¡Gritos!

Por José Ramón Díaz-Torremocha

(Conferencias de San Vicente de Paúl en Guadalajara)

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A veces, no somos conscientes de todo el bien que tenemos en la mano y la posibilidad de ofrecerlo a otros en detalles pequeñitos. Alguien a quien tengo particular afecto, me relataba lo que sigue sin darle mayor importancia y dejo que ella hable y pueda narrar lo que me contó y cómo me lo contó. 

“En el hospital cuando me operaron y pude dar los primeros pasos, por lo menos a los siete días, oí cerca, a una señora mayor gritar angustiada desde su habitación, así que, sola, pero apoyándome en el arbolito con ruedas cargado de “médicos cuñas”, fui a verla y le pregunté (estaba sola) qué le pasaba. Me dijo que había pasado el médico y le había dado el alta (no había pasado el médico ni estaba para alta) pero que nadie iba a prepararla para irse”. 

Mi amiga que se percató del problema real de falta de capacidad cognitiva de la pobre señora, no se arredró ni la abandonó y comentó a la anciana:  “Pues yo tengo el mismo problema que Vd., y ya estoy desesperada pero ya se sabe que esto es una informalidad y tenemos que tener paciencia, pero yo estoy en una habitación enfrente a la suya, un poco más allá, pero dé un grito y vengo otro ratito a consolarnos”. 

“Ya no volvió a gritar, me dio mucha alegría, aunque era algo tan pequeñito”. Hasta aquí el breve relato que recogí de mi amiga. 

Se trata, como sin duda se desprende de la lectura, de dos enfermas con habitaciones próximas en el mismo Hospital. Las dos, eran sujetos necesitados de ayuda. Mi amiga, recuperándose de una grave operación, podía muy bien como sucede tantas veces, haberse refugiado en su propio dolor y hecho oídos sordos a los gritos de la señora mayor. Podía, incluso, haberse quejado de la molestia que suponía para ella y para su recuperación los gritos. Pero mi amiga seguramente pensó con acierto, que la verdadera caridad en la mayoría de las ocasiones, no nos exige actos y decisiones heroicas: sólo a veces pequeños actos de amor. Muestras de amor. Asumir una minúscula molestia por el otro: por el que está solo y enfermo con frecuencia, puede llevar a alcanzar unas altas dosis de Caridad. Puede ayudar a llevar la paz al otro: al que está sufriendo. 

Me trajo mi querida y no menos admirada amiga a la memoria, aquella aspiración de los miembros de las Conferencias de San Vicente, cuando su Regla nos anima a “visitar a Cristo sufriente en el pobre”[i]. Sin duda, mi amiga vio a Cristo en aquella cama y dando aquellos gritos. 

No nos olvidemos que pobre, es aquel que no puede optar, que no tiene opciones. Aquella señora que gritaba no tenía opciones para abandonar su habitación del Hospital y alguien se convirtió en el Vicente de Paúl que llevaba en su corazón y le prestó sin duda una pequeña ayuda, pero la ayuda que necesitaba. El acto de Amor, de atención, que pedían sus gritos. 

Mi amiga se convirtió en la buena samaritana olvidándose de su propio dolor y cargando por el pasillo del Hospital con sus “médicos cuñas” para aliviar a otra persona. No puedo dejar de agradecer al Misericordioso, que propicie que existan personas así. 

Con María, siempre a Cristo por y con María.

 

[i] Regla de la Sociedad de San Vicente de Paúl, artículo 1.8

 

 

SHOUTS!


Sometimes, we are not aware of all the good we have in our hands and of the possibility of offering it to others through nice gestures. Someone for whom I feel a special affection, told me what comes below without giving it any importance. I let her speak and narrate what she told me and how she said it.

"In the hospital, after surgery and when I was able to take the first steps, at least seven days later, I heard an elderly lady screaming in anguish in her room; therefore, on my own, leaning on the wheeled stand loaded with "medical bedpans", I went to see her and asked her (she was alone) what was wrong with her. She told me that the doctor had already come and he had discharged her (the doctor had not come and she was not in the situation of being discharged) but that no one was going to prepare her to leave."

My friend who realized that the real problem was the lack of cognitive ability of that poor lady, did not shrink from it or abandon her and said to the old woman: "Well, I have the same problem as you, and I am already desperate but you know that they are unreliable and we have to be patient; however, my room is opposite yours, a little further, just shout and I will come a little while to comfort each other".

"She did not scream again, it brought me a lot of joy, even though it was something so tiny." That was, so far, my friend’s short story.

As the text clearly states, it is about two sick women with nearby rooms in the same hospital. Both were subjects in need of help. My friend, recovering from a serious operation, could very well as it happens so many times, have taken refuge in her own pain and turned a deaf ear to the cries of the old lady. She could even have complained about the nuisance that the screams caused her and her recovery. But my friend surely thought correctly, that true charity in most cases, does not require heroic acts and decisions: only sometimes small acts of love. Tokens of love. Just accepting a tiny annoyance for the other person’s sake: for the one who is frequently alone and sick, which leads to high doses of Charity. It can help to bring peace to the other one: the one who is suffering.

My dear and no less admired friend brought to my mind, the aspiration of the members of the Conferences of St. Vincent, when their Rule encourages us to "visit the suffering Christ in the poor"(1). No doubt, my friend saw Christ in that bed and those cries.

Let's not forget that poor is the one who cannot choose, who has no options. That lady who screamed had no options to leave her hospital room and someone became the Vincent de Paul that she carried in her heart and certainly gave her a little help, just the help she needed. The act of Love, of attention, which her cries requested.

My friend became the Good Samaritan forgetting her own pain and carrying down the hospital hallway her "medical bedpans" to comfort someone else. I can't help but thank the Merciful, who makes possible that people like this exist.

With Mary, always towards Christ through and with Mary.

 

(1) Rule of the Society of Saint Vincent de Paul, article 1.8


José Ramón Díaz-Torremocha
Conference of Santa Maria la Mayor
Guadalajara, Spain
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