Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)

 

 

Para redescubrir, vivir y transmitir la verdad de la Navidad

 

 

 

 

 

En las vísperas de la Navidad, ofrezco el decálogo de los diez personajes principales de la Navidad, de la Navidad de todos los tiempos. Con ellos y en ellos encontramos la verdad de la Navidad, esa verdad a la que hemos de insertamos también nosotros como nuevos personajes de la gracia siempre nueva de la Navidad

 

1.-JESÚS, el hijo de Dios, el hijo de mujer.  Es niño recién nacido, envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. Es niño anunciado por los ángeles, adorado por los pastores, buscado, adorado u obsequiado por los magos, odiado y perseguido con sangre inocente por Herodes, tomado en brazos y reconocido por los ancianos Simeón y Ana. Es el hijo de Dios hecho carne. Es el hijo de María, alumbrado de sus purísimas entrañas y acostado por ella, acompañada y servida siempre por José, en el pesebre. Es la gran gloria de Dios en la mayor de las precariedades humanas. «Lo esperaban poderoso y un pesebre fue su cuna; lo esperaban rey de reyes y servir fue su reinar».

 

2.-MARÍA DE NAZARET, la Madre de Jesús. Es la Madre de Dios. Es Madre de Cristo total. Ella es la Mujer creyente que llevó a Jesús en su seno y lo dio a luz virginalmente y lo recostó entre pañales. Ella es figura de la comunidad de los creyentes, dando testimonio de Cristo en la historia y engendrando en su seno a los hombres de la nueva creación. El «sí» de María floreció en Belén en la Palabra; su «hágase» de la anunciación fue el fruto bendito de la natividad, mientras Ella, madre y modelo del pueblo creyente, seguía peregrinando en la fe y «conservando todas estas cosas y meditándolas en su corazón».

 

3.-JOSÉ DE NAZARET, el esposo de María, el padre adoptivo de Jesús. Siempre fiel, silente y obediente. Siempre abierto a la providencia de Dios y de los hombres. Siempre discreto y en segundo plano. Siempre necesario e imprescindible. Es el José que sube con su grávida esposa María hasta Belén; el José que acuna al niño; el José que recibe a los pastores y a los magos de Oriente; el José que se pone en marcha y en camino cuando Herodes buscaba al niño para hacerlo desaparecer. Navidad es tiempo también excepcional para escuchar, en el silencio y en la admiración, el «sí» de José.

 

 

 

4.-LOS ÁNGELES. Fueron, de nuevo, los mensajeros, los pregoneros de la buena nueva, de la presencia de Dios entre nosotros. Fueron los periodistas de la Navidad. Fueron la voz de la Palabra y la voz de los sin voz: «No temáis –dijo el ángel a los pastores–, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor, Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Ellos compusieron el primero de los villancicos: «¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!». Ellos nos definieron así que Navidad es la gloria de Dios manifestada, revelada, encarnada, y que la paz es su don, su prenda y su rostro.

 

5.-LOS PASTORES. Pasaban la noche al aire libre en aquella región, en Belén, la más pequeña de las aldeas de Judá, aunque de ella había surgido el Rey David. Velaban por turnos su rebaño. Cuando el ángel les habló, envolviéndolos de resplandor con la luz de la gloria del Señor, quedaron sobrecogidos de gran temor. Pero reaccionaron ante las palabras del ángel y, creyendo, se pusieron presurosos en camino, tras decirse unos a otros: «Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor». Y, en efecto, «fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño, acostado en el pesebre. Al verlo les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores».

Los pastores nos hablan de la paradoja de la Navidad, de su fuerza transformadora, de su carga de misterio y de realidad, de su inequívoca dimensión anunciadora y misionera. Ellos fueron los primeros misioneros, los primeros testigos, los primeros orantes, los primeros adoradores, los primeros creyentes. «Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho».

 

6.-EL REY HERODES. Fue alertado por los magos de Oriente del nacimiento del Rey de Reyes. Con astucia y con mentira quiso engañarlos al sentir amenazado su trono. Cuando sus planes no dieron el fruto por él previsto, desató su ira contra los más inocentes. Navidad es oferta, jamás imposición.

