Tres nuevas miradas cuaresmales a Jesucristo

La humildad, la reconciliación y la caridad son los otros tres ejes vertebradores de la verdadera Cuaresma, tres miradas a Jesús y a la misión, también en pandemia

 

Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)

 

 

 

 

 

 

 

 

La pasada semana, al hilo de la Cuaresma como tiempo aptísimo para volver, para dirigir la mirada y la vida hacia Jesucristo, esta página de NUEVA ALCARRIA ofrecía tres primeras miradas cuaresmales al Señor Crucificado y Resucitado. Fueron la oración, el examen de conciencia y la escucha de la Palabra de Dios, Hoy completamos estas miradas con otras tres, con otros tres ejes y claves irrenunciables para vivir la Cuaresma, máxime en pandemia.

 

(1) Una mirada más humilde en y desde la verdad de la humildad

 

Y la verdad de la humildad significa que no hay humildad sin humillación. Y que la soberbia, sobre todo la interior, la espiritual, de las élites cristianas y espiritual, es muy peligrosa, sobre todo, porque se envuelve, se reviste y se disfraza de humildad.

“¡Puras como ángeles, soberbias como demonios!”; “Yo soy muy humilde, mire usted, padre, pero el callo que no me lo pisen que yo no se lo piso a nadie”; la moviola después de recibir una humillación que aparentemente hemos acogido con humildad y virtud… hasta que luego, cuando menos te lo esperas, se desata la tormenta repleta de nubarrones, rayos, truenos y centellas…; o “el perdono, pero no olvido”.

“Para seguir a Jesús hemos de dar tres pasos: acercarnos a Él para conocerlo; confesar -con la fuerza del Espíritu Santo- que es el Hijo de Dios; y aceptar el camino de humildad y humillación que eligió para redimir a la humanidad” #HomilíaSantaMarta (Papa Francisco, Twitter, 20-2-2020).

Jesucristo no solo fue humilde, sino que se humilló, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz (Filipenses, 2, 6-11). El que se humilla, será enaltecido y el que se enaltece (aunque sea solo en el fondo de su corazón como la parábola del fariseo y del publicano –Lucas 18, 9-14- en el templo), será humillado (Eclesiástico, 3, 17-18; Lucas 14, 7-11). Y es que un corazón quebrantado y humillado, nunca lo desprecia el Señor (Salmo 50), y sí hace frente al corazón orgulloso y arrogante.

“«Con la medida con que midáis, seréis medidos» (Mc 4,24). Pidamos al Señor la gracia de no tener miedo de la cruz, pidamos la capacidad de soportar alguna humillación, porque este es el camino que Él eligió para salvarnos. #HomilíaSantaMarta” (Papa Francisco, Twitter, 30-1-2020).

El hombre más grande nacido de mujer -Juan el Bautista- y el Hijo de Dios eligieron el camino de la humillación. Este es el camino que Dios muestra a los cristianos para seguir adelante. No se puede ser humilde sin humillaciones. #HomilíaSantaMarta” (Papa Francisco, Twitter, 7-2-2020).

 

Nuestro Padre Jesús de la Pasión, parroquia de Santiago de Guadalajara

 

(2) Una mirada reconciliada y reconciliadora

 

La Cuaresma es tiempo especialmente oportuno para pedir perdón por nuestros errores, negligencias, omisiones,  excesos y defectos. Y debemos pedir perdón con sinceridad y humildad. Un corazón que experimenta el perdón es un corazón sanado y es un corazón evangelizado y evangelizador. Es tener un corazón y una mirada que sabe de verdad que es verdad aquello de que quien esté libre de pecado tire la primera piedra (Juan 8, 1-7).

Pedir perdón y recibir el perdón nos hace mejores, más libres, más humanos, más cristianos, mejores discípulos misioneros del Señor. Y nos evita la lacra del juicio sobre los demás, el compararnos a ellos y amortiguar el pequeño y gran fariseo que todos llevamos dentro.

Tener este corazón y esta mirada reconciliada nos lleva, además, a vivir la verdad plena e integral del perdón: ser perdonados y perdonar. Es hacer realidad la quinta petición del Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mateo 6, 12).

Porque si el ser perdonados nos hace grandes, no menos grandes nos hace el perdonar. Porque si el pedir y recibir el perdón nos evangeliza y es semilla y dinamismo evangelizador, no menos lo es el perdón. “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y así infundes respeto” (Salmo 129). Pues entonces, ¿vamos llevar nosotros cuentas de los males que nos infringen los demás?, ¿para qué?, ¿para cavar un pozo negro de rencor, de resentimiento y hasta, tarde o temprano, de odio?

No podemos permitir que nuestro corazón se emponzoñe y enfangue en este pozo negro y que nuestra mirada su turbe,  se enturbie y se nuble por un horizonte retrospectivo (a veces incluso hasta preventivo…) de las ofensas, injusticias y maldades recibidas. No es fácil perdonar, incluso cuando nos ofenden sabiendo lo que hacen… (Lucas 23, 34).  Incluso cuando nos tomen por tontos, por desasistidos y por débiles. Y cuando, en modo alguno, recibamos ninguna recompensa.

