Comunicar la familia: ambiente privilegiado del encuentro en la gratuidad del amor

 

El tema de la familia está en el centro de una profunda reflexión eclesial y de un proceso sinodal que prevé dos sínodos, uno extraordinario –apenas celebrado– y otro ordinario, convocado para el próximo mes de octubre. En este contexto, he considerado oportuno que el tema de la próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales tuviera como punto de referencia la familia. En efecto, la familia es el primer lugar donde aprendemos a comunicar. Volver a este momento originario nos puede ayudar, tanto a comunicar de modo más auténtico y humano, como a observar la familia desde un nuevo punto de vista.

Podemos dejarnos inspirar por el episodio evangélico de la visita de María a Isabel (cf. Lc 1,39-56). «En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”» (vv. 41-42).

Este episodio nos muestra ante todo la comunicación como un diálogo que se entrelaza con el lenguaje del cuerpo. En efecto, la primera respuesta al saludo de María la da el niño saltando gozosamente en el vientre de Isabel. Exultar por la alegría del encuentro es, en cierto sentido, el arquetipo y el símbolo de cualquier otra comunicación que aprendemos incluso antes de venir al mundo. El seno materno que nos acoge es la primera «escuela» de comunicación, hecha de escucha y de contacto corpóreo, donde comenzamos a familiarizarnos con el mundo externo en un ambiente protegido y con el sonido tranquilizador del palpitar del corazón de la mamá. Este encuentro entre dos seres a la vez tan íntimos, aunque todavía tan extraños uno de otro, es un encuentro lleno de promesas, es nuestra primera experiencia de comunicación. Y es una experiencia que nos acomuna a todos, porque todos nosotros hemos nacido de una madre.

Después de llegar al mundo, permanecemos en un «seno», que es la familia. Un seno hecho de personas diversas en relación; la familia es el «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia» (Exort. ap. Evangelii gaudium, 66): diferencias de géneros y de generaciones, que comunican antes que nada porque se acogen mutuamente, porque entre ellos existe un vínculo. Y cuanto más amplio es el abanico de estas relaciones y más diversas son las edades, más rico es nuestro ambiente de vida. Es el vínculo el que fundamenta la palabra, que a su vez fortalece el vínculo. Nosotros no inventamos las palabras: las podemos usar porque las hemos recibido. En la familia se aprende a hablar la lengua materna, es decir, la lengua de nuestros antepasados (cf. 2 M 7,25.27). En la familia se percibe que otros nos han precedido, y nos han puesto en condiciones de existir y de poder, también nosotros, generar vida y hacer algo bueno y hermoso. Podemos dar porque hemos recibido, y este círculo virtuoso está en el corazón de la capacidad de la familia de comunicarse y de comunicar; y, más en general, es el paradigma de toda comunicación.

La experiencia del vínculo que nos «precede» hace que la familia sea también el contexto en el que se transmite esa forma fundamental de comunicación que es la oración.

Cuando la mamá y el papá acuestan para dormir a sus niños recién nacidos, a menudo los confían a Dios para que vele por ellos; y cuando los niños son un poco más mayores, recitan junto a ellos oraciones simples, recordando con afecto a otras personas: a los abuelos y otros familiares, a los enfermos y los que sufren, a todos aquellos que más necesitan de la ayuda de Dios. Así, la mayor parte de nosotros ha aprendido en la familia la dimensión religiosa de la comunicación, que en el cristianismo está impregnada de amor, el amor de Dios que se nos da y que nosotros ofrecemos a los demás.

Lo que nos hace entender en la familia lo que es verdaderamente la comunicación como descubrimiento y construcción de proximidad es la capacidad de abrazarse, sostenerse, acompañarse, descifrar las miradas y los silencios, reír y llorar juntos, entre personas que no se han elegido y que, sin embargo, son tan importantes las unas para las otras. Reducir las distancias, saliendo los unos al encuentro de los otros y acogiéndose, es motivo de gratitud y alegría: del saludo de María y del salto del niño brota la bendición de Isabel, a la que sigue el bellísimo canto del Magnificat, en el que María alaba el plan de amor de Dios sobre ella y su pueblo. De un «sí» pronunciado con fe, surgen consecuencias que van mucho más allá de nosotros mismos y se expanden por el mundo. «Visitar» comporta abrir las puertas, no encerrarse en uno mismo, salir, ir hacia el otro. También la familia está viva si respira abriéndose más allá de sí misma, y las familias que hacen esto pueden comunicar su mensaje de vida y de comunión, pueden dar consuelo y esperanza a las familias más heridas, y hacer crecer la Iglesia misma, que es familia de familias.

La familia es, más que ningún otro, el lugar en el que, viviendo juntos la cotidianidad, se experimentan los límites propios y ajenos, los pequeños y grandes problemas de la convivencia, del ponerse de acuerdo. No existe la familia perfecta, pero no hay que tener miedo a la imperfección, a la fragilidad, ni siquiera a los conflictos; hay que aprender a afrontarlos de manera constructiva. Por eso, la familia en la que, con los propios límites y pecados, todos se quieren, se convierte en una escuela de perdón. El perdón es una dinámica de comunicación: una comunicación que se desgasta, se rompe y que, mediante el arrepentimiento expresado y acogido, se puede reanudar y acrecentar. Un niño que aprende en la familia a escuchar a los demás, a hablar de modo respetuoso, expresando su propio punto de vista sin negar el de los demás, será un constructor de diálogo y reconciliación en la sociedad.