 

7.-LOS MAGOS DE ORIENTE. Sabemos poco de ellos. Que eran de Oriente y que miraban y observaban los cielos esperando y escrutando los signos de Dios. Vieron salir una estrella que brillaba con especial fulgor y resplandor. Y fueron siguiendo su rastro. Era la estrella que anunciaba el nacimiento del Rey de los Judíos. Se entrevistaron con Herodes como gesto de cortesía y éste quiso engañarlos. Continuaron su camino hasta que la estrella se posó encima de donde estaba el niño. «Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes se marcharon a su tierra por otro camino».

El «personaje» navideño de los Magos está lleno de simbolismo y de interpelación sobre el sentido y el reto de la Navidad: la atenta observación y escucha de los signos de Dios y de los hombres, la búsqueda de la verdad y del saber ponerse en camino, la perseverancia hasta llegar a la meta y los sentimientos y actitudes de alegría, de adoración y de ofrenda ante Dios. En y con ellos se complementa la gran Manifestación, que es luz para todos los hombres: los pastores en la Natividad, los magos en la Epifanía, los de cerca y los de lejos, los pobres e ignorantes y los poderosos y sabios. Para todos y por todos nace Dios.

 

 

8.-LOS SANTOS NIÑOS INOCENTES. «Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes: es Raquel, que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo porque ya no viven».  Herodes montó en cólera cuando no pudo hacerse con aquel recién nacido que tanto le turbaba. Desató su ira sobre los más inocentes e indefensos y mató a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y en sus alrededores. Fueron los primeros mártires de Jesucristo. Aquella tan débil y preciosa sangre inocente derramada fue ya semilla de salvación.

 

9.-EL ANCIANO SIMEÓN Y LA PROFETISA ANA. La liturgia de la Iglesia nos presenta a estos dos personajes en el tiempo ordinario, pero tan solo cuarenta días después del nacimiento de Jesucristo. Son, por ello, personajes de la Navidad, del evangelio de la infancia. El, Simeón, era un hombre honrado y piadoso que aguardaba el Consuelo de Israel y en quien moraba el Espíritu Santo. Había recibido un oráculo de lo alto de que no moriría –era ya muy anciano– sin ver al Mesías. El día de la presentación del Señor, niño de tan sólo cuarenta días, se hizo realidad esta promesa: Vio al Mesías, lo reconoció en la debilidad del recién nacido, lo tomó en brazos y alabó al Señor, profetizando quién era, en verdad, el bebé: «luz para alumbrar a las naciones, gloria de tu pueblo Israel y signo de contradicción». También a María le auguró que una espada de dolor le traspasaría el alma. Ella, Ana, era una profetisa viuda también muy anciana. No se apartaba del templo ni de la ley de Dios, sirviéndoles día y noche. También reconoció al Mesías, al Salvador, en la debilidad y en la fragilidad. Dio gracias a Dios y «hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel».

 

10.-JUAN EL BAUTISTA. No nos consta nada de él en referencia al misterio mismo del nacimiento de Jesucristo. Pero toda su vida, toda su misión fue anunciar esta buena noticia. Él debía preparar un pueblo bien dispuesto para Quien nacía en la Navidad. Y el ciclo navideño se despide precisamente con él, que nos lo anuncia sin parangón en el Adviento. De sus colmadas del agua del Jordán brotará la voz y la presencia de Dios, se abrirá el cielo y comenzará definitivamente la andadura salvífica de Dios entre nosotros.

 

 

 

Publicado en Nueva Alcarria el 19 de diciembre de 2025

Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)

 

 

Desde mañana, Año Jubilar de San Juan de la Cruz, en el tercer centenario de su canonización y del primer centenario de su proclamación como doctor de la Iglesia

 

 

 

 

 

Pasado mañana, domingo, día 14 de diciembre, es San Juan de la Cruz. Litúrgicamente, prevalece el domingo, máxime el domingo de Adviento, el tercero. Por ello, el sábado 13 se abrirá el año jubilar dedicado a este santo con ocasión del tercer centenario de su canonización, a cargo del Papa Benedicto XIII, en 1726, y del primer centenario de su proclamación, efectuada en 1926 por el Papa Pío XI, como doctor de la Iglesia, el doctor místico.

