La sonrisa del rostro y del alma del beato Papa Juan Pablo I

El Papa Francisco beatificó el domingo 4 de septiembre a Juan Pablo I, durante 33 días Papa, en el final del verano de 1978, tras Pablo VI y antes de Juan Pablo II

 

Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)

 

 

 

 

 

 

 

 

“Jesús -afirmó el Papa Francisco en la homilía de la misa de beatificación de su antecesor Juan Pablo I- nos pide esto: vive el Evangelio y vivirás la vida, no a medias sino hasta el extremo. Vive el Evangelio, vive la vida, sin concesiones. Hermanos, hermanas, el nuevo beato vivió de este modo: con la alegría del Evangelio, sin concesiones, amando hasta el extremo. Él encarnó la pobreza del discípulo, que no implica sólo desprenderse de los bienes materiales, sino sobre todo vencer la tentación de poner el propio ego en el centro y buscar la propia gloria. Por el contrario, siguiendo el ejemplo de Jesús, fue un pastor apacible y humilde. Se consideraba a sí mismo como el polvo sobre el cual Dios se había dignado escribir. Por eso, decía: «¡El Señor nos ha recomendado tanto que seamos humildes! Aun si habéis hecho cosas grandes, decid: siervos inútiles somos»”.

Y prosiguió Francisco: “Con su sonrisa, el Papa Luciani logró transmitir la bondad del Señor. Es hermosa una Iglesia con el rostro alegre, el rostro sereno, el rostro sonriente, una Iglesia que nunca cierra las puertas, que no endurece los corazones, que no se queja ni alberga resentimientos, que no está enfadada, no es impaciente, que no se presenta de modo áspero ni sufre por la nostalgia del pasado cayendo en el involucionismo. Roguemos a este padre y hermano nuestro, pidámosle que nos obtenga la sonrisa del alma, que es transparente, que no engaña: la sonrisa del alma. Supliquemos, con sus palabras, aquello que él mismo solía pedir: «Señor, tómame como soy, con mis defectos, con mis faltas, pero hazme como tú me deseas»”.

La fecha que Francisco ha establecido para la memoria litúrgica del nuevo beato es el 26 de agosto de cada, aniversario de su elección pontificia en 1978.

 

Una calurosa tarde del estío de 1978

 

En torno a las siete de la tarde del sábado 26 de agosto de 1978, el cónclave reunido tras la muerte, veinte días antes del Papa Pablo VI, elegía nuevo Obispo de Roma y Pastor Supremo de la Iglesia católica a un desconocido y humilde obispo del norte de Italia: el cardenal Albino Luciani, patriarca de Venecia desde 1969. Tenía 65 años de edad.

Su elección pontificia fue necesariamente fácil y sencilla, pues resultó elegido en apenas veinticuatro horas, en la tercera sesión de escrutinios. Su nombre, no obstante, apenas aparecía en la “rosa de los papables” de los grandes medios de comunicación social. Su perfil era el de un discreto y humilde pastor, el de un gran párroco y mejor catequista, sin que –excepto en Italia y entre los cardenales, naturalmente- su nombre hubiera contado en las jornadas previas al cónclave.

 

Juan Pablo I recién elegido Papa

 

El Papa de las sorpresas

 

No fue, con todo, esta la primera sorpresa de aquel verano de 1978. La segunda sorpresa vino con la elección del nombre con que iba a sentarse en la Cátedra de San Pedro y calzar las sandalias del Pescador: Juan Pablo I, el primer nombre compuesto en la historia del pontificado romano. Un nombre lleno, eso sí, de sabiduría: aunar los legados del Papa Juan XXIII y su sabiduría del corazón y el del Papa Pablo VI y su sabiduría de la inteligencia, como el mismo nuevo papa desveló nada más ser elegido Sumo Pontífice.