A propósito de límites y comunicación, tienen mucho que enseñarnos las familias con hijos afectados por una o más discapacidades. El déficit en el movimiento, los sentidos o el intelecto supone siempre una tentación de encerrarse; pero puede convertirse, gracias al amor de los padres, de los hermanos y de otras personas amigas, en un estímulo para abrirse, compartir, comunicar de modo inclusivo; y puede ayudar a la escuela, la parroquia, las asociaciones, a que sean más acogedoras con todos, a que no excluyan a nadie.

Además, en un mundo donde tan a menudo se maldice, se habla mal, se siembra cizaña, se contamina nuestro ambiente humano con las habladurías, la familia puede ser una escuela de comunicación como bendición. Y esto también allí donde parece que prevalece inevitablemente el odio y la violencia, cuando las familias están separadas entre ellas por muros de piedra o por los muros no menos impenetrables del prejuicio y del resentimiento, cuando parece que hay buenas razones para decir «ahora basta»; el único modo para romper la espiral del mal, para testimoniar que el bien es siempre posible, para educar a los hijos en la fraternidad, es en realidad bendecir en lugar de maldecir, visitar en vez de rechazar, acoger en lugar de combatir.

Hoy, los medios de comunicación más modernos, que son irrenunciables sobre todo para los más jóvenes, pueden tanto obstaculizar como ayudar a la comunicación en la familia y entre familias. La pueden obstaculizar si se convierten en un modo de sustraerse a la escucha, de aislarse de la presencia de los otros, de saturar cualquier momento de silencio y de espera, olvidando que «el silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido» (Benedicto XVI, Mensaje para la XLVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24 enero 2012). La pueden favorecer si ayudan a contar y compartir, a permanecer en contacto con quienes están lejos, a agradecer y a pedir perdón, a hacer posible una y otra vez el encuentro. Redescubriendo cotidianamente este centro vital que es el encuentro, este «inicio vivo», sabremos orientar nuestra relación con las tecnologías, en lugar de ser guiados por ellas. También en este campo, los padres son los primeros educadores. Pero no hay que dejarlos solos; la comunidad cristiana está llamada a ayudarles para vivir en el mundo de la comunicación según los criterios de la dignidad de la persona humana y del bien común.

El desafío que hoy se nos propone es, por tanto, volver a aprender a narrar, no simplemente a producir y consumir información. Esta es la dirección hacia la que nos empujan los potentes y valiosos medios de la comunicación contemporánea. La información es importante pero no basta, porque a menudo simplifica, contrapone las diferencias y las visiones distintas, invitando a ponerse de una u otra parte, en lugar de favorecer una visión de conjunto.

La familia, en conclusión, no es un campo en el que se comunican opiniones, o un terreno en el que se combaten batallas ideológicas, sino un ambiente en el que se aprende a comunicar en la proximidad y un sujeto que comunica, una «comunidad comunicante». Una comunidad que sabe acompañar, festejar y fructificar. En este sentido, es posible restablecer una mirada capaz de reconocer que la familia sigue siendo un gran recurso, y no sólo un problema o una institución en crisis. Los medios de comunicación tienden en ocasiones a presentar la familia como si fuera un modelo abstracto que hay que defender o atacar, en lugar de una realidad concreta que se ha de vivir; o como si fuera una ideología de uno contra la de algún otro, en lugar del espacio donde todos aprendemos lo que significa comunicar en el amor recibido y entregado. Narrar significa más bien comprender que nuestras vidas están entrelazadas en una trama unitaria, que las voces son múltiples y que cada una es insustituible.

La familia más hermosa, protagonista y no problema, es la que sabe comunicar, partiendo del testimonio, la belleza y la riqueza de la relación entre hombre y mujer, y entre padres e hijos. No luchamos para defender el pasado, sino que trabajamos con paciencia y confianza, en todos los ambientes en que vivimos cotidianamente, para construir el futuro.

 

 


Vaticano, 23 de enero de 2015
Vigilia de la fiesta de San Francisco de Sales.


Francisco

Como en años anteriores, un mismo tema nos une para realizar la Campaña  del Enfermo desde la Jornada Mundial, 11 de febrero, hasta la Pascua el 10  de mayo, VI domingo de Pascua: “Salud y sabiduría del corazón”.

 

“Yo era ojos para el ciego, yo fui pies para los cojos” (Job. 29,15)

 

Cuando el Consejo Pontificio nos propone este tema pretende hacernos  descubrir que en este tiempo nuestro, en el que sólo cuenta lo que ‘reluce’ y  lo efímero, la sabiduría del corazón consiste en la recuperación de la mirada  hacia el hombre doliente con actitud contemplativa.

 

De ello se sigue, además, la toma y re-visionado del sentido del sufrimiento  y de la oración según la Sabiduría de Dios. Y nos llama a revisar nuestra  mirada y nuestras motivaciones-actitudes de los agentes de pastoral a la luz  del corazón compasivo de Cristo.

 

Ofrecemos estas sencillas “ORIENTACIONES” como material que puede  ayudar a una necesaria preparación y celebración en los diferentes ámbitos – nacional, interdiocesano, diocesano y local– a las Delegaciones Diocesanas y,  por ello, a cuantos deseen colaborar activamente para lograr que la  Campaña sea una realidad pastoral fecunda en nuestra Iglesia.