Este año jubilar se celebrará hasta el 26 de diciembre de 2026 con epicentros en Ávila, en la basílica de Santa Teresa de Jesús, en Fontiveros, cuna del santo, y en Duruelo, primera fundación del Carmelo masculina; en Segovia, en la iglesia de los Carmelitas Descalzos donde se conserva su sepulcro; y en Úbeda (Jaén), donde murió, en el Carmelo Descalzo.

El año jubilar lleva por lema “La esperanza tanto alcanza cuanto espera”, frase tomada de un poema sanjuanista.

 

 

¿Quién fue, qué aportó?

Fraile carmelita descalzo del siglo XVI, discípulo y compañero de Santa Teresa de Jesús en la reforma del Carmelo, san Juan de la Cruz, que estuvo estrechamente relacionado con la villa de Pastrana y el desierto de Bolarque, fue sacerdote, doctor de la Iglesia, escritor y poeta, uno de los grandes personajes de toda la historia del cristianismo y patrono de escritores y poetas católicos.

Fue San Juan Pablo II quien, el 8 de marzo de 1993, ratificó y promulgó para al santo el título de patrono de los poetas de lengua española y de los escritores católicos, que ya le había sido conferido de hecho en 1952. El santo papa polaco (Karol Wojtyla) realizó su tesis doctoral en Teología sobre la fe en San Juan de la Cruz.

Y es que fue y es precisamente su producción literaria y espiritual la gran aportación del santo.  Sobresale “Cántico espiritual", la más bella de todas sus obras y una de las cumbres de la lírica de todos los tiempos. Es un sublime comentario al libro del Antiguo Testamento "Cantar de los Cantares” en cuarenta estrofas poéticas compuestas, 31 de ellas en la cárcel de Toledo, en 1578.

"Noche oscura" data de 1576 y está compuesta de dos libros. Versa sobre las purificaciones pasivas que el alma debe sufrir paralelamente a las que puede realizar ella misma para llegar a la unión mística con Dios.

"Suida al Monte Carmelo" fue escrito entre 1587 y 1585, consta, a su vez, de tres libros. Es su obra de carácter ascético. Versa sobre la llamada purificación activa. Ya plenamente de carácter místico es "Llama de amor viva", comentario a cuatro espléndidas estrofas en las que el alma transformada canta la grandeza y la sublimidad del estado al que ha sido elevada por Dios. Fue escrita entre 1584 y 1585,

Por último, San Juan de la Cruz es autor de otros escritos cortos como "Cautelas", "Avisos a un religioso para alcanzar la perfección" y "Dichos de luz y de amor".

 

El lema

El lema elegido para acompañar este acontecimiento es “La esperanza tanto alcanza cuanto espera”. La frase, tomada de uno de los poemas más intensos de San Juan de la Cruz, fue seleccionada en una consulta a los carmelitas descalzos (OCD) de la Provincia Ibérica, con una amplia mayoría de votos, a propuesta del padre Maximiliano Herráiz, OCD.

Expresa la hondura de la esperanza cristiana según el santo: no como actitud pasiva, sino como un camino confiado y audaz hacia Dios, en el que el alma recibe en la medida en que se abre con deseo y confianza.

El lema cobra un sentido especial en este momento, pues establece un puente espiritual entre el Año Jubilar de la Esperanza, que está a punto de concluir, y el nuevo tiempo jubilar que ahora comienza. De este modo, el Carmelo quiere ofrecer a la Iglesia y al mundo una palabra de aliento y de confianza en medio de un tiempo marcado por la incertidumbre y el cansancio.

 

El cartel

La primera gran imagen de estos centenarios es el cartel oficial, obra de Manuel García Villacañas, pintor ubetense. En él, se representa a San Juan de la Cruz de cintura para arriba, con el hábito completo en una pose serena y recogida. El rostro, trabajado con precisión, transmite humanidad y cercanía, recordando que los santos fueron personas de carne y hueso que alcanzaron la plenitud en su relación con Dios.