La tercera sorpresa empezó a llegar, a la par que con la sonrisa que ha pasado a la historia, en cuanto comenzó a hablar, en cuanto empezó a mostrarse. Era, en efecto, un Papa sencillo, humilde, del pueblo; un Papa catequeta, que hablaba también de los gondoleros, de Pinocho, de Dickens, de Mark Twain, de Fígaro, de Marconi… Era el Papa que ofrecía “migajas” de la mejor catequesis y que destilaba el inconfundible aroma de la frescura evangélica, de la verdad desde la sencillez, del amor desde la humildad.

Su mismo curriculumn vitae lo presentaba como un eclesiástico de provincias, bien preparado, curtido en la pastoral y en el gobierno, con alguna escasa experiencia internacional, bien valorado y querido por sus hermanos obispos de Italia y, sobre todo, por sus fieles. Pero ¿iba a ser, como Juan XXIII, el párroco del mundo o la cruz se iba a instalar en su ministerio hasta nublar su sonrisa, como aconteciera con Pablo VI? Tiempo a tiempo –pensábamos-, mientras él que mismo decía de sí que era como un pobre gorrión que, en la última rama del árbol, no hace más que piar, diciendo algún que otro pensamiento sobre temas complejísimo… Y así, en medio de la acogida entusiasta, comenzaban a su discurrir sus primeros… y últimos días.

Y es que la mayor de las sorpresas nos la deparó Juan Pablo I tan solo treinta y tres días después de su llegada: en la noche del jueves 28 de septiembre fallecía de fulminante ataque de corazón. Después se supo que su salud era muy precaria, aun cuando tanto y tan innecesariamente se ha fabulado sobre su muerte.

Cuando a primera hora del viernes 29 de septiembre de 1978 se supo su muerte, la catolicidad y el mundo entero quedaron consternados. En un mes Juan Pablo I había llegado al corazón de la humanidad, su sonrisa había llenado de esperanza a tantos. Y su muerte era un mazazo doloroso, un acontecimiento imprevisto e imprevisible, un indescifrable y alertador signo.

 

Una de las fotografías del Papa Juan Pablo I

 

En los Dolomitas

 

Su nombre de pila era Albino Luciani, nacido en Forno di Canale (en la actualidad, Canale D´Agordo) el 17 de octubre de 1912. Ese mismo día, por peligro inminente de muerte, fue bautizado por la asistente sanitaria de su alumbramiento. Dos días después, recibió en la parroquia el resto de los ritos bautismales. La tierra de Luciani se halla en la región italiana del Véneto, en Belluno, muy cerca de la cadena montañosa de los Dolomitas.

Inició sus estudios a los seis años. El 26 de septiembre de 1919 recibió el sacramento de la confirmación. En 1923 ingresa en el seminario menor de Feltre y cinco años después en el seminario mayor de Belluno. El 2 de febrero de 1935 fue ordenado diácono y el 7 de julio de aquel mismo año fue ordenado sacerdote.

Los dos primeros años de su ministerio sacerdotal los pasó en Belluno y en Canale D´Agordo, dedicado a la pastoral parroquial y a la enseñanza, mientras que en los diez años siguientes fue formador y profesor del seminario de Belluno a la par que estudia Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. “El origen del alma humana en la teología de Antonio Rosmini” fue el título de su tesis doctoral, defendida el 27 de febrero de 1947 y publicada tres años más tarde. Entre 1947 y 1958, sirvió en la curia diocesana de Belluno, en los más destacados cargos, es canónigo de la catedral y director del secretariado de Catequesis, y publicó su primer libro: “Catequesis en migajas”.

 

Obispo también en el Véneto

 

El 15 de diciembre de 1958 fue nombrado obispo por el Papa Juan XXIII, quien personalmente le confirió el orden episcopal en la basílica romana de San Juan de Letrán doce días después. Durante once años fue obispo de la diócesis de Vittorio Veneto. Son años de visitas pastorales, de participación en el Concilio Vaticano II y del primero de sus viajes internacionales con destino a la misión diocesana de Vittorio Veneto en Burundi.