 

OBJETIVOS DE LA CAMPAÑA

 

1. Sensibilizar a los creyentes sobre la necesidad de contemplar a los que sufren y a la sanidad con ojos nuevos. Y a la sociedad entera sobre la necesidad de romper con la  cultura de la indiferencia ante el sufrimiento y los que sufren hoy; de descubrir su  situación y sus causas, y comprometernos activamente.

2. Iluminar, revisar y purificar nuestras actitudes y comportamientos con los enfermos  y los que sufren a la luz de Jesús y de su Corazón misericordioso hacia ellos.

3. Mostrar la labor evangelizadora, entre los enfermos, de las Comunidades religiosas y  de tantos consagrados.

4. Promover el compromiso de la comunidad cristiana y de la sociedad con los que  sufren, que se traduzca en acciones realistas y creativas, individuales y colectivas, de atención a los mismos.

5. Celebrar la fe junto a enfermos, familias, profesionales, instituciones, voluntariado,

etc., y difundir, apoyar y agradecer su tarea y entrega.

 

DESTINATARIOS DE LA CAMPAÑA

 

. Los enfermos y sus familias.

. Los Profesionales de la Salud.

. Los servicios de asistencia religiosa de los hospitales.

. Las instituciones sanitarias y sociosanitarias, especialmente las de la Iglesia.

. La jerarquía de la Iglesia, los Organismos de promoción y decisión pastoral y las Instituciones docentes de la Iglesia en el campo de la Pastoral.

. Las comunidades cristianas y equipos de pastoral de la salud.

. Las congregaciones religiosas: educación, sanidad y vida contemplativa.

. La sociedad en general.

 

ACTIVIDADES PARA EL DESARROLLO DE LA CAMPAÑA

 

  1. En el ámbito nacional

 

. Dedicar al tema las XXXIX Jornadas Nacionales de Pastoral de la Salud (Septiembre 2014)

. Abordar el tema en las Jornadas o Encuentros que organizan las Comisiones del Departamento.

. Difundir el tema en los medios de comunicación social de ámbito estatal (prensa, radio y televisión).

. Evaluar al final la marcha y los resultados de la campaña.

 

  1. En el ámbito Diocesano e Interdiocesano

 

. Elaborar el “Proyecto concreto de la Campaña en la diócesis”.

. Implicar en el desarrollo de la Campaña a todos los Sectores de la Delegación.

. Interesar a las comunidades cristianas de la diócesis, empezando por sus pastores,  e implicar a todos en las actividades de la Campaña.

. Motivar sobre la importancia y los objetivos de la campaña a los Servicios de Asistencia Religiosa de los hospitales y a las comunidades parroquiales y ofrecerles sugerencias prácticas sobre actividades para desarrollarla en su medio.

. Dedicar al tema las Jornadas Diocesanas (e Interdiocesanas) de Pastoral de la Salud.

. Organizar un encuentro de oración.

. Difundir el tema en los medios de comunicación social de ámbito diocesano (prensa, radio y televisión).

 

Nota importante. La Campaña del Enfermo en la Iglesia española comprende la  celebración de la Jornada Mundial del Enfermo (11 de febrero) y la celebración de la Pascua del Enfermo el VI domingo de Pascua (10 de mayo).

 

LITURGIA DEL DÍA

 

Monición de entrada

 

En este VI domingo de Pascua la Iglesia española celebra la Pascua del enfermo.

 

El tema de este año es “Salud y sabiduría del corazón”, que remite a la recuperación

de la mirada hacia la persona que sufre y la necesidad del compromiso de la fe  viviendo las actitudes compasivas del corazón del Padre y del mismo Cristo con los  enfermos.

 

El salmista nos ayudará a descubrir las maravillas que sigue actuando el Señor cada  día en tantas personas. En especial cuando contemplamos al Dios Amor y cómo – amándonos- transforma nuestro corazón con una sabiduría compasiva que nos hace  capaces de ver quién está sufriendo a nuestro lado y comprometernos con su mismo  amor y su mismo corazón.

 

(Acogemos también en esta celebración a los hermanos que van a recibir el  Sacramento de la Unción).

 

Oración de los Fieles: (puede escogerse alguna de las preces propuestas o todas)

 

Invocamos a Dios nuestro Padre, que resucitó a Jesucristo después de dar la vida por  sus amigos, y le presentamos nuestras intenciones y las de todo el mundo.

 

R. Danos, Señor, la sabiduría del corazón.

 

— Por la Iglesia: para que todas las personas puedan experimentar en ella la fuerza del corazón misericordioso y acogedor del Padre. Oremos.

— Por nuestro mundo, marcado por el sufrimiento en sus distintas formas, para  que Tú, Padre, lo transformes y pongas en su corazón la sabiduría y el Amor de tu Hijo Jesús. Oremos.

— Por nuestros hermanos enfermos: para que, experimentando el misterio de la cruz, sientan también la presencia cercana y fortalecedora del Resucitado. Oremos.

— Por las familias, los profesionales sanitarios, los voluntarios y todos aquellos  que atienden y cuidan al enfermos, tantas veces preciosos iconos de la sabiduría de Dios al lado del que sufre, para que su ejemplo sea luz para todos. Oremos.

— Por todos los religiosos y religiosas consagrados al servicio de los enfermos y pobres: para que sean imagen de la solicitud de Cristo por los hermanos que nos necesiten. Oremos.

— Por nuestra comunidad cristiana: para que tenga siempre unos ojos atentos y un corazón sensible a las necesidades de quien sufre, y se convierta en encarnación de tu Corazón misericordioso. Oremos.