En sus manos sostiene un crucifijo barroco del convento de Úbeda, iluminado por una cruz blanca que subraya la centralidad de Cristo en su vida y misión. El fondo, en tonos violetas y rosáceos, evoca una atmósfera ascendente y mística, símbolo del dinamismo interior del santo y de la unión con Dios que marcó toda su existencia.

 

El logotipo

Con un diseño sobrio y contemporáneo, el logotipo oficial de los centenarios enmarca la silueta del santo con una tipografía circular que recuerda los dos aniversarios: 300 años de canonización y 100 años de doctorado.

Su trazado sencillo y elegante permite una fácil identificación visual y será la imagen de referencia en todas las celebraciones, publicaciones y actividades de este jubileo.

 Así, desde Fontiveros, Úbeda y Segovia—lugares de nacimiento, muerte y sepulcro de San Juan de la Cruz—, este Año Jubilar se proyecta a toda la Iglesia como una invitación a redescubrir la profundidad de su mensaje y a vivir la esperanza que “tanto alcanza cuanto espera”.

 

Objetivos y actividades

Los dos centenarios Sanjuanistas, con su año jubilar, quieren ser, al mismo tiempo, memoria agradecida y llamada al presente: recuperar la voz del doctor místico como maestro de esperanza, poeta del amor y testigo de un camino espiritual que, cinco siglos después, sigue siendo actual y necesario.

A lo largo de estos meses se organizarán actos litúrgicos, congresos académicos, publicaciones y actividades culturales que acercarán al gran público la riqueza de su figura.

Al respecto de actividades, desde el próximo 17 de diciembre y hasta la misma fecha de 2026, el convento de San Juan de la Cruz de Alba de Tormes (Salamanca), villa donde falleció Santa Teresa de Jesús en 1582 y donde está enterrada, ha programado la exposición artística “Fray Juan de la Cruz. Esperanza de alto vuelo, de la que es comisario fray Miguel Ángel González, prior de los Carmelitas Descalzos de Salamanca y de Alba de Tormes y promotor de numerosas iniciativas teresianas y sanjuanistas.

 

La oración del Jubileo

“Juan de la Cruz, llama ardiente del amor divino y guía luminoso en el camino de la contemplación, tu vida, marcada por la búsqueda incansable de la unión divina y la profundidad de la noche espiritual, nos inspira y guía en nuestro propio camino espiritual.

Juan de la Cruz, que abrazaste la cruz con profundo amor, eligiendo el camino del ascetismo y la purificación interior para acercarte a Dios, ayúdanos a comprender el valor de la cruz en nuestras propias vidas, a acoger las pruebas con fe y a ver en ellas el camino de la transformación espiritual.

Tú que exploraste los misterios de la noche espiritual y de la unión divina, intercede por nosotros en nuestros momentos de duda y de oscuridad interior. Guíanos a través de las sombras de nuestras propias limitaciones y ayúdanos a avanzar por el camino de la unión con Dios.

Juan de la Cruz, maestro de contemplación, enséñanos a orar con profundidad y sencillez, a habitar en el silencio interior donde poder escuchar la suave voz de Dios. Que nuestra oración sea una elevación del alma hacia lo divino, una búsqueda sincera de la presencia de Dios en cada momento de nuestra vida.

Te confiamos nuestras aspiraciones espirituales, nuestras luchas interiores y nuestros deseos de vivir una vida conforme a la voluntad de Dios.

Que, como tú, encontremos la fuerza para perseverar en la fe, en la esperanza y en el amor, que sepamos poner amor donde no hay amor para encontrar el amor y así, en medio de las dificultades de la vida, podamos alcanzar la plenitud del amor. Amén”.

