Por Alfonso Olmos
(director de la Oficina de Información)
La transfiguración, lingüísticamente hablando, es un estado glorioso. Uno dice que está en la gloria cuando está feliz, y la felicidad es un estado de plenitud. Dios nos ha creado para que seamos felices. Primero aquí, “en este valle de lágrimas”, y luego junto a Dios para toda la eternidad.
Hemos de preguntarnos qué nos hace felices. Tenemos que adentrarnos en nuestro propio interior para descubrir cuál es la fuente de la felicidad. Seguro que vemos a Dios.
En los relatos bíblicos de la Transfiguración, en los evangelios sinópticos, Dios habla para decirnos que debemos escuchar a su Hijo, “el amado” dicen Mateo y Marcos, “el elegido” dice Lucas. Podemos sentirnos, como Jesús, hijos amados y elegidos de Dios. Somos sus elegidos, sus preferidos, porque no hace distinción. Todos somos iguales ante Dios. Y somos amados. ¿Hay alguien que no desee ser amado? ¿No es el amor el fundamento de todo, también de la fe?
Dice el papa Francisco “Con Pedro, Santiago y Juan subamos también nosotros hoy al monte de la Transfiguración y permanezcamos en contemplación del rostro de Jesús, para acoger su mensaje y traducirlo en nuestra vida; para que también nosotros podamos ser transfigurados por el Amor. En realidad, el amor es capaz de transfigurar todo. ¡El amor lo transfigura todo!”.
Finalmente los evangelistas pronuncian una palabra que necesitamos oír: “escuchadlo”. Tenemos que escuchar la palabra que Jesús pronuncia y que recogen los evangelios; le tenemos que escuchar también en la oración; en esos encuentros con Él llamados sacramentos; en los pobres y necesitados; en los que, muy cerca de nosotros, nos hablan de Él; en la familia, en los amigos y en los que nos quieren bien.



Por Ángel Moreno
José Ramón Díaz-Torremocha
Un ejemplo: Etiquetar a las personas por su etnia o por su origen y además saltar la alarma cuando se habla de migración resaltando sus aspectos más negativos y además vincular una y mil veces al extranjero con la delincuencia y además etc, etc... Podemos ir sumando condicionantes que van creando sentimientos de rechazo, al menos de recelo, que van modificando nuestra percepción sin que ni siquiera sea necesario acercarnos a la veracidad de los hechos.
Una falacia muy común es la conocida como "Argumento ad verencundiam", consiste en nombrar a un experto o famoso como garantía de veracidad. La trampa está en que lo que se trata de colar no es objeto de su especialidad. Hace unos días leí que Celia Villalobos había dicho "Lamento que mueran en el mar, pero en mi país no quiero verlos". También la imagen de Bertín Osborne ha sido utilizada de manera parecida con un argumento falaz. Aunque fuera cierto que lo hubieran dicho, que se ha demostrado que no, su opinión no deja de ser como la de cualquier otra persona y precisa un razonamiento. Subrayo que las dos noticias son falsas, ni Celia pronunció nunca esas palabras, ni Bertín mandó a los refugiados a la casa de nadie.
Pero el poder en la manipulación no lo tiene el emisor, sino del receptor. El que habla siempre quiere transmitir. Es el que escucha, el que lee, es el responsable de dar o no credibilidad a lo que tiene delante. Por ello hoy, como siempre, es importante:












