunca, máxime en tiempos de cólera, nos abandona.

 

Artículo publicado en 'Nueva Alcarria' el 5 de febrero de 2021

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