 

 


Datos recapitulativos y prácticos del Año Jubilar Sanjuanista

(1) Ocasión y lema del Jubileo: El tercer centenario de la canonización de San Juan de la Cruz y del primer centenario de su proclamación como doctor de la Iglesia. La Conferencia Episcopal Española ha invitado al Papa León XIV a hacerse presente en el Jubileo. “La esperanza tanto alcanza cuanto espera” es el lema.

(2) Apertura y clausura: la apertura será el sábado 13 de diciembre de 2025 en la iglesia del sepulcro de San Juan de la Cruz de los Carmelitas Descalzos en Segovia; y la clausura, el sábado 26 de diciembre de 2026 en Úbeda (Jaén), donde falleció el santo el 14 de diciembre de 1591.

(3) Templos jubilares: en la diócesis de Ávila, el templo parroquial de San Cipriano en Fontiveros, localidad donde nació el santo, el 24 de junio de 1542; la basílica de Santa Teresa de Jesús en Ávila; y la iglesia conventual de las Carmelitas Descalzas de Duruelo (Blascomillán), sede la primera fundación del Carmelo masculino en 1568; en la diócesis de Jaén, la iglesia del convento de los Carmelitas Descalzos de Úbeda; y en la diócesis de Segovia, la iglesia de los Carmelitas Descalzos en Segovia.

(4) Requisitos para recibir las gracias jubilares: confesión sacramental, comunión sacramental, oración por el Papa y excluir todo afecto de pecado, peregrinar a uno de los templos jubilares y participar allí en alguna celebración litúrgica.

 

Publicado en Nueva Alcarria el 12 de diciembre de 2025

Por Alfonso Olmos Embid

(Director de la Oficina de Información)

 

 

 

En pleno mes de diciembre, cuando las calles se iluminan y los escaparates exhiben sus mejores reclamos comerciales, la Iglesia vuelve a recordar que el Adviento no es simplemente la antesala del gran festín navideño, sino un tiempo de espera activa y de mirada interior. Mientras el mundo se apresura entre compras anticipadas, ofertas relámpago y agendas saturadas de compromisos sociales, la tradición cristiana invita a detenerse, a respirar hondo y a recuperar el sentido profundo de estos días que preceden al nacimiento de Jesús.


El espíritu del Adviento, marcado por la esperanza, la conversión y la vigilancia, contrasta con la prisa consumista que domina el ambiente. En una sociedad que con frecuencia relega a Dios al ámbito privado o lo diluye en celebraciones desprovistas de trascendencia, la Iglesia propone una actitud distinta: abrir espacios de silencio, reconciliación y solidaridad. No se trata de renunciar a la alegría festiva, sino de devolverle su raíz, recordando que la Navidad no nace de un escaparate, sino de un pesebre humilde.


En este contexto, la Iglesia insiste en la importancia de preparar el corazón, de mirar a los más vulnerables y de redescubrir el mensaje que dio origen a esta fiesta: la llegada de un Dios que se hace cercano. Frente a un clima social que a menudo prioriza lo inmediato, lo material y lo efímero, el Adviento aparece como una llamada a la esperanza profunda, esa que impulsa a construir paz, tender puentes y acoger la luz que representa el nacimiento de Cristo.


Así, en medio de un mundo que corre, la invitación es a esperar; en medio del ruido, a escuchar; y en medio del consumismo, a volver a lo esencial.

 

Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)

 

 

María es esa mujer, es la Madre de Dios y nuestra Madre, a quien nos disponemos a celebrar su fiesta grande, el lunes 8 de diciembre, de la Inmaculada Concepción

 

 

 

 

 

“¿Quién será la mujer que a tantos inspiró/ poemas bellos de amor. / Le rinden honor la música y la luz ,/ el mármol, la palabra y el color. / ¿Quién será la mujer, que el rey y el labrador/ invocan en su dolor? / El sabio, el ignorante, el pobre y el señor, / el santo al igual que el pecador.

María es esa mujer, / que desde siempre el Señor se preparó/ para nacer como una flor/ en el jardín que Dios se preparó.

¿Quién será la mujer radiante como el sol, / vestida de resplandor, / la luna a sus pies, el cielo en derredor, /y ángeles cantándole su amor? / ¿Quién será la mujer humilde que vivió en un pequeño taller, /   amando sin milagros, viviendo de su fe, /        la esposa siempre alegre de José?”

