Ungido por la Cruz

Ángel Moreno

(de Buenafuente)

 

 

“Ahora me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo, que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro” (Col 1, 24).

Yo no puedo completar la Cruz de Cristo, todo está consumado y con la ofrenda del Crucificado se ha llevado a plenitud la Redención. No falta nada para que el mundo se sepa redimido, reconciliado, transfigurado, elevado a los ojos de Dios como ofrenda grata, gracias a la oblación de su Hijo amado.

La expresión paulina: “completo en mi carne los dolores de Cristo”, no significa que yo perfeccione a Cristo, sino que Él me permite experimentar algo de lo que sufrió y padeció por mí y por toda la humanidad.

La Cruz asumida me asemeja al Crucificado, la prueba me unge, me cristifica, y me permite comprender mejor lo que el Señor ha padecido por mí. Muchos santos han pedido la gracia de compartir con Jesús sus dolores, y si uno no tiene valor para pedir la Cruz, puede, sin embargo, aceptar y trascender la prueba y abrazar los acontecimientos adversos, como el Señor los abrazó por mí.

La naturaleza huye de la Cruz, del sufrimiento y de lo que siente contrario, mas si la contrariedad se reinterpreta como privilegio de poder compartir la suerte del Nazareno, cabe, en medio del dolor, sentir el privilegio de unirse al Crucificado, y de acompañarlo en su ofrenda.

El discurso sobre el sufrimiento no puede ser especulativo, ni cabe hacer demagogia con él. El dolor es sagrado, y será el título más noble que presentemos ante Dios, cuando nos reciba, una vez atravesada nuestra existencia. La unción de la Cruz nos identifica con Cristo. Quienes puedan presentarse ante el Señor, habiendo llevado en vida las heridas y llagas de su Pasión, recibirán el título de bienaventurados, como dice el Evangelio de san Lucas: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado” (Lc 16, 25).

Sin que quiera dulcificar el dolor ni relativizar la angustia; sin caer en el discurso evasivo ante el drama que padecen tantas personas, desde la fe es posible cargar, a manera del Cirineo, con el peso que otros llevan sin consuelo ni esperanza, bebiendo el sorbo de hiel que significa el sufrimiento mirando al Crucificado.

Si no se puede tener una interpretación del dolor tan luminosa, nunca se perderá haber participado de la Cruz de Cristo. Él mismo reivindicará como título noble haber sufrido: “Ven, bendito de mi Padre, porque tú sufriste mucho en vida”. Pero si desde la contemplación del Crucificado asumimos la prueba, además de ser un mérito para el día del encuentro definitivo con Dios, será una experiencia de gracia, al poder compartir con Jesús sus padecimientos.

No deja de ser significativo el gesto litúrgico de bendecir trazando una cruz sobre los fieles. Un cristiano reconoce en el Crucificado a su Salvador, a su Redentor, a su Señor, y desde esta certeza le agradece su ofrenda y hasta cabe que desee unirse a ella, en favor de toda la humanidad.

 

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