Si ser perdonados nos hace libres, no menos libres nos hace ofrecer el perdón a quienes nos ofenden. Si recibir el perdón es fuente de nuestra alegría, no es fuente de menor alegría el perdonar.

Pero, ¡ojo!, normalmente es aquí donde el demonio en tantísimas ocasiones nos pondrá a prueba, con el engaño –el demonio es el príncipe de la mentira- de la autoestima, del amor propio y de tantas sutilezas que nos impiden perdonar y que, incluso, cuando pensábamos que ya habíamos perdonado la cicatriz de la herida infringida vuelve a abrirse, a supurar y a sangrar. Nunca podemos dar por ganada del todo esta batalla, pues el diablo acecha, de modo que debemos invocar continuamente la ayuda de Dios.

Pedir perdón y perdonar nos ayudan, pues, a experimentar mejor el don de la verdad integral de la reconciliación (“En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”, 2 Co 5,20). Recibir y otorgar el perdón es tener un corazón y una mirada reconciliados y reconciliadores,  y, de este modo, poder testimoniar y servir humildemente el Evangelio de la reconciliación y de la misericordia. Y como no es fácil, el corazón y la mirada reconciliados y reconciliadores experimentan mejor la gratuidad de recibir el perdón y de ofrecer el perdón. Y así vivir y servir la paz, el don de los dones del Señor que es nuestra paz (Efesios 2, 14) y nuestra alegría. Y la paz (tener y ofrecer paz), recordemos a san Ignacio de Loyola, es el gran criterio de discernimiento para nuestra vida cristiana cotidiana.

 

Cristo del Amor y de la Paz, parroquia de San Ginés de Guadalajara

 

(3) Una mirada de misericordia y de caridad  

 

Porque ser perdonados y perdonar, porque el fruto de la oración, de la conversión y de la escucha de la Palabra y porque la humildad verdadera y completa son siempre don de Dios,  este don de Dios, el Dios siempre rico en misericordia (Efesios 2, 4-8: “Porque Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estáis salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con Él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”), ha de ser también don para los demás y visibilizar, de este modo, la vocación cristiana, vocación de don para los demás, vocación de misericordia y de caridad. Y ello desde el misterio pascual es un absoluto imperativo categórico y una necesidad.

Escribió el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de 2020: “Poner el misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría”.

Y prosiguió: “Hoy sigue siendo importante recordar a los hombres y mujeres de buena voluntad que deben compartir sus bienes con los más necesitados mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo. Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo. Podemos y debemos ir incluso más allá, considerando las dimensiones estructurales de la economía”.

Los pobres nos molestan, en el fondo y en la forma.  Tenemos organizada la caridad y queremos servirles, porque sabemos que debemos hacerlo, solo y exclusivamente desde nuestros servicios organizados de caridad, con sus horarios, sus normas y requisitos, que nadie duda que sean necesarios. Pero los pobres nos molestan: que huelen mal, que se gastan el dinero en vino, que si pueden nos roban los lampadarios –y hasta puede ser verdad-, que si ellos mismos no quieren cambiar de vida…, que estamos dispuestos a servirles pero como a nosotros nos gusta servirles… Humanamente es comprensible todo esto, no lo dudo.

Pero, ¿dónde quedan Mateo 25 (Bienaventuranzas) y Mateo 25 (el juicio final)?, ¿dónde queda aquella frase, que es verdad, según la cual “los pobres son el mayor tesoro de la Iglesia” y esas otras dos que dicen que “los pobres nos evangelizan” y que “los pobres son la escalera y el camino hacia el cielo”? Por supuesto que necesitamos organizar la caridad, pero nunca a costa de que sea un silenciador y justificador de nuestra conciencia, un amortiguador que desdibuje de nosotros una mirada de misericordia y de caridad hacia ellos.

Dios nos ama apasionadamente a todos y nos ama a todos hasta el extremo (Juan 13, 1, 15) y su obra redentora es para todos, también para quienes la rechazan, la minimizan o se olvidan de ella. Y también para ellos, nuestros hermanos los pobres. Porque “lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Y si no, fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor” (I Corintios, 1, 25-29).

No hay Cuaresma, ni hay Pascua, ni hay vida cristiana si no hay una mirada por nuestra parte de misericordia y de caridad. Porque nuestro Dios, el Dios que hace salir su sol a buenos y malos (Mateo 5, 45), a justos e injustos, a ricos y pobres, nos reviste de sus entrañas de amor y de misericordia para que también nosotros  tengamos de entrañas de misericordia ante toda miseria humana (Joel 2,12-18).

 

Artículo publicado en 'Nueva Alcarria' el 5 de marzo de 2021

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