 

Escucha, Padre, nuestra oración y danos un corazón compasivo para que nos  mostremos siempre más atentos a las necesidades de nuestros hermanos que sufren.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

Oración

 

Señor, en mi vida me pregunto

muchas veces cómo actuarías Tú.

Te veo junto a los enfermos, cómo les ayudas,

y cómo afrontas Tú el sufrimiento.

¡Cuánto me falta para parecerme a Ti!

Dame tu Espíritu, Señor.

Dame un corazón misericordioso como el tuyo.

Llénalo de esperanza cuando estoy enfermo

o cuando acompaño a quien lo está.

Ilumina mi mirada

para acercarme a los enfermos y sus familias

descubriendo sus necesidades,

pero también sus riquezas y recursos.

Y tú, María, que guardabas

todos los misterios de la vida en el corazón,

haz que yo guarde en el mío las preciosas

–y a veces dolorosas-

experiencias compartidas en medio del dolor,

y las transforme en Vida.

 

RAZONES PARA ELEGIR EL TEMA Y ENFOQUE DE LA CAMPAÑA

 

Al tema central de la Campaña de este año “Salud y sabiduría del corazón” el equipo nacional hemos pensado añadirle un lema “Otra mirada es posible con un corazón nuevo”, que de alguna manera recoge la concreción del mismo. La mirada de Dios y su Hijo sobre el enfermo y quien sufre, es una mirada distinta a la de la sociedad en general. Mirada que nace de un corazón nuevo y proyecta a un cambio de actitudes que transformen también nuestro corazón desde esa sabiduría del Padre. A continuación indicamos las razones del tema y el posible enfoque:

 

1. El sentido de Iglesia y vivencia de comunión uniéndonos a la propuesta del  Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud al ofrecer como tema para la Jornada  Mundial del Enfermo 2015: “Salud y sabiduría del corazón”, con el lema: “Yo era ojos  para el ciego, yo fui pies para los cojos”.

2. En continuidad con la Evangelii Gaudium. En este momento de la Iglesia en que el  Papa Francisco nos invita a volver a Jesús, necesitamos recuperar sus mismas  actitudes. La Exhortación nos invita a hacer una reflexión sobre nuestras tentaciones  como evangelizadores, y a anunciar el Evangelio con nuevas actitudes y lenguajes.

Llamada a abrir nuestros ojos para descubrir donde están hoy los enfermos, cómo  están siendo acompañados y visibilizados en nuestra sociedad e Iglesia, y transformar  el corazón de las mismas para que los pongamos al centro de nuestras  preocupaciones y atenciones, como hizo Jesús.

3. Porque hoy los enfermos y ancianos continúan estando poco visibilizados en  nuestra sociedad. El mismo Papa Francisco ha alertado en varias ocasiones sobre el  ‘descarte’ de enfermos y ancianos.

4. Somos invitados a dejarnos llenar y llevar por la sabiduría de Dios: “La amé y la  busqué desde mi juventud y la pretendí como esposa. Así pues, decidí hacerla compañera de mi  vida, sabiendo que sería mi consejera en la dicha y mi consuelo en las preocupaciones y la  tristeza. Pero, al comprender que no la alcanzaría, si Dios no me la daba, acudí al Señor y le  supliqué, diciéndole de todo corazón: «Dios de los padres y Señor de la misericordia, dame la  sabiduría»” (Sab. 8,2.9.21; 9,1.4). Conscientes de que si nosotros no la tenemos no  podemos transmitirla.

5. Tenemos necesidad de abrir nuestra mirada también a la sabiduría que nace de Dios  hacia quien sufre. Sabiduría pastoral mostrada y reflexionada en la Campaña 2013  bajo el icono del Buen Samaritano: al enfermo lo ve, se para, se inclina hacia él, se  hace cargo de su necesidad y su problema, carga con él, y encarga a otros la tarea de  continuar su cuidado.

6. Llamados a vivir el compromiso social. «Desde el corazón del Evangelio  reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción  humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción  evangelizadora. La aceptación del primer anuncio, que invita a dejarse amar por Dios  y a amarlo con el amor que Él mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona  y en sus acciones una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien  de los demás» (E.G.178). Por tanto, el creyente y toda comunidad cristiana no pueden  escapar a esta llamada: comprometerse activamente en el cuidado integral,  promoción y defensa del enfermo y de la salud.

7. Cada Campaña del Enfermo es, o ha de ser, una nueva oportunidad evangelizadora.

Evangelización marcada por la Alegría: «La persona que viva en profundidad la  alegría del Evangelio adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás»  (E.G.9). «El mundo de la salud y de la enfermedad es hoy, igual que ayer, lugar  privilegiado para la nueva Evangelización: Jesús anuncia el Evangelio del Reino  curando, y confía a sus discípulos la misión de curar» (Mt 10,1) (Congreso Iglesia y  Salud).

8. El cartel de la Campaña 2015 trata de mostrar estas ideas. Partiendo de saber que va  a estar presente en hospitales, residencias y otros lugares de evangelización  misionera, hemos querido resaltar en él: un niño-joven portando un corazón nuevo, la  fragilidad de las personas que llevamos en nuestras manos, la prioridad de la  atención a los más frágiles. Estamos llamados a mirar de una forma nueva a las  personas –al estilo de Jesús- y cuidarles desde las claves de la sabiduría divina.

