San Juan María Vianney, el 'cura de Ars' (modelo de sacerdote y de evangelización)

Juan José Plaza

(delegado diocesano de Misiones)

 

 

San Juan María Vianney, el cura de Ars, como popularmente se le conoce, nació en Dardilli, en el Noroeste de Lyon, el 8 de Mayo de 1786.

A los 26 años ingresa en el Seminario  para cursar los estudios eclesiásticos; su capacidad  intelectual era bastante limitada; pero como el Señor elige a quien quiere, (“No me elegisteis vosotros a mí, yo os elegí a vosotros”,  Jn 15,16), al final, fue ordenado sacerdote un 13 de Agosto de 1818. Murió el 4 de Agosto de 1859 y fue canonizado el 31 de Mayo de 1925.

El epicentro de su ministerio sacerdotal fue Ars, una parroquia de 250 habitantes, “último pueblo de la diócesis y bastante frío espiritualmente”. Al darle el nombramiento,  el Obispo de la diócesis le dijo: “No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá".

S. Juan María, sin muchos títulos ni doctorados humanos, pero con una verdadera conciencia de lo que era ser sacerdote, tenía claro que su misión principal era trabajar por convertir a sus feligreses (evangelizarlos, diríamos en estos tiempos).

Él estaba convencido de que sólo había dos maneras de conseguirlo: por medio de la exhortación (es decir, la predicación del evangelio y su testimonio de vida) y por medio de la penitencia.

Años más tarde, cuando por la gracia de Dios y sus oraciones se hubo convertido la parroquia y  el amor de Dios floreció en ella, como le profetizó  su obispo,  dijo a un sacerdote que se lamentaba por la tibieza de sus fieles: “¿Ha predicado? ¿Ha rezado usted? ¿Se ha disciplinado? ¿Ha dormido sobre una tabla? Mientras no haya hecho  usted todo esto no tiene derecho a quejarse”.

Comprometidos interrogantes que nos vendrá muy bien meditar a los obispos y sacerdotes actuales, que, a veces, tanto nos quejamos de la tibieza y frialdad de nuestras feligresías y de no encontrar un método evangelizador efectivo para  nuestros días.  Pues bien, el Santo cura de Ars nos ofrece uno bien experimentado y contrastado.

Hace unos años, con motivo del 150 aniversario de la muerte de nuestro santo,  Benedicto XVI  escribió una preciosa carta a los sacerdotes, en la que nos ofrecía  interesantes enseñanzas sacerdotales de S. Juan María Vianney.

El papa nos recordó en esa carta cómo definía el cura de Ars lo que era ser sacerdote. “El sacerdote es el amor del Corazón de Jesús”. Es el hombre que hace presente el amor de Dios a la humanidad de distintas  maneras; un amor infinito “pues nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn, 15,13).

Pero el sacerdote  también se podría decir que es  “el rosto misericordioso de Dios”, como lo fue Jesucristo y ha expresado el papa Francisco en la Bula de convocatoria del Año Jubilar (Misericordiae vultus).

En el  cura de Ars  se descubre verdaderamente el rostro misericordioso de Dios. Pasaba muchas horas del día administrando  del Sacramento de la Misericordia o Confesión, atendiendo a los que en interminables filas acudían a su confesonario, de tal manera que se decía que Ars era “el gran hospital de las almas”.

En la  Nueva Evangelización, que tanto nos preocupa hoy a la Iglesia y sacerdotes,  como San Juan María Vianney:

1/ Hemos de mostrar  a los hombres,  en la predicación y a través de nuestras vidas, a un Dios amor, “pues sólo el amor es digno de fe”.

2/ En segundo lugar, hemos de  suscitar  en los hombres la confianza en un Dios misericordioso, capaz  de perdonar todos nuestros pecados por muchos, reiterados y graves  que sean. En el diario de Santa Faustina Kowalska leemos estas palabras que le dirige Jesús: “Cuando un pecador  se dirige a Mí misericordia, aunque sus pecados sean negros como la noche, Me rinde la mayor gloria y es un honor para Mí Pasión (Diario 378).

Hablando del Sacramento de la confesión decía el  santo cura de Ars.:” No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver”. “El buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes” (Jn 10. 1-16).

La Nueva Evangelización nos exige presentar  el sacramento de la confesión no desde su aspecto jurídico, que tanto mal ha hecho y sigue haciendo en la actualidad, sino desde el aspecto sanador y salvífico de la persona, como lo consideraba Jesús, que, muchas veces, antes de curar  físicamente a los hombres los  curaba  espiritualmente, perdonando sus pecados, para que su sanación fuera completa.

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