María es esa mujer, / que desde siempre el Señor se preparó/ para nacer como una flor/ en el jardín que Dios se preparó”.

La bellísima canción que acabo de reproducir sobre la Virgen María evoca, de manera telegráfica, el encanto generalizado que ha suscitado a lo largo de toda la historia la figura de María Santísima, la Virgen del pueblo y la Virgen de los artistas y de los poetas. La Madre de Dios se ha visto “traducida” en versos inefables y sencillos; en obras de arte -de todas las artes- inmortales y humildes.

España es la tierra de María Santísima. Nuestra geografía está poblada de miles de altares en su honor, ante los que se han arrodillado los pobres y los ricos, los consagrados y los laicos, los obispos y los presbíteros, “el rey y el labrador, el sabio, el ignorante, el pobre, el señor, el santo y pecador”.

Y es que María es el orgullo de nuestra raza. Es esa mujer que desde siempre el Señor se preparó para nacer como una flor en el jardín que a Dios enamoró.

 

 

 

Es la Madre de Dios

¿Qué pensaría, qué sentiría María en los nueve meses de su embarazo de su Jesucristo, su Hijo e Hijo de Dios? Pienso que el primer sentimiento de María y por ende de todas las gestantes es la alabanza, la acción de gracias y la alegría profundas. La Virgen María lo expresó bien a claras en su cántico del Magníficat. Sin dudas, que todas las mujeres embarazadas experimentan sentimientos bien parecidos a aquellos. ¿Por qué no también todos los cristianos que decimos esperar la nueva y definitiva llegada del Señor a nuestras vidas?

¿Nos imaginamos los largos, íntimos y callados diálogos de María Santísima con su Hijo gestante en sus meses de espera maternal y virginal? Hoy día los ginecólogos y pediatras recomiendan a las madres que “hablen”, que “dialoguen”, en susurros, manas y caricias, con el fruto escondido y tan cierto que portan en sus vientres.

 ¿No es la oración, diálogo; no es la canción orar dos veces? Santa Teresa de Jesús, tan doctora como mujer, escribía que orar es tratar de amistad, aun tratando muchas veces a solas, con quien sabemos nos ama.

Toda madre prepara en el hogar y en el corazón un sitio, el mejor sitio posible para el hijo que ha de venir. María y José también buscaban un sitio. Este sitio, este lugar no es sólo un espacio físico. Es, ante todo, el preparar y dedicar la propia y entera existencia -alma, vida y corazón- al niño que va a nacer.

 

Siempre que digo Madre

“Siempre que digo madre voy diciendo tu nombre; siempre que digo madre voy nombrando tu amor… María, Madre mía y Madre del Señor”. Otra hermosa canción mariana.

El amor a la Santísima Virgen es una de las constantes y de las notas de identidad de la religiosidad de nuestro pueblo. ¿Por qué? ¿Por qué es tan querida la Virgen entre el pueblo cristiano? Sin duda alguna que una de las razones estriba en su condición de Madre. La maternidad es una de las realidades más hermosas y más grandes de la vida. Es suerte, es privilegio, es gracia,  excepcionales. El destino y el oficio de la madre son quehaceres difícilmente sustituibles y cuantificables.

Ser madre significa dar noche tras día, día tras noche. La madre es cariño, ternura, cercanía, insomnio, apertura, acogida, donación, entrega, amor sin límites y sin condiciones. La madre nunca debería morir.

De ahí, por ejemplo, que Santa Teresa de Jesús, entonces adolescente de poco más de doce años, al morir su madre, cuando empezó a entender lo que había perdido, afligida se fue a la catedral de Ávila a consolarse con una imagen de la Señora y con muchas lágrimas le suplicó que fuese su madre. Y la súplica dio, según relata ella misma, el resultado esperado.

María la Virgen es la Madre de todas las horas y de todos los días. Y decir madre es decir amor. “Siempre que digo Madre, digo María. Siempre que digo Madre, voy diciendo tu nombre. Siempre que digo Madre voy nombrando tu amor… María, Madre mía y Madre del Señor”.