El Papa Pablo VI lo trasladó a Venecia, capital, capital del Véneto. El nombramiento para Luciani de la sede patriarcal de San Marcos se hizo público el 15 de diciembre de 1969. Durante nueve años fue el pastor de la histórica diócesis y de la romántica ciudad de los canales y de las góndolas sobre el Adriático, que antes habían ocupado, ya en el siglo XX, Giuseppe Sarto y Angelo Giuseppe Roncali, posteriormente los respectivos Papas Pío X y Juan XXIII. También la visita pastoral fue una de sus principales ocupaciones.

De 1972 a 1975 fue vicepresidente de la Conferencia Episcopal Italiana, por votación de sus miembros. Realizó asimismo viajes a Suiza, Alemania, Yugoslavia y Brasil y participó en las Asambleas Generales Ordinarias del Sínodo de los Obispos de 1971, 1974 y 1977, dedicadas respectivamente al ministerio sacerdotal y la justicia en el mundo, la evangelización y la catequesis.

El 16 de septiembre de 1972 el Papa Pablo VI realizó una visita apostólica a Venecia. En plena de plaza de San Marcos, abarrotada de fieles, el Papa Montini se quitó su estola pontificia y se la colocó al patriarca Luciani, en un premonitorio gesto de amistad y confianza. Meses después –el 5 de marzo de 1973- fue creado cardenal, con el título presbiteral de la céntrica iglesia romana de San Marcos, frente al Capitolio. En enero de 1976, publicó su libro “Ilustrísimos señores”, una deliciosa colección de cartas dirigidas a personajes históricos y de ficción, que alcanzaría gran difusión internacional tras su elección papal.

El 10 de agosto de 1978, tras la muerte cuatro días antes de Pablo VI, viajó a Roma para los funerales del Papa y posterior cónclave. Ya no regresaría jamás a Venecia ni a su Belluno natal. Ya no saldría de Roma: el 26 de agosto es elegido Papa, el 3 de septiembre es la celebración oficial del comienzo de su ministerio apostólico petrino y en la noche del 28 al 29 de septiembre, fallece de repente.

 

Su memoria y su legado

 

Con un pontificado tan efímero e inédito, su figura es, sobre todo, la de un símbolo, la de un estilo, la de una profecía. Juan Pablo I fue el Papa de la sonrisa para una Iglesia y un mundo que necesitaban de ella. Juan Pablo I fue el Papa de la sencillez evangélica: el primer Papa contemporáneo en abandonar, por ejemplo, el “nos” mayestático, la silla gestatoria y la tiara (Pablo VI fue coronado, pero donó la corona a los pobres del mundo).

 

Lienzo de la beatificación de Juan Pablo I

 

Fue el Papa catequista, concreto, sencillo, directo al corazón. Fue, por todo ello, Papa de esperanza y el Papa que cedió el paso –quizás misterio y prodigioso signo de la Providencia- a su sucesor, Juan Pablo II el Magno, el Papa quien, de alguna manera y de tantos modos, “revolucionó” y modernizó definitivamente el pontificado romano.

Pedro apenas, Juan Pablo I, Papa de la verdad desde la sencillez, del amor desde la humildad y de la frescura auténticamente cristiana en migajas, nos legó el buen e inconfundible olor y sabor del Evangelio.  Y no obstante a su fugacidad, se suma así y por todo lo anterior a la magnífica pléyade de extraordinarios y santos Papas que han regido nuestra Iglesia en los últimos ciento ochenta años. Y con su sonrisa, tímida, humilde –“Humilitas” era la única y elocuente frase de su lema episcopal y pontificio- y luminosa, sigue acogiendo y bendiciendo a la Iglesia y a la humanidad enteras y ahora aún más, una vez beatificado.

 

Artículo publicado en 'Nueva Alcarria' el 9 de septiembre de 2022

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