9. Es también el Año de la Vida religiosa. En él deseamos contemplar, aprender y  enriquecernos con el testimonio de tantos consagrados; agradecer la inmensa labor  que han hecho con los enfermos, también de las vidas entregadas en este servicio. Y  animar y fortalecer la ilusión de nuestras comunidades religiosas para que sigan  siendo motor de atención y respuesta esperanzada a tantos retos que se nos plantean  cada día en el mundo de la salud.

10. Celebramos, además, los 50 años de la Conclusión del Concilio Vaticano II (1965). Es  una llamada a retomar sus líneas pastorales básicas: Iglesia como Pueblo de Dios

(LG), que escuche y acompañe los sufrimientos y los gozos de la gente (GS); el valor  central de la Palabra de Dios en la vida del enfermo y de los agentes pastorales (DV);  profundizar en la Liturgia (SC) especialmente en los sacramentos propios de la  enfermedad; una llamada a la Misión ‘ad gentes’ (AG), a salir al encuentro de las  gentes más necesitadas; y el papel fundamental del laicado en toda ella (AA).

11. El Papa nos recordará en su Mensaje que la Sabiduría del corazón es servir al hermano,  es estar con él, es salir de sí hacia el hermano y ser solidarios con él sin juzgarlo.

12. La familia. ¡Qué gran papel el suyo! y ¡qué difícil a veces! Debemos reconocer y  valorar siempre su entrega, su testimonio, pero también cuidarles pues muchas veces  necesitan apoyo, cercanía, escucha y ayuda para vivir de manera más sana, humana y  cristiana la enfermedad de su ser querido. Ellos son el rostro diario de la caridad junto  al enfermo, pero necesitan también sentirse amados por Dios y por la comunidad de  fe.

13. Los Religiosos y Religiosas. En este año de la Vida Consagrada retomamos la  llamada que se nos hace desde la Iglesia: “Cuidar a los enfermos en nombre de la  Iglesia, como testigos de la compasión y ternura del Señor, es el carisma propio de las  comunidades religiosas” (RUPE, 57). Resaltar su testimonio de entrega, incluso a  veces con la donación de la propia vida, es también un deber en nuestras  comunidades en esta Campaña. Así como revitalizar la presencia de los religiosos en  el servicio a los enfermos, no sólo en los centros propios, sino en las comunidades  parroquiales y en las casas.

14. Los Profesionales Sanitarios y los Voluntarios. Estas experiencias se extienden a  todos los que ejercen de manera desinteresada el propio servicio al prójimo que sufre.  (Salvifici Doloris, 29). Vosotros sois «reservas de amor», que lleváis serenidad y esperanza a los que sufren. También vuestro testimonio de amor es signo de otra  mirada distinta que lleva en su interior corazones nuevos y renovados por el Espíritu.

15. Los Obispos y Sacerdotes. «Aunque se deben a todos, de modo particular, sin  embargo, se les encomiendan los pobres y los más débiles... tengan la mayor solicitud por los enfermos y moribundos, visitándolos y confortándolos en el Señor» (PO, 6). En una cultura de la indiferencia, “tengan el valor de ir contracorriente (…)  contemplando, adorando y abrazando a Cristo en el encuentro cotidiano con él en la  eucaristía y en las personas más necesitadas”. (Papa Francisco en la Misa con los  obispos, sacerdotes, religiosos y seminaristas. JMJ 2013).

16. Las comunidades. Requiere en todos los cristianos una conversión de mente, corazón  y obras para conformarse a la sabiduría de Dios. Porque la atención a los enfermos no es “monopolio de nadie, sino deber y responsabilidad de todos” (Evangelium Vitae,  90).

 

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE CON OCASIÓN DE LA XXIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2015

«Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies» (Jb 29,15)

 

Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de Enfermo, instituida por san Juan Pablo II, me dirijo a vosotros que lleváis el peso de la enfermedad y de diferentes modos estáis unidos a la carne de Cristo sufriente; así como también a vosotros, profesionales y voluntarios en el ámbito sanitario.

El tema de este año nos invita a meditar una expresión del Libro de Job: «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies» (29,15). Quisiera hacerlo en la perspectiva de la sapientia cordis, la sabiduría del corazón.

 

1. Esta sabiduría no es un conocimiento teórico, abstracto, fruto de razonamientos. Antes bien, como la describe Santiago en su Carta, es «pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía» (3,17). Por tanto, es una actitud infundida por el Espíritu Santo en la mente y en el corazón de quien sabe abrirse al sufrimiento de los hermanos y reconoce en ellos la imagen de Dios. De manera que, hagamos nuestra la invocación del Salmo: «¡A contar nuestros días enséñanos / para que entre la sabiduría en nuestro corazón!» (Sal 90,12). En esta sapientia cordis, que es don de Dios, podemos resumir los frutos de la Jornada Mundial del Enfermo.

 

2. Sabiduría del corazón es servir al hermano. En el discurso de Job que contiene las palabras «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies», se pone en evidencia la dimensión de servicio a los necesitados de parte de este hombre justo, que goza de cierta autoridad y tiene un puesto de relieve entre los ancianos de la ciudad. Su talla moral se manifiesta en el servicio al pobre que pide ayuda, así como también en el ocuparse del huérfano y de la viuda (vv.12-13). 

Cuántos cristianos dan testimonio también hoy, no con las palabras, sino con su vida radicada en una fe genuina, y son «ojos del ciego» y «del cojo los pies». Personas que están junto a los enfermos que tienen necesidad de una asistencia continuada, de una ayuda para lavarse, para vestirse, para alimentarse. Este servicio, especialmente cuando se prolonga en el tiempo, se puede volver fatigoso y pesado. Es relativamente fácil servir por algunos días, pero es difícil cuidar de una persona durante meses o incluso durante años, incluso cuando ella ya no es capaz de agradecer. Y, sin embargo, ¡qué gran camino de santificación es éste! En esos momentos se puede contar de modo particular con la cercanía del Señor, y se es también un apoyo especial para la misión de la Iglesia.

 

3. Sabiduría del corazón es estar con el hermano. El tiempo que se pasa junto al enfermo es un tiempo santo. Es alabanza a Dios, que nos conforma a la imagen de su Hijo, el cual «no ha venido para ser servido, sino para servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28). Jesús mismo ha dicho: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27).

Pidamos con fe viva al Espíritu Santo que nos otorgue la gracia de comprender el valor del acompañamiento, con frecuencia silencioso, que nos lleva a dedicar tiempo a estas hermanas y a estos hermanos que, gracias a nuestra cercanía y a nuestro afecto, se sienten más amados y consolados. En cambio, qué gran mentira se esconde tras ciertas expresiones que insisten mucho en la «calidad de vida», para  inducir a creer que las vidas gravemente afligidas por enfermedades no serían dignas de ser vividas.

 

4. Sabiduría del corazón es salir de sí hacia el hermano. A veces nuestro mundo olvida el valor especial del tiempo empleado junto a la cama del enfermo, porque estamos apremiados por la prisa, por el frenesí del hacer, del producir, y nos olvidamos de la dimensión de la gratuidad, del ocuparse, del hacerse cargo del otro. En el fondo, detrás de esta actitud hay frecuencia una fe tibia, que ha olvidado aquella palabra del Señor, que dice: «A mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

Por esto, quisiera recordar una vez más «la absoluta prioridad de la “salida de sí hacia el otro” como uno de los mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual como respuesta a la donación absolutamente gratuita de Dios» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 179). De la misma naturaleza misionera de la Iglesia brotan «la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve» (ibíd.).

 

5. Sabiduría del corazón es ser solidarios con el hermano sin juzgarlo.

La caridad tiene necesidad de tiempo. Tiempo para curar a los enfermos y tiempo para visitarles. Tiempo para estar junto a ellos, como hicieron los amigos de Job: «Luego se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande» (Jb 2,13). Pero los amigos de Job escondían dentro de sí un juicio negativo sobre él: pensaban que su  desventura era el castigo de Dios por una culpa suya. La caridad verdadera, en cambio, es participación que no juzga, que no pretende convertir al otro; es libre de aquella falsa humildad que en el fondo busca la aprobación y se complace del bien hecho.

La experiencia de Job encuentra su respuesta auténtica sólo en la Cruz de Jesús, acto supremo de solidaridad de Dios con nosotros, totalmente gratuito, totalmente misericordioso. Y esta respuesta de amor al drama del dolor humano, especialmente del dolor inocente, permanece para siempre impregnada en el cuerpo de Cristo resucitado, en sus llagas gloriosas, que son escándalo para la fe pero también son verificación de la fe (Cf Homilía con ocasión de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, 27 de abril de 2014).

También cuando la enfermedad, la soledad y la incapacidad predominan sobre nuestra vida de donación, la experiencia del dolor puede ser lugar privilegiado de la transmisión de la gracia y fuente para lograr y reforzar la sapientia cordis. Se comprende así cómo Job, al final de su experiencia, dirigiéndose a Dios puede afirmar: «Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos» (42,5). De igual modo, las personas sumidas en el misterio del sufrimiento y del dolor, acogido en la fe, pueden volverse testigos vivientes de una fe que permite habitar el mismo sufrimiento, aunque con su inteligencia el hombre no sea capaz de comprenderlo hasta el fondo. 

 

6. Confío esta Jornada Mundial del Enfermo a la protección materna de María, que ha acogido en su seno y ha generado la Sabiduría encarnada, Jesucristo, nuestro Señor.

Oh María, Sede de la Sabiduría, intercede, como Madre nuestra por todos los enfermos y los que se ocupan de ellos. Haz que en el servicio al prójimo que sufre y a través de la misma experiencia del dolor, podamos acoger y hacer crecer en nosotros la verdadera sabiduría del corazón.

 

Acompaño esta súplica por todos vosotros con la Bendición Apostólica.

 

Vaticano, 3 de diciembre de 2014, Memorial de San Francisco Javier

 

Francisco

También en los lugares y en los símbolos de la resurrección de Jesucristo encontraremos la certeza de su gloria y el camino para hacerla nuestra un día. Como pinceladas, como aproximaciones y sugerencias para contemplar el misterio las ofrecemos ahora:

1.- El jardín, el huerto: La resurrección tiene lugar en el entorno del Calvario, en un pequeño huerto o jardín, que contenía una tumba nueva, propiedad de José de Arimatea, discípulo clandestino del Señor. Tiene lugar en el primer plenilunio de primavera, cuando la vida arranca en su esplendor, en su fecundidad, en su belleza y en su fuerza. El jardín, el huerto joanneo, evoca el misterio amoroso y nupcial del Cantar de los Cantares. Jesucristo será ya para siempre el Amor y el Amado.

2.- La piedra corrida: Es afirmación común de los evangelistas que la piedra con había sido cerrado el sepulcro estaba corrida al rayar el alba de la pascua. La fuerza de la resurrección -el terremoto del que habla Mateo- ha podido con ella, con peso y su volumen. La tierra se ha abierto. El grano de trigo, enterrado en ella, da fruto y fruto para siempre. La resurrección es también la puerta abierta a la eternidad y a la felicidad que tanto anhela nuestro corazón.

3.- El sepulcro vacío: Es también otro de los argumentos más reiterados en todos los relatos de la resurrección. El sepulcro vacío es signo de la resurrección. Es signo de que la resurrección de Jesucristo ha vencido a la muerte para siempre. El sepulcro vacío evidencia que no existe el cuerpo muerto del Señor. Verdaderamente ha resucitado en cuerpo glorioso. También nosotros resucitaremos en la carne. También quedarán vacíos nuestros sepulcros.

4.- La sábana y el sudario: Con ellos fue amortajado y embalsamado el cuerpo muerto del Señor. Son así testigos de su resurrección. Son testimonio inequívoco de que quien estaba yacente y cubierto con ellos se había levantado de la muerte para siempre. Se ha despojado de los ropajes de la muerte y se ha revestido de gloria para la eternidad. La pascua es la cruz transfigurada; el crucificado, el transfigurado.

5.- El cuerpo glorioso y llagado: La resurrección de Jesucristo es la resurrección de su cuerpo llagado y glorioso. Jesús Resucitado mostrará las llagas de sus manos y de sus pies y la herida abierta del costado, de la que brotó sangre y agua, símbolos sacramentales y de la misma Iglesia. Los testigos de las apariciones del Resucitado lo verán en cuerpo glorioso y llagado, el mismo cuerpo y, a la vez, distinto. No es un fantasma. Los fantasmas no tienen cuerpo como Jesús Resucitado. Con la resurrección la encarnación y la cruz se hacen definitivas: Jesucristo es para siempre es el Dios encarnado y el Dios entregado. Su cuerpo resucitado es presencia definitiva de Dios: su Templo verdadero.

6.- El cenáculo: El cenáculo fue el lugar de la última cena. Fue el escenario del lavatorio de los pies, de la entrega del mandamiento del amor y de la institución de la Eucaristía y del orden sacerdotal. El cenáculo rezuma atmósfera de intimidad, de misterio, de prodigio, de gracia a raudales, de plegaria, de comunidad fraterna. El cenáculo era la “guarida” de los apóstoles y demás discípulos cuando el Señor es crucificado. El cenáculo será testigo de las apariciones a los Apóstoles en grupo, en colegio. El cenáculo será también el lugar de la venida del Espíritu Santo, el don pascual por excelencia del Resucitado.

7.- El camino: Toda la vida y misión de Jesús fue un camino. Él es el camino, la verdad y la vida. En el camino, Jesús se apareció a Cleofás y al otro discípulo de Emaús. No lo reconocieron al comienzo. Tras el camino, en el que desglosó las Escrituras, y tras la fracción del pan, sus ojos se abrieron al Resucitado. Jesucristo, haciendo camino con nosotros, se introduce en nuestros caminos de “vuelta” y de frustración y los transforma en caminos hacia la vida y la misión, hacia Jerusalén, a donde regresan los de Emaús. La fe es siempre camino. La vida de la Iglesia es siempre camino, es el camino de la humanidad. El hombre es, a su vez, el camino de Jesucristo y de la Iglesia.

8.- Las Escrituras: Los relatos bíblicos están cuajados de alusiones, más o menos explícitas, al misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Los ángeles de la mañana de la resurrección invocan la Escritura como argumento de la Resurrección. Jesús Resucitado, en sus apariciones, alude también reiteradamente a la Escritura que había de cumplirse. El corazón de los dos discípulos de Emaús ardía en gozo y en esperanza mientras Jesús les explicaba las Escrituras. Las Escrituras, la Palabra de Dios, son siempre verdad continuada e irrefutable de la resurrección. Jesucristo es la Palabra.

9.- La fracción del pan y el pez asado: Los dos de Emaús reconocieron al Señor en la fracción del pan. Los apóstoles, en la mañana de una nueva pesca en Tiberíades, serán invitados por el Señor Resucitado a sumar los 153 peces que habían pescado por su mediación al pez que él mismo había dejado, junto al pan, en unas brasas, a la orilla del mar grande de Galilea. Jesús es reconocido por los apóstoles y discípulos al compartir la comida. Es expresión nueva de intimidad, de fraternidad, de amistad. La fracción del pan es asimismo símbolo de la Eucaristía celebrada, partida, compartida y repartida. El pez, en las siglas de su nombre griego, fue signo muy usado por los cristianos de la primera hora. Era el mismo nombre de Jesús. El pez es símbolo, pues, de la confesión del nombre de Jesús y de la misión de quienes profesan su Nombre.

10.- Galilea y el mar de Tiberíades: Los relatos evangélicos de la resurrección aluden a Galilea y al mar de Tiberíades como lugares donde el Señor se habría de manifestar vivo y resucitado. Galilea había sido el microcosmos donde Jesús vivió, predicó, convivió con los apóstoles y discípulos, hizo milagros, anunció el Reino. Galilea es símbolo de la vida y del afán de cada día, de la primera misión apostólica. Galilea será, tras la resurrección, el macrocosmos de la misión universal de los apóstoles. Galilea es ya el mundo entero, la historia y la humanidad enteras. Y Galilea, su mar grande -Genesaret, Kineret, Tiberíades- es la imagen por excelencia de la Iglesia, sacramento de Jesucristo: “Echad la red y encontraréis”.

 

Por Jesús de las Heras Muela

 

La Iglesia española celebra de manera conjunta la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y la Jornada de Vocaciones Nativas con el lema, ¡Qué bueno caminar contigo! El calendario hace que este año coincidan: la primera se celebra anualmente el IV Domingo de Pascua, este año el 26 de abril, y la Jornada y colecta de las Vocaciones Nativas tiene asignado el último domingo de abril, que este año es también el día 26.

 

 

  

JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

 

Domingo, 26 de abril de 2015

Lema: ¡Qué bueno caminar contigo!

 

ACTIVIDADES

 

Vigilia de oración

Año Jubilar teresiano

Preside el obispo diocesano

Vísperas y adoración

Monasterio de Carmelitas Descalzas de San José

Domingo 26 de abril

5 de la tarde

 

¿Dónde vives?

Convivencia en el Seminario

20 al 24 de abril

Alumnos de 3º y 4º de ESO y Bachillerato

INSCRÍBETE AL '¿DÓNDE VIVES?'

 

Festival Vocacional

Sigüenza: Atrio de la Catedral

El sábado 9 de mayo, a las 16:30 h.

Como siempre, cada coro deberá preparar una canción u otra composición artística, que desarrolle, en esta ocasión, uno de estos lemas:

Señor, ¿qué mandáis hacer de mí?

Lema de la Campaña del Seminario 2015.

¡Qué bueno caminar contigo!

Lema de la Oración por las Vocaciones 2015.

CARTA DEL FESTIVAL DE LA CANCIÓN VOCACIONAL

 

 

JORNADA DE VOCACIONES NATIVAS Y DE ORACIÓN POR LA VOCACIONES CONSAGRADAS

Desde hace algunos años se viene celebrando la Jornada de Vocaciones Nativas el último domingo de Abril. En esta ocasión coincide con el día de Oración por la Vocaciones Consagradas, cuarto domingo de Pascua y día del Buen Pastor. Nos alegra que  se haya decidido celebrar ambas Jornadas conjuntamente.

“En el origen de toda vocación a la vida de especial consagración hay siempre una experiencia fuerte de Dios, una experiencia que no se olvida”. La afirmación del papa Francisco es una clara evidencia para quien ha sido llamado. Esto, además,  confirma las palabras del mismo Jesucristo:” No me elegisteis vosotros a mí, yo os elegí a vosotros” (Jn. 15,16). Sí, todos los  llamados al seguimiento  de Cristo saben que han sido atraídos hacia El “con los lazos de (su) amor”( Oseas 11,4).

La misión del que es llamado por Jesucristo a  una entrega total a su seguimiento se apoya en dos pilares fundamentales.

El primero es vivir en intimidad con El. “Los llamó  para que estuvieran con Él” (Marc. 3,4). Esta exigencia se expresa, en el consagrado, en llevar  una profunda vida de oración y unión a Cristo, hasta poder decir con Pablo: “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).

El segundo pilar  es  ser fieles a la misión encomendada: “Los llamó para (estar con Él y) enviarlos a predicar” (Mac.3, 4).

La misión del que es llamado es la misma misión de Cristo; una misión que nunca ha sido fácil. Ya les previno a los apóstoles: “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán”(Jn,15,20). Y: “Mirad que os envío como ovejas entre lobos” (Mat. 10,16). Estas palabras del Señor se han verificado a lo largo de la historia y, de manera  especial, están vigentes en estos momentos, cuando tantos y tantos cristianos, misioneros, religiosos..., por el solo hecho de ser cristianos, son perseguidos y masacrados, ante la indiferencia de los dirigentes del mundo (la ONU entre ellos).

Sin embargo en el camino del seguimiento de Cristo y de las exigencias de la vocación al sacerdocio y a la vida consagrada, El nos acompaña como Buen Pastor, tiene cuidado de su rebaño, lo defiende de los lobos  y  cuida  de las  ovejas heridas… ( Jn. 10 11ss). Es oportuno recordar, a este mismo respecto, otras  palabras del Señor: “Herirán al Pastor y se dispersarán las ovejas; pero después de mis resurrección iré delante de vosotros” (Mat. 26,31).

El lema de la jornada de Vocaciones Nativas y de Oración por las Vocaciones este años es: ¡” QUE BUENO CAMINAR CONTIGO”!

Sabemos con certeza que no estamos solos (aunque los poderes de este mundo nos vuelvan la espalda); sabemos  que en la vocación a la que nos llama el Señor, El camina a nuestro lado, como sucedió con los discípulos de Emaus (Luc. 24, 13-35) Por eso  en el mundo entero y, sobre todo, en los países de misión, donde la fe es fuerte,  hay muchos  jóvenes (chicos y chicas) que no tienen miedo en seguir a Cristo.

Estos jóvenes, sin embargo, necesitan de nuestra oración y de nuestra ayuda económica para poder llevar adelante su “SI” a Cristo  en los seminarios y en las casas  de formación religiosa.  Ayuda, cuya  mejor expresión   se podría materializar en la fundación de becas.

Así todos, tanto los llamados por Dios a la vocación Sacerdotal y consagrada, como los bienhechores podremos decir llenos de alegría pascual: ¡ALELUYA! ¡CRISTO HA RESUCITADO! ¡”QUE BUENO CAMINAR CONTIGO”!

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