 

Venerar, amar, invocar, imitar a María

El Concilio Vaticano II señaló y subrayó con las palabras siguientes los cuatro grandes rasgos de la verdadera devoción mariana: “Desde los tiempos más antiguos, sobre todo, desde el Concilio de Éfeso en el año 431, el culto de Pueblo de Dios hacia María ha crecido admirablemente en veneración, en amor, en oración y en imitación”.

Venerar a María es reconocer y aplaudir su grandeza y los prodigios que Dios obró en ella. Es tributar culto a la “llena de gracia”, a la “bienaventurada de todas las generaciones”. Como exclamara su prima Isabel, en la Visitación, fiesta litúrgica que hoy celebramos, la visita y la presencia de María en nuestras vidas es siempre tiempo de gracia y de alabanza: “¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?… ¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!”.

Amar a María es amar a nuestra Madre, es amar al orgullo de raza, es amar a la Madre de Jesucristo, de quien nos viene la salvación. El culto a María Santísima requiere un amor efectivo y afectivo, tierno, filial, adulto y generoso. Y es que ¿hará falta decirle a un hijo que ame a su madre?

Invocar a María es acudir en ayuda de quien nos ama y nos socorre perpetuamente. “Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído que ninguno de los que ha acudido a Vos, implorando vuestra asistencia ha sido desamparado de Vos”, exclamaba San Bernardo de Claraval. Y, por su parte, San Francisco de Asís, oraba “Santa María, valedme”. “Ora pro nobis”, “ruega por nosotros”, rezamos constantemente el pueblo fiel.

Imitar a María es la consecuencia lógica de todo lo anterior y la exigencia de nuestra condición de cristianos. Nos miramos en María. Su vida es un evangelio abierto. “¡Madre, que quien me mire, te vea!”.

La Virgen María es la criatura más cercana a Dios y a los hombres y ES el orgullo de nuestra raza. Fomentar, pues, el amor y el culto a la Virgen es, sin duda alguna, necesario, oportuno y gratificante camino pastoral y de vida cristiana.

 


Decálogo mariano recapitulativo

(1) Honrar a María como a la Madre de Dios. María es la mujer del pueblo en quien Dios obró las mayores maravillas y en quien Dios puso su morada entre nosotros en Jesucristo.

(2) Contemplar a María en toda su grandeza. Es Inmaculada y llena de gracia, Virgen y Madre, Asunta a los cielos y glorificada, modelo de todas las virtudes e intercesora de la gracia de Dios.

(3) Admirar a María en toda su sencillez. Tan grande y tan pequeña, María es la humilde esclava del Señor, la “anawin”, la pobre de Yavé.

(4)  Mirarnos en María como en un espejo. Es la llena de gracia. En el espejo de su vida y sus virtudes se reflejan nuestras vidas y se proyectará su luz de conversión y gracia.

(5)  Dios a María no le ahorró sufrimientos. Es también la Virgen de los Dolores y de la Soledad. Es la Virgen de la solidaridad y de los todos los que sufren. Es la Virgen de la Esperanza. Ella es consuelo y esperanza de un pueblo peregrino.

(6)  María nos llama a constantemente a hacer que Él nos diga. Como en Caná, María es siempre el indicador de los caminos de Jesús.

(7)  María ruega constantemente por nosotros, pecadores. Ella es el auxilio de los cristianos, el refugio de los pecadores. Ella vuelve a nosotros esos sus ojos misericordiosos.

(8) Es la Madre de todos los hombres. Tuya y mía también. De los cercanos y de los lejanos, en especial, de los pobres y de los necesitados.

(9) María nos quiere hijos de la Iglesia. Ella es la Madre de Dios. Y nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre.

(10) María es el camino y la plenitud. Ahora en anticipo y después de este destierro en totalidad, nos muestra a Jesús, “fruto bendito de su vientre”. “Ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada”.

 

Publicado en Nueva Alcarria el 5 de diciembre